domingo, 21 de marzo de 2010

ACTITUD DEL COSTEÑO ANTE LA MUERTE (1)






JOSÉ MORALES MANCHEGO (2)


Uno de los signos que marca la preeminencia humana sobre el resto del reino animal es la "reflexiva expectación de lo futuro"(3). Por esta prerrogativa de imaginar el tiempo porvenir, el hombre, a diferencia de los animales, tiene conciencia de la muerte.

La espera de la muerte siempre ha producido al hombre intenso miedo, espanto y pavor en cualquier época y en cualquier parte de la Tierra. Sin embargo, a través del tiempo y en los distintos parajes, la muerte no ha sido recibida en la misma forma. En ese sentido podemos penetrar un tanto en el análisis de la actitud del costeño ante la muerte.

En la Costa Atlántica colombiana, por el influjo de la cultura africana, por el modo de vivir y el concepto que se tiene de la vida, la muerte trata de recibirse como un fenómeno corriente y natural. Esa actitud se expresa en muchos cantos populares. Tal es el fondo de la canción titulada "Coroncoro", que va diciendo al son de la melodía:
"Coroncoro se murió tu mae,
déjala morir”

En el mismo sentido, aunque más categórico, el fandango titulado "El Golero" dice acompasadamente:
"Ya lo ves golero prieto, tu mae se murió,
déjala morir que pa` eso nació".
Al costeño la muerte no le coge traidoramente, ni cuando es ocasionada por accidente. En la mentalidad fantástica de la región, la muerte siempre avisa cuando viene. Y esa mentalidad tiene muchos recursos que indican el dominio sobre la muerte. Por eso tiene que avisar previamente cuando viene, y existen varias formas para hacerlo.

Por ejemplo, se dice que los gallinazos volando sobre el pueblo presagian la muerte de algún parroquiano. Lo mismo sucede cuando se sueña con matrimonio, con la caída de los dientes, o cuando se oye el canto del búho, de la lechuza o del yaacabó.

El aviso de muerte también se manifiesta en el hecho de que el agónico recoge los pasos. Es lógico que no considerándose la muerte como un final definitivo, sino como un tránsito, el moribundo tiene que despedirse de sus amigos y allegados.
Todas esas señales predicen la venida de la muerte. Y si la muerte es natural o por accidente, no faltan personas que dicen haber tenido uno cualquiera de esos presagios. Ahí está el fenómeno de la muerte domada en la mentalidad costeña. La muerte siempre tiene que anunciarse. Es más, el costeño la desafía cuando se prepara a recibirla. Esto puede observarse en una variedad de costumbres, como la construcción de la propia tumba, la preparación de la mortaja y la compra del ataúd, cajón de madera que muchas veces sirve para guardar objetos personales del futuro usuario.

En el carnaval costeño se presentan danzas y disfraces de la muerte fea, flaca y villana. Un ejemplo es “La Danza del Garabato" que nos muestra a la muerte llevándose con su garfio uno por uno a todos los bailadores, y a pesar de todo nadie deja de bailar. Es un desafío a la muerte. Ese desafío también se encuentra explícito en la canción de Abel Antonio Villa titulada "La Muerte de Abel Antonio", donde el acordeonista y cantante, a raíz de la falsa noticia de su muerte y de su velorio incompleto, reclama y cobra la deuda insólita de cuatro noches para que su velorio sea completo:

"Fueron cinco noches que me hicieron el velorio
para mis nueve noches todavía me deben cuatro”
Más adelante, en la misma pieza musical, encontramos un claro reto a la muerte cuando Abel Antonio dice:
Hombe, lo que es esto
se acaba entre los do
me lleva la muerte
o me la llevo yo”

Lo que allí se plantea es un duelo, un combate entre adversarios.
La esencia de la costeñidad toca a la muerte y quiere prolongarse hasta en la vida de ultratumba. Ese es el sentido de la canción de Alejandro Durán titulada "Pedazo de Acordeón", en la cual el autor nos dice:
"Si acaso yo me muriere
le ruego de corazón
que me lleven al cementerio
este pedazo de acordeón”

Esa canción de Alejo Durán no sólo enfatiza el cariño que le tiene el músico a su instrumento musical, sino que además contiene un claro desafío a la muerte. Observemos que dice: "Si acaso yo me muriere". O sea que no es seguro que la muerte le gane la batalla; pero si llegase a ocurrir, él pide que le lleven al cementerio su instrumento musical, lo que quiere decir que ni la muerte silenciará su pedazo de acordeón.

No obstante esa actitud del costeño, la muerte no pierde su carácter contrito y su fondo cristiano y triste. De todas maneras la muerte es la cesación de la vida, y en esta tierra encantada no podría dejar de tener un fondo mágico y religioso. Así vemos que en la agonía del que está muriendo se encienden velas o lamparillas para impedir la aproximación de Lucifer, a quien muchos confianzudos de la Costa le dicen Lucho. Luego se considera necesario cerrarle lo ojos al muerto para que no se lleve a otros con la mirada. Los enemistados con la persona que acaba de morir tienen que cogerle al muerto el dedo gordo del pie para evitar las persecuciones y las impresiones repentinas de miedo. Al sacar al difunto de su casa han de ir los pies primero, porque de lo contrario el muerto comienza a llevarse a los vivos.

De inmediato en la casa mortuoria se colocan bancas y sillas para que los amigos y parientes se sienten a contar chistes, cuentos costumbristas, a fumar cigarrillos y muchas veces a tomar ron y a jugar baraja o dominó. El velorio se realiza durante nueve días, al cabo de los cuales se abren puertas y ventanas para que salga el alma. Entonces se recoge el altar y el vaso de agua que se había colocado para que el difunto calmara su sed durante esos nueve días.

Pasado el velorio, muchas veces se prohíbe mencionar el nombre del muerto por temor a que vuelva su espíritu. El nombre del difunto se pronuncia raras veces, refiriéndose a él con otras expresiones, como "el difunto", "el finado”, “el compañero perdido”, etc.

La supuesta intervención de los muertos en ciertas operaciones mágicas es frecuente. Es bueno recordar algunas: La evocación del espíritu, que consiste en llamar al muerto para hacerle una entrevista; la aguja del muerto, que trae la buena suerte; y la tierra del cementerio, que se esparce por la casa que se quiere salar o desgraciar.
De todo lo anterior se puede concluir que en la Costa Atlántica colombiana la muerte tiene un sentido de final necesario en la mentalidad colectiva del costeño raizal. Para el costeño la muerte no es una aspiración, pero, tampoco es el colmo de los horrores.



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1. Este artículo fue publicado en ARCO, la Revista del Pensamiento Colombiano. No. 300. Bogotá , julio -agosto de 1987.
2. Profesor del Departamento de Ciencias Humanas de la Universidad de Córdoba.
3. Kant, Emmanuel. Filosofia de la Historia. Editorial Nova. Buenos Aires, 1964. p.122.

martes, 9 de marzo de 2010

MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE



JOSÉ MORALES MANCHEGO


INTRODUCCIÓN
El 2 de noviembre se registra en el calendario como el día de los difuntos. El formalismo para esta fecha es ir al cementerio, rezar un responso, llevar flores, velas, y situarlas en la gélida tumba. En algunos parajes se hace un altar en el cual se sirve la "comida del día de muertos" y se le ofrece al finado su bebida predilecta. Si era fumador, se le enciende un cigarrillo y se le complace con algunos de sus caprichos. El espléndido banquete se justifica porque ese día los muertos tienen permiso para retornar al mundo de los vivos. No obstante, a pesar de los rituales y ceremonias, es probable que muchas personas pasen ese día, sin detenerse a meditar sobre nuestro destino inexorable, que es la muerte, y, por tanto, sobre el sentido de la vida, que inextricablemente está ligado al de la muerte.

Pero antes de entrar en materia, le tengo una recomendación: no se asuste, ni vaya a dejar a un lado la lectura. Más bien, párese firme, y acompáñeme a reflexionar sobre ¿Qué es la muerte?, ¿Por qué la mayoría de la gente le teme tanto a la muerte?, y ¿Qué viene después de la muerte?

EL TEMOR A LA MUERTE
El miedo a la muerte es un hecho real, tozudo. Rousseau decía: "El que pretende mirar la muerte sin miedo está mintiendo". De esta generalidad tal vez se excluyan aquellos que frente al dolor insoportable prefieren dejar la sombra para ver la claridad.


Epicuro, quizás para ocultar un poco ese miedo, inventó una falacia. El dice: "... La muerte, la más aterradora de las enfermedades, no es en realidad nada para nosotros... cuando existimos, la muerte no está con nosotros y cuando la muerte viene, nosotros ya no existimos". Esta frase no pasa de ser una jugada de la lógica formal. La verdad es que la muerte es tan real y tan enigmática como la vida misma.

Por su parte la Biblia, en el Génesis, Cap. 6, versículo 3 nos habla de manera impetuosa: el Señor dijo: “No voy a dejar que el hombre viva para siempre, porque él no es más que carne". Y más adelante, en los "versículos del 5 al 7 encontramos lo siguiente: "El Señor vio que era demasiada la maldad del hombre en la Tierra y que éste siempre estaba pensando en hacer lo malo, y le pesó haber hecho al hombre. Con mucho dolor dijo: "Voy a borrar de la Tierra al hombre que he creado, y también a todos los animales domésticos, y a los que se arrastran, y a las aves." Y finaliza diciendo: "¡Me pesa haberlos hecho!".

Allí está la muerte como una imprecación. El Gran Artista está enfurecido contra su obra maestra. Esa sentencia contribuye a incrementar el temor ante la muerte, porque el hombre normal le teme al castigo. Pero el temor a la muerte se debe fundamentalmente a la incertidumbre sobre el más allá. El homo sapiens no tiene prueba experimental sobre el acto de morir y su transición al otro mundo. Tampoco puede probar en forma absoluta y con evidencias la certeza de sus creencias.

Es más, nadie está completamente seguro de lo que dice creer sobre la existencia del más allá. El miedo viene de la inseguridad. Y esa inseguridad es la que produce los grandes temores sobre la muerte.

La propia Biblia nos da a entender que vale más el hombre vivo que el hombre muerto. Esto es lo que expresa el Eclesiastés, libro que a la letra dice: "No hay hombre que viva siempre, ni que pueda presumirse esto. Con todo hasta el perro que vive, vale siempre más que el mismo león ya muerto”(1).


Para colmo, Job, libro de la Biblia escrito por Moisés, asevera: " ... cuando se corta un árbol queda aún la esperanza de que retoñe y de que jamás le falten renuevos ... En cambio, el hombre muere sin remedio; y al morir ¿a dónde va? ...". Y luego dice: "Mientras el cielo exista, el hombre no se levantará de su tumba. No se despertará de su sueño''(2).

En efecto, el hombre no se levantará de su tumba, porque la muerte es un fenómeno biológico, que implica una transformación de la materia. Sin embargo, esta es una opinión. Hay muchas más. Por eso, es necesario reflexionar sobre lo que viene después de la exhalación del último suspiro.

Así mismo, es necesario cavilar sobre el sentido de la muerte y, por tanto, sobre el sentido de la vida. Estamos seguros que estas reflexiones nos conducirán a elaborar un proyecto de vida más amable y más fructífero, en aras de buscar la eternidad.

LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
Hasta el momento, el fenómeno de la muerte es de difícil definición. Por algo el filosofo español, Jorge Santayana (1863-1952) decía que "una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte (3).


De esa manera, en el curso de la historia han surgido distintas ideas acerca de la muerte. Así, podemos encontrar una idea de la muerte en el naturalismo, en el platonismo, en el budismo, en el cristianismo, etc.

También es distinta la idea de la muerte en las distintas culturas, en los distintos períodos históricos y en los distintos lugares que configuran una mentalidad colectiva.

Así como hay ideas acerca de la muerte, en la misma forma, encontramos distintas ideas sobre el destino del hombre después de la muerte. Estas ideas se expresan esencialmente en las diferentes religiones, mediante “fórmulas conso1adoras"(4) que prometen la imnortalidad(5) en el más allá.

La teoría de la reencarnación por ejemplo, considera que al sobrevenir la muerte, el alma del hombre emigra a otro cuerpo, esto es, se reencarna. La serie de transmigraciones y reencarnaciones constituye a su vez una recompensa o un castigo; cuando hay castigo, las almas emigran a cuerpos inferiores; cuando hay recompensa, a los cuerpos superiores, hasta quedar, finalmente, incorporados a un astro.


El budismo dice: las almas de los hombres pueden transmigrar, pero toda transmigración constituye un castigo. Para evitarlo hay que llevar una vida pura, única forma de superar la pesadilla de los continuos renacimientos. Siendo así, la existencia se sumerge en el nirvana, estado de serenidad inefable que se caracteriza por la cesación del sufrimiento y de la miseria.

El Catolicismo asegura que hay sobrevivencia individual de almas, acompañada luego por la resurrección de los cuerpos. Al respecto, el converso Pablo de Tarso, atalayando el suceso conmovedor del juicio final escribió: "porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibes"(6).

También existe una concepción naturalista que niega toda inmortalidad. Esa concepción dice que no hay sobrevivencia de ninguna especie. La vida del hombre se reduce a su cuerpo, y al sobrevenir la muerte, tiene lugar la completa disolución de la existencia humana.

Pero esa disolución, en el pensamiento de Compay Segundo, tiene una connotación de eternidad: "Nosotros no morimos; nos transformamos. De nuestro cuerpo salen gusanitos que después se convierten en mariposas y emprenden el vuelo. Por eso digo a los niños que no cacen ni maten a las mariposas. Pudiera tratarse de un gran artista o un gran poeta. Por eso en mi canción Clarabella concluyo diciendo: 'Yo nunca pienso que me tengo que morir' "(7).

Existen más concepciones sobre la muerte y sobre lo que viene después de la muerte. Pero, independientemente de la idea que se tenga, el hombre debe reflexionar sobre la fugacidad de su tránsito por la vida, y meditar sobre su destino.


En ese sentido: "La Muerte y sus símbolos son en Masonería la preparación y la puerta de una mejor comprensión de la vida"(8). No hay duda de que reflexionando de esa manera, el hombre puede sacar conclusiones provechosas, que contribuirán poderosamente a modificar su fanatismo y sus pasiones.

No olvidemos que la vida, bien lo decía Job, "es como una flor que se abre y luego se marchita". Pero en ese tránsito efímero se pueden hacer cosas buenas. La tarea del hombre en su paso por la Tierra debe ser constructiva.

El hombre ha de dejar algún fruto, o muchos frutos, para que el día de su muerte la sociedad pueda sopesar escrupulosamente su obra, y si es buena, el juicio de la historia le concederá la inmortalidad.
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1. Eclesiastés 9: 10.
2. Job 14: 7-12
3. Ferrater Morar, José. Diccionario de la Filosofía. Tomo II. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 1971.
4 Krishnamurti, Jiddu. El vivir y el Morir. Editorial Planeta. Colombia, 1996. p. 49.
5 Ferrater Mora, José. Op. Cit. Tomo I. pp. 963-965.
6 La Sagrada Biblia. Editorial Quebecor Impreandes. Bogotá, 1999. Los textos contenidos en ella son aquellos que la Iglesia Católica ha aprobado en su canon. Véase: 1a a los Corintios 15: 52.
7 Petinaud Martínez, Jorge. Última Entrevista a Compay Segundo: La Muerte es una Falacia. En: Tiempos del Mundo. Bogotá, Colombia, jueves 4 de marzo de 2004. p. 44.
8 Lavagnini, Aldo. Manual del Maestro Secreto. Editorial Kiev. Buenos Aires, 1993. p. 42.

miércoles, 3 de marzo de 2010

EL SENTIDO MASÓNICO DE LA TOLERANCIA



JOSE MORALES MANCHEGO
"El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende." (William Shakespeare)

El masón Iván Herrera Michel, en Una Mirada a la Masonería Actual, libro editado por la Sociedad Hermanos de la Caridad, afirma que del sentido etimológico del término Tolerancia proviene la mayor perversión de su acepción filosófica (1). En efecto, el Diccionario Etimológico General de la Lengua Castellana dice que la palabra Tolerar viene del latín tolerare, que quiere decir soportar, sufrir, aguantar, padecer(2). En el marco de esa definición escuchamos o leemos con frecuencia expresiones como: "tolerar la delincuencia", "no tolero insultos", "no tolero agresiones", "no vamos a tolerar el desmadre nuclear", "no vamos a tolerar más actos homicidas", "no toleramos la violación a los derechos humanos". Deviene así un concepto frágil, confuso y falsificado de tolerancia, que se emplea muchas veces donde debe usarse otro término.
Para los Masones y para la filosofía en general -y esto hay que recalcarlo-, es importante no confundir la tolerancia, a nivel filosófico, con tolerar, cuando se trata de resistir, soportar, sufrir, aguantar o permitir, porque se corrompe la palabra en su más elevada acepción.

El escritor Masón Lorenzo Frau Abrines, en su Diccionario Enciclopédico de la Masonería, conceptúa sobre la tolerancia de la siguiente manera: "Tolerantismo- Hábito de respetar las opiniones en cualquier materia. Opinión de los que creen que debe permitirse en cualquier estado el ejercicio libre de todo culto religioso, y respetarse la opinión y manifestación de todas las ideas político-sociales. Si la Francmasonería fuera una religión ningún nombre le cuadraría mejor, que el de religión del Tolerantismo, porque en él funda uno de sus más grandes y trascendentales principios(3).

Un ejemplo patético de tolerancia es el que se refiere al espacio de libertad concedido a las sectas religiosas de los siglos XVI Y XVII con miras a hacer posible la vida de sus adherentes en una misma comunidad. En ese momento histórico, la Masonería realizaba su fecundo magisterio, que dejaba perplejo y estupefacto al mundo no Masónico, sobre todo a las tropas de fanáticos e intolerantes. "Es sabido que a comienzos del siglo XVIII había en Europa, y especialmente en Inglaterra, una confusión religiosa en la cual deistas, teístas, puristas, protestantes y anglicanos se atacaban furiosamente. Pero lo más asombroso de dicho fenómeno está en que militantes de esas mismas corrientes de pensamiento, trabajaban en las Logias en el mayor sigilo, exaltando la razón en un ambiente de paz y de tolerancia ... "(4). He ahí el sentido filosófico y Masónico de la palabra tolerancia. Por tanto, no es tolerancia el hecho de aceptar "los insultos, agresiones o actos homicidas", según aseveración del filósofo Edgar Morin(5). El hecho de aceptar esos actos y otros de la misma índole se llama permisividad. Así mismo, como lo manifiesta el Q:. H:. Javier Otaola, "no debe confundirse la tolerancia con la simple indulgencia y el bobalicón indiferentismo de dar todo por bueno" (6).

La tolerancia nace y se desarrolla en el terreno de las ideas. El Masón Francois Marie Arouet le Jeune, más conocido como Voltaire, es claro cuando afirma: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero estoy dispuesto a morir por defender su derecho a decirlo"(7). Siendo así, la tolerancia no debe tener límites. Limitarla en cualquier circunstancia es caer en el terreno de la intolerancia. Para una institución de librepensadores, como es la Masonería, la exposición de las ideas no tiene restricciones. El trabajo en Logia, que no sólo es fraternidad, sino sabiduría, democracia y libertad, se alimenta permanentemente de opiniones diversas. En nuestros Templos, una verdad singular puede ser abordada desde distintos puntos de vista, que pueden ser complementarios. En la Orden sabemos que nadie está en posesión de la verdad, sino que todos estamos ávidos de encontrarla, para lo cual nos preparamos diariamente con disciplina de trabajo, aprendiendo a pensar cada uno por sí mismo, mediante la vía de la reflexión y el discernimiento.

En esa búsqueda de la verdad, la tolerancia siempre será útil para los combates que debe librar la inteligencia en aras de construir las grandes y pequeñas obras, que debemos dejar en nuestro paso por la tierra. En ese viaje, los que no piensan como yo pueden representar un ensanchamiento de mi horizonte vital. Es más, juntos podemos realizar grandes obras en beneficio de nuestros congéneres, como sucedió en el siglo XIII cuando tres médicos se unieron en un lugar del golfo de Nápoles para llevar a cabo una magnífica labor. Uno de los médicos era musulmán, el otro era judío y el tercero era cristiano. De su consorcio nació la primera escuela de medicina. Ellos fueron tolerantes, porque supieron emprender el oficio de trabajar por la salud y curar al enfermo, independiente de su inclinación por Alá, Yavé o Jesús(8). Simplemente entendieron la medicina en su dimensión humana, como ejercicio profesional que debe estar al servicio de la humanidad.

Lamentablemente muchas personas, prevalidas de poder, restringen el concepto de tolerancia en detrimento de la convivencia y de la paz. En opinión de ellos, las ideas contrarias y sus voceros no tienen derecho a existir en sociedad. Semejante actitud es la intolerancia, contravalor que ha servido para perseguir y llevar a la hoguera a valiosos exponentes de la ciencia y la cultura a lo largo de la historia universal.

Esta noción restringida de tolerancia es ostensible en círculos políticos, religiosos y hasta fraternales. En el seno de algunas religiones, por ejemplo, no se permite ser miembro al que tenga otro sistema de valores o de creencias diferente a los valores que se pregonan en el grupo. Por eso muchos pastores, en su congregación, en un acto de intolerancia, no permiten los matrimonios religiosamente mixtos. Pero lo más insólito es que se hagan avisos vulnerando el sentido de la tolerancia, como se patentiza en la siguiente pauta publicitaria que dice: "Se necesita Auxiliar Contable o estudiantes de Contaduría últimos semestres, Cristiano(a), carta recomendación Pastor. Enviar hoja de vida Anunciador 83437 El Heraldo"(9). En la Masonería, por el contrario, la calidad de miembro se fundamenta en la tolerancia, que constituye el factor de unidad sin fisuras, que liga a todos los Masones por encima de los colores políticos o de los credos religiosos. En nuestra Orden, por principios, no se puede expulsar a un Hermano, ni impedir la entrada de un profano en razón a sus creencias o a sus ideas políticas. Sin embargo, esto no impide que un Masón, como es el caso de Ramón Martínez Zaldúa, exponga, con toda la libertad, pensamientos como este: "Sea cual fuere nuestro apego a la práctica de la tolerancia, bella virtud Masónica, ella no podría justificar la permanencia en nuestras filas de quienes se hallen adheridos a partidos o agrupaciones políticas o sectas religiosas, que han inscrito en sus respectivos programas la lucha contra la Masonería. Todo Hermano que aportara su concurso personal a tales organismos, debiera ser eliminado de los cuadros logiales, y si fuese recipiendiario, abstenerse de iniciarlo en nuestras prácticas y doctrinas"(11). No hay duda de que este planteamiento lleva en su esencia la impronta de la intolerancia; no obstante, en el seno de la Orden se permite exponer esta idea, porque la Masonería es la matriz de la tolerancia y porque consideramos que un Masón, por muy alta que sea su posición en la escala de gradación Masónica, siempre estará trabajando en el pulimento de su Piedra Bruta. En todo caso, se recibe con respeto la exposición de esa idea; pero si ella se pusiera en práctica en la Institución sería el desgarramiento de la tolerancia y por tanto la pérdida de la esencia de la Masonería.

La Masonería es pluralista. De ahí que en el seno de la Orden se utilice la denominación Gran Arquitecto Del Universo (G:. A:. D:. U:.), que tiene una connotación simbólica en la cual caben todas las concepciones del mundo y todas las posibilidades acerca del principio generador del universo. Esto es ejemplo de verdadera tolerancia. Surge entonces la siguiente inquietud: Si en la Logia se puede convivir en paz y armonía con personas de distintas creencias e ideologías, ¿por qué en las sociedades no Masónicas no se puede tolerar a un ser humano que piense diferente? La respuesta está en que el dogmatismo y el autoritarismo consideran que sus puntos de vista son absolutamente incuestionables y por tanto no se pueden permitir los argumentos contrarios. Para la Masonería, en cambio, todos los temas están abiertos a la discusión. Todas las opiniones están expuestas a la contradicción y a la duda. Lo único que la Masonería excluye es el empleo de métodos que riñan con el respeto al acto libre del conocimiento, y por tanto que traten de imponer una idea a los demás por la coacción física o mental. La Masonería tiene métodos adquiridos por la civilización para enfrentar las convicciones que consideremos erróneas. Ellos son: la persuasión, la acción de palabra y obra, la discusión, el diálogo y los argumentos. De esta manera, la tolerancia constituye un medio eficaz de convivencia y, por tanto, de posible eliminación de las violencias provocadas por la obcecación política y el fanatismo religioso.

CONCLUSIÓN

Entendida como el respeto a las personas por el derecho que tienen a expresar sus opiniones en cualquier materia, la tolerancia hace posible el diálogo, el pluralismo y la coexistencia de principios disímiles, constituyéndose en la condición indispensable para la convivencia de los seres humanos en el ámbito de la democracia y de la libertad.

Según esta apreciación, toda persona tiene derecho a profesar cualquier credo religioso o a expresar su pensamiento, ya sea de carácter político o ideológico. Así mismo, tiene derecho a criticar todas las ideas que no comparta, sin ofender los sentimientos de las personas que las profesan, para lo cual es preciso omitir toda palabra vana, ofensiva o destructiva, que pueda irritar a nuestro semejante. En este sentido, la tolerancia no introduce restricciones, sino que establece condiciones para la expresión.

Indudablemente, la tolerancia existe en el marco de un orden establecido y aceptado por la comunidad, en la cual es ineludible combatir, civilizadamente, las ideas y prácticas contrarias al orden democrático, moral y de las buenas costumbres. No obstante -y esto debe quedar muy claro- en un orden así establecido es imprudente tratar de imponer ideas a la fuerza frente al error. En cambio es saludable desarrollar la capacidad de diálogo para que de él salga la luz que ilumine los caminos de la verdad. En ningún momento la tolerancia significa aceptar los errores del otro. San Agustín decía: "perdonad a los que yerran, combatid, dadle muerte a los errores". Esto quiere decir que la crítica es para juzgar las ideas y las acciones de los hombres, mientras que el respeto es un atributo axiológico del hombre para el hombre, entendido éste en sentido genérico, es decir como homo sapiens, que debe mantener su mente libre y abierta, para pensar sobre sí mismo y sobre el maravilloso espectáculo del universo.
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1. Herrera Michel, Iván y Otaola, Javier. Una Mirada a la Masonería Actual. Editorial Mejoras. Barranquilla, S. F. p. 26.
2. Corripio, Fernando. Diccionario Etimológico General de la Lengua Castellana. Editorial Bruguera. Barcelona, 1979. p. 467.
3. Frau Abrines, Lorenzo. Diccionario Enciclopédico de la Masoneria. Tomo 3. Editorial del Valle de México. S.F. p. 1898.
4. Morales Manchego, José. Iglesia y Masonería en la Costa Caribe Colombiana. En: Plancha Masónica No. 23. Barranquilla, junio de 2005. p. 34. Cfr. Martinez Zaldúa, Ramón. ¿Qué es la Masoneria? Costa -Amic Editores. México, 2000. p. 38.
5. Morin, Edgar. Los Siete Saberes Necesarios para la Educación del Futuro. Ministerio de Educación Nacional, República de Colombia; ICFES; UNESCO. S. F. pp. 77-78.
6. Herrera Michel, Iván y Otaola, Javier. Op. Cit. p. 116.
7. Ridley, Jasper. Los Masones. Editorial Vergara. Buenos Aires, 2000. p. 91.
8. Sanín Echeverri, Jaime. La Universidad Nunca Lograda. Editorial Voluntad, Bogotá, 1971. p. 12.
9. El Heraldo. Barranquilla 6 de abril de 2006. Clasificados: Empleos 30. p. 4C.

martes, 16 de febrero de 2010

LA MASONERÍA, ESCUELA DE ESCULTORES




JOSÉ MORALES MANCHEGO
En el libro Muchas Vidas/Muchos Sabios del psiquiatra Brian Weiss, encontramos una metáfora que define espiritualmente al hombre e intenta plantear, de alguna manera, su misión sobre la Tierra. Dice el autor: "Es como si dentro de cada persona se pudiera encontrar un gran diamante. Imaginemos un diamante de un palmo de longitud. Ese diamante tiene mil facetas, pero todas están cubiertas de polvo y brea. La misión de cada alma es limpiar cada una de esas facetas hasta que la superficie esté brillante y pueda reflejar un arco iris de colores"(1).

Para la Francmasonería la escala de operaciones del hombre en su paso por la Tierra es mucho mayor. Basta decir que el trabajo Masónico se fundamenta en símbolos. En este sentido, ya estamos en el ámbito de lo poético. Por eso se habla del tallado de la piedra bruta, imagen del alma de aquel que busca el sendero de la perfección. No se trata simplemente de limpiar la piedra, como dice Brian Weiss, sino de esculpirla; de cincelarla; de extraer de ella la obra de arte que contiene intrínseca. Para este proceso, como escuela de escultores espirituales, la Masonería no hace uso de materiales blandos como las calizas; se prefieren las piedras resistentes y de buena calidad, las cuales son susceptibles de pulimento y aseguran una mayor durabilidad. La piedra de alta calidad es el hombre al que llamamos libre y de buenas costumbres, "condición preliminar que se pide al profano para ser admitido en nuestra Orden, condición necesaria de todo progreso moral como espiritual, de todo adelanto en el sendero de la Verdadera Luz, o sea de la Verdad y de la Virtud". Este planteamiento de Aldo Lavagnini hace alusión al hombre que al franquear las puertas de la Augusta Institución toma las herramientas del artista en sus manos y comienza el trabajo sobre sí mismo. Es decir, utilizando las herramientas del escultor, y mediante el trabajo autoconstructivo, testimonia una habilidad manual que ejerce en el terreno de lo artístico. Esta labor de tallar y pulir es producto de la acción que obedece a la inteligencia; es producto del esfuerzo y de la voluntad; y es producto al mismo tiempo de la disciplina y de una labor constante.

Según esta apreciación, el hombre no es un ente acabado al estilo de un objeto de consumo. El hombre es un proyecto para desarrollarse. Ahora bien, en aras de la libertad absoluta de conciencia, inherente a la Masonería, si la persona estima que fue creada por el "Ser Perfecto", considere que fue Dios quien puso en él esa piedra para que la tallara y la siguiera puliendo a lo largo de su existencia. Si por el contrario la persona es partidaria de su linaje simiesco, entonces considere que necesita seguir evolucionando, es decir, esculpiendo y puliendo la piedra para distinguirse de los irracionales. La diferencia con los animales estriba en nuestro comportamiento. Dime cómo te comportas y te diré cuánto hombre eres.

Pero lo más importante es saber que el hombre es una obra inconclusa. Es un ser con pretensión de hacerse y con posibilidad de terminar la elaboración de su propia existencia. De ahí que cada ser humano debe emprender el trabajo sobre sí mismo, entendiendo que es material de construcción y obrero al mismo tiempo. La ciencia, el arte y el humanismo que flamean en nuestros talleres orientarán esta tarea. La meta es alcanzar la perfección de la vida individual, en función de la vida colectiva. En esa aspiración a desarrollarse espiritualmente es donde radica la diferencia entre un hombre y otro. Las demás diferencias son artificiales.

En el contexto de esta argumentación no se necesita ser muy perspicaz para comprender que el problema más importante que agobia al mundo se circunscribe al conflicto que lleva el hombre dentro de sí mismo. Es como si su vida se disputara entre dos fuerzas: la fuerza del mal y la fuerza del bien. El hombre se está debatiendo en su tránsito de un ser inferior a un ser superior. Se está debatiendo en su paso del animal, hacia un ser verdaderamente humano. En otras palabras, el hombre tiene que saltar del mundo de la corrupción y de las bajas pasiones, al mundo de la perfección, alcanzando el estadio de sujeto responsable, libre y de buenas costumbres, capaz de amarse y de amar a los demás.

He ahí por qué el Aprendiz Masón trabaja simbólicamente con el cincel y el martillo, hasta darle a la piedra bruta su forma escultural. De esa manera, no es una casualidad que en el seno de la Masonería se hayan formado muchos de los valores más representativos de la especie humana. La razón está en que la Masonería glorifica el trabajo, fuente de todas las virtudes, y se regocija con los distintos aspectos de la actividad científica y artística, que son expresiones de la búsqueda incesante de la felicidad en este mundo y de la perpetua superación del homo sapiens.
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(1) WEISS, Brian L. Muchas vidas, Muchos Sabios. Javier Vergara Editor. Tercer Mundo Editores. Bogotá, Colombia, octubre de 1992. p. 212.

lunes, 15 de febrero de 2010

EL DRAMA LITÚRGICO EN LA MASONERÍA





JOSÉ MORALES MANCHEGO


ORIGEN

Así como el teatro de la antigüedad se originó en determinadas manifestaciones religiosas del pueblo griego, y el teatro moderno nació en el seno de la Edad Media de ciertas fiestas de la liturgia cristiana, el drama litúrgico de la Masonería nació de los sociodramas religiosos de la Iglesia Católica. El teatro religioso de la Iglesia recibió el nombre de Auto, composición dramática alegórica de breves dimensiones. Los Autos se desarrollaban a partir de historias bíblicas en las que actuaban monaguillos y jóvenes del coro. Al principio se trabajaba con los vestuarios propios para la celebración de la misa, siendo el decorado las formas arquitectónicas de la Iglesia. Su propósito era dramatizar, desde su punto de vista, la salvación de la humanidad. No se entendía como entretenimiento, y la Iglesia le temía a su desarrollo como espectáculo. Sin embargo, a pesar de sus recelos hacia el teatro, la Iglesia utilizó el drama litúrgico, dadas sus cualidades didácticas. A sabiendas de sus efectos benéficos para la catequización, supo zanjar la cuestión trasladando la representación al exterior del edificio de la Iglesia. Así llegó el drama a las plazas públicas, sin despojarse de su contenido e intencionalidad religiosa, pero cobrando una organización más formal. De esa manera, la producción teatral fue haciéndose cada vez más secular. Es de anotar que los gremios se encargaban de la producción de las obras, tratando de que el tema se relacionara con su ocupación laboral. En ese sentido, los astilleros podían escenificar una obra sobre Noé. Es decir, la actividad laboral y los contenidos religiosos se expresaban a través del arte.

En lo que concierne a la Masonería operativa, se sabe que los gremios de constructores le dieron vida. El Arte de la construcción tuvo en ella la mayor importancia (1). Este tipo de Masonería tenía vínculos estrechos con la Iglesia, lo cual se palpa en los Antiguos Documentos ... (2).

Fue en la rama de construcción de catedrales en donde la Francmasonería operativa (albañiles, constructores, arquitectos, etc.) poseyó siempre la tradición iniciática más elevada. En ese sentido, fue la única en pedir estudios sobre casi todos los oficios (3). Así, la Francmasonería se fue configurando por el lado de los Maestros Masones libres de las catedrales. "Esta sólida asociación, hacía parte de la transmisión tradicional hermética; más tarde introdujo geometría y números sagrados, ritos y símbolos de trabajo y sentido de las herramientas, a lo que se llama la Masonería Azul o simbólica" (4). Es de anotar que los maestros constructores utilizados por la Iglesia y a veces hasta protegidos por ella, tenían ocasión de conocer los vicios y la corrupción dominantes y como podían combatían los abusos eclesiásticos.

Cuando la Masonería y la Iglesia, unidas al pasado por lazos tan estrechos, se separaron, rompiendo sus vínculos de recíproco servicio y todo vestigio de esta relación desapareció, cada una tomó su camino (5). La ruptura entre Masonería Operativa y Masonería Especulativa se produjo en 1717 con la creación de la Gran Logia de Londres. A partir de entonces, la Francmasonería, apelando a la razón y a los ideales de la Modernidad, siguió su desarrollo al servicio de la humanidad.

No obstante, como reminiscencia de ese proceso evolutivo, las tenidas conservaron la forma de sociodramas representativos de la actividad laboral. Dichos sociodramas no son para el público, sino para una minoría selecta llamados iniciados, capaces de luchar por el advenimiento de una humanidad moralmente superior. Por eso los dramas son a cubierto. Además, son a cubierto, porque "toda obra espiritual ha de realizarse en esa condición, fuera de todo ruido profano" (6). En sentido social y humanístico esto significa que "las obras constructivas, de carácter permanente, solo son posibles en épocas de paz y tranquilidad económica y social" (7). Pues bien, la Masonería es la continuadora de ese tipo de teatro para la enseñanza, no para la diversión. No para el público, sino para tallar hombres y mujeres de elevada formación científica, humanística y moral, dedicados constantemente al bien de los demás.

Es importante destacar que en el Simbolismo Masónico existe un nexo entre las Tenidas Ordinarias y las Tenidas Solemnes. Podría decirse que ellas integran una sola unidad temática. En las Tenidas Ordinarias los Masones trabajan en la construcción del Templo moral, consagrado a la virtud y a la Ciencia. En esas circunstancias, en un descanso de los obreros, se produce el asesinato de Hiram, nombre que significa vida elevada (8), vida eterna (9), compendio de todas las virtudes, cuyo elevado ejemplo trata de alcanzar todo Masón.
CONTENIDO Y FORMA
El punto de partida de la obra es el trabajo como fuente de todas las virtudes. El momento estelar lo constituye una leyenda, que al parecer proviene de algún misterio representado en los gremios de la Edad Media (10). El centro de la tragedia lo ocupa Hiram, hombre justo y equitativo, modelo de rectitud y benevolencia para los demás. El culto al héroe homenajeado en su tumba, como en el desarrollo de la tragedia griega, es un factor significativo. Así mismo es significativa la idea de que quien está enterrado puede renacer, como renace la semilla que ha sido sepultada bajo tierra. De esta manera el neófito, al identificarse con el personaje central, se transforma en un ser virtuoso y en un mejor ciudadano. En este sentido, el drama Masónico se parece al teatro griego que pretende la catarsis o purificación de las pasiones. Como en las tragedias griegas, el personaje central pertenece al mundo mítico. Otros personajes simbolizan un tipo de conducta sospechosa y reprochable. La verdadera intención de la obra es la reflexión, en aras del desarrollo intelectual y de la moralización. La obra, bien dramatizada y bien comprendida, debe producir un efecto extraordinario no solo en el ánimo del personaje central, sino en el de los que asisten a la imponente ceremonia.

El escenario se arregla y se decora acorde al grado, es decir al acto. Como en toda obra hay personajes principales y secundarios. Cada personaje tiene sus funciones, su descripción, sus características, su personalidad.

El lenguaje es sencillo, en prosa, destinado a describir la vida corriente a través de símbolos. En las liturgias, que son el guión del drama, no hay hipérboles ni figuras literarias. Toda palabra en ellas es justa y precisa. Se maneja el diálogo directo e indirecto y se siente un marcado uso del vos.

En la escenificación Masónica se debe buscar permanentemente la perfección de la ceremonia. No olvidemos que la armonía y la elegancia son ingredientes de la Masonería. El Masón debe ser un modelo de perfección. De ahí la necesidad que tiene de desarrollar la exquisitez y el sentido estético, centrando la atención en la calidad de la elaboración y sobre todo en el pormenorizado trabajo de los caracteres de cada personaje. El Masón estará siempre animado de la convicción profunda de que es un ser creativo.

SENTIDO HUMANíSTICO

La palabra humanismo tiene distintas acepciones. En sentido restringido se refiere al movimiento cultural (literario, científico, filosófico) del Renacimiento, renovador de los ideales de la Edad Antigua. En sentido amplio "Sirve para caracterizar ideas, pensamientos, obras científicas y artísticas imbuidas de respeto al hombre, capaces de desarrollar en él profundos valores morales" (11). En otras palabras, el eje temático del humanismo es el hombre y todo lo que sirve para elevar la dignidad humana. En este contexto, queda claro el contenido humanístico del drama Masónico y de la Masonería en general.

En Masonería el hombre constituye el centro del mundo simbólico. Esto significa que en el hombre se interrelacionan todos los elementos que componen el universo. El hombre está en el centro de la Francmasonería. Pero no el hombre que tenía en la mente el Papa Inocencio III, quien lo definió en forma desalentadora diciendo que "mientras las plantas y los árboles dan flores, hojas, frutos, aceites y bálsamos aromáticos, los productos del cuerpo humano son flemas y excrementos pestilentes y asquerosos" (12). La Masonería, en cambio, considera que los frutos del hombre son las múltiples operaciones de la mente y de la acción.

La Masonería considera que el hombre es un proyecto en construcción y propone un modelo que cada Masón trata de lograr consigo mismo, mediante un continuo proceso de perfeccionamiento. Para la Orden es posible hacer del hombre un ser social mejor. Con ese objetivo viene trabajando desde sus orígenes, dando como resultado un incalculable número de personajes, cuyas obras e ideales constituyen lo mejor del ethos de América y del mundo.
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1. Morales. Mario (Compilador). Antiguos Documentos de la Masonería -Manuscritos antes de 1717-. Gran Logia del Norte de Colombia. Barranquilla, marzo de 2004. pp. 65-70.
2. Idem. pp.15- 170.
3. De la Ferriere, Serge Raynaud. Libro Negro de la Francmasonería. Ediciones de la Gran Fraternidad Universal. Editorial Menorah. Bogotá, 1963. p. 32.
4. Idem. p. 33.
5. Martinez Zaldúa, Ramón. ¿Qué es la Masonería? Costa-Amic Editores. México, marzo de 2000. pp. 25-28.
6. Lavagnini, Aldo (Magister). Manual del Maestro. Editorial Kier. Buenos Aires, 1993. p. 31.
7. Idem. p. 32.
8. Idem. p. 30.
9. Daza, Juan Carlos. Diccionario de la Francmasonería. Ediciones Akal. Madrid. 1997. p. 189. col. 1.
10. Idem. p. 190.
11. Chadraba, Rudolf y otros. Renacimiento y Humanismo. Ediciones Suramericana. Bogotá, 1967. p. 71.
12. Idem. p. 75.