sábado, 6 de febrero de 2010

LA RELIGIOSIDAD DEL COSTEÑO



JOSÉ MORALES MANCHEGO


La religiosidad popular en la Costa Caribe de Colombia, hasta el momento, ha sido poco investigada. Se conocen detalles sobre la vida de santos y de ilustres sacerdotes, pero nada se ha escrito sobre la vida religiosa de los que no son santos. Ante ese vacío, se habla de la pobreza espiritual de los habitantes de la región caribeña de Colombia; se afirma que los costeños son paganos en sus costumbres religiosas, y se asegura que los jesuitas fueron llamados a la Costa para combatir la impiedad de sus habitantes(1).

Afirmar que los costeños son irreligiosos es desconocer que las religiones son asimiladas por los pueblos en forma diferente, respondiendo esa asimilación a las condiciones concretas de la existencia humana(2). En el caso de la Costa, la religión aparece ligada con otros elementos que caracterizan la costeñidad. Por eso la historia de las mentalidades no se puede quedar en las ideas de los personajes ilustres, sino que debe llegar a los individuos comunes y corrientes para ver cómo reciben esas ideas y cómo se manifiestan en su vida cotidiana.

En ese sentido se puede afirmar que la Costa no sólo tiene su religiosidad peculiar, sino que puede mostrar, inclusive, santos autóctonos, como Santo Domingo Vidal, que inspiró el libro En Chimá Nace un Santo del escritor cordobés Manuel Zapata Olivella.

Por otro lado, los ritos y ceremonias religiosas de la Costa nos muestran claramente que el pueblo costeño no es impío. Si nos remontamos en la historia, encontramos que la Semana Santa en Mompós ha sido, desde la época colonial, una celebración religiosa de mucha solemnidad, estimación y aprecio. Lo mismo puede decirse de la Villa de San Benito Abad, pueblo que en los tiempos precolombianos fue el pedestal de una divinidad indígena muy venerada, situación que aprovechó la Iglesia Católica para reemplazarla por una divinidad cristiana, conocida como el Cristo Milagroso de la Villa, donde la gente hace romerías para pagar una promesa; pedir solución a los duros problemas de la vida, o simplemente para buscar alivio a su conciencia atormentada por el pecado. El fervor de la feligresía llevó a que la Iglesia de la Villa fuera elevada a la categoría de Basílica por el papa Pablo VI en 1964. En Barranquilla la Virgen del Carmen es festejada por propios y extraños. En esta misma ciudad la procesión de la Dolorosa goza de gran estima y su esencia religiosa se conserva y se transmite de generación en generación. Igual sucede en Cartagena y demás pueblos de la Costa, donde cada parroquia tiene un santo que en el sentir popular impera con majestad y se le considera el protector de la comúnidad.

Podría abundarse en ejemplos para demostrar que la Costa no es irreligiosa como algunos pueden imaginar. Todo lo contrario. Sucede que en la Costa la religión se fue acoplando a las características de la costeñidad, hasta llegar a amalgamarse la vida cotidiana con la vida religiosa. Por eso los santos y los clérigos son tratados confianzudamente. Así tenemos que en Barranquilla, el Parque del Sagrado Corazón de Jesús recibió, por parte de los curramberos, el sobrenombre de Parque del "Santo Cachón”, porque la imagen sagrada, que se levanta imponente en el sitio, parece custodiar a los amantes que aprovechan la penumbra y los escondrijos de la lujuriante vegetación, para disfrutar las delicias del amor sensual. Por otro lado, en la Guajira, a la virgen de los Remedios le dicen con cariño “La Vieja Mello”; San Rafael, el patrono de Chinú, según la leyenda, peleaba en los campos de batalla al lado de los liberales, y Domingo Vidal, el santo nativo de Chimá, era aficionado a las riñas de gallos.

Una especie de encabalgamiento se hace patente entre los actos religiosos y otros elementos de la costeñidad. Al respecto, es importante anotar que en los pueblos del departamento de Córdoba la banda de música folclórica hace parte de las ceremonias religiosas especiales. Al oír la banda en el atrio de la iglesia las multitudes se precipitan hacia la casa de Dios. En esas celebraciones se ha observado que a muchos de los concurrentes de uno y otro sexo los anima el propósito de la amatividad típica del costeño. Tal es la referencia que hace el periódico El Cartagenero del 5 de abril de 1834 quejándose de celebraciones tumultuarias como las procesiones, donde cada cual hace un esfuerzo para aparecer con el mejor vestido. Según el mismo periódico, hombres y mujeres se entretienen en el intercambio de palabras, miradas y suspiros, o haciendo señales y figuras de manos para entenderse con su amor.

Por otro lado, no es menos evidente en la historia de la Costa lo de los curas sementales. Según información recogida por Orlando Fals Borda, muchos curas han tenido varios hijos (3). Por ello, en ciertos chistes y cuentos populares, los sacerdotes aparecen participando en determinados actos que, en el pensamiento de los santurrones, deberían pertenecer exclusivamente al comportamiento de los mundanos.

En la música folclórica también está presente esa franqueza en el tratamiento de los clérigos. Así lo manifiesta "La Custodia de Badillo" cuando dice al compás de la melodía:
"Al terminar la misa que se pongan del cura pa' bajo a requisar".
Es de anotar que esta canción constituye un enjuiciamiento al sacerdote que recortó un viejo cáliz colonial, razón por la cual el pueblo creyó que la custodia había sido robada(4) .
Todo lo dicho hasta este punto nos demuestra que la hipótesis de la irreligiosidad costeña peca por la inexistencia de pruebas para su demostración. En la Costa lo que se observa es una religiosidad que vincula el espíritu humano con el espíritu misterioso y sobrenatural. El pueblo costeño cree en una vida después de la muerte, acepta la existencia de un poder sobrenatural, y se inclina sin fanatismos ante ese poder, considerando que la vida no es accidental ni carente de significado. De esa manera la religión adquiere la dimensión del creyente y, como es lógico, se adecua a la cultura, en la cual ejerce como ideología de la dominación.

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1 El Espectador. Edición de la Costa, 4 de abril de 1985.
2 Durkheim, Emilio. Las Formas Elementales de la Vida Religiosa. Editorial Schapire S.R.L., Buenos Aires, 1968, p. 8.
3. Fals Borda, Orlando. Mompóx y Loba. Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1979, p. 76A.
4. Quiroz Otero, Ciro. Vallenato, Hombre y Canto. Ícaro Editores. Bogotá, 1983, p. 85.

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