El fútbol y la teoría de la
carnavalización
José
Morales Manchego
El
filósofo mexicano Luis Villoro, en su libro Signos políticos, considera al
fútbol “como un instrumento que ayuda a mantener una situación de dominio,
conservando satisfechos a los siervos”; sin embargo, el autor también entrevé en
ese deporte una dimensión no oficial de las relaciones sociales en aras de un
mundo mejor. Al pensar en esta opinión me llegaron a la memoria las ideas del crítico
literario, teórico y filósofo del lenguaje Mijail Bajtin, autor de La
cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de Rabelais
y Problemas de la poética de Dostoievski, dos obras en las que
desarrolla la “teoría de la carnavalización”, que consiste en aplicar las
categorías del carnaval a la Literatura. Todos sabemos que en el carnaval la sociedad
se trastorna y se abre paso hacia el cambio de las viejas estructuras. Por eso el carnaval, en sus orígenes y
esplendores, no sólo representó el goce pagano, sino un cuestionamiento profundo
a la estructura de la sociedad feudal. Algo parecido sucede con el fútbol. Analizarlo
desde esa perspectiva, puede enriquecer la óptica de la política para hacerla
más humana y reveladora de hermosas posibilidades. En ese sentido, vemos que el
fútbol transforma la manera de ver la vida y las relaciones que los hombres
establecen en el plano de lo jurídico y de lo social, para mostrar los
diferentes matices de otro mundo posible y contemplarlo dentro de su
complejidad, liberado ese mundo ideal de los regímenes que restringen al hombre
y reducen las potencialidades de su esencia como ser humano.
Nadie
duda de que el fútbol genera una fascinación colectiva. Por eso algunos
recalcitrantes dicen que es el opio del pueblo[1];
pero si llegamos más allá de la simple dimensión aparente veremos en su esencia
la representación de una utopía que encierra la subversión de ciertos
estereotipos.
No
se necesita llegar a deliquios intelectuales, para saber que en nuestra sociedad
los valores se desdoran y la vida para muchos carece de sentido. Frente a esa tozuda
realidad, el juego brinda un gran respiro. En el estadio el juego transcurre
según reglas. El partido de fútbol tiene una trama coherente y ordenada, con
una planeación estratégica y un sentido claro. En ese tiempo de juego el vacío
existencial de la sociedad profana se termina. Lo sustituye el entusiasmo de la
contienda, los destellos de ritmo y de armonía.
Por
esa razón mucha gente va al estadio para escapar de la realidad cotidiana
(agresiva, violenta y represiva) y disfrutar de otra realidad diferente que le
brinda conocimiento y diversión. En eso se parece el fútbol a la literatura.
En
el tiempo del partido, todo el sistema represivo de la sociedad civil se
suspende y entra en vigor el Reglamento del juego, el cual es acogido por todos
los jugadores. El Reglamento no es de ninguno de los bandos en contienda, ni es
para satisfacer intereses particulares como sucede en la conflictiva sociedad
profana. En el estadio existe la igualdad de oportunidades y el triunfo puede ser
de cualquiera de los participantes. En el espectáculo las jerarquías se
trastocan y hay destronamientos. Como en el carnaval, el amo se vuelve siervo y
el siervo se trasmuta en amo. Por eso, en sus mejores momentos, al jugador del
barrio “La Chinita” de Barranquilla los locutores deportivos lo llamaban don
Teo[2],
y algunas damas encopetadas de la sociedad, en los delirios del fanatismo, gritaban
muchas veces su deseo de tener un hijo con James o disfrutar el himeneo con el Tino
Asprilla[3].
En otras palabras, un modesto mozalbete, nacido en los andurriales de los
suburbios, puede, en un instante determinado, brillar como una estrella ante
los ojos del mundo. En el fútbol, como en el carnaval, el siervo se convierte
en rey.
En
los campeonatos mundiales, las jerarquías entre naciones se suspenden. Las
naciones subdesarrolladas emulan con las industrializadas. En ese lapso, los
países más pobres tienen la esperanza de superar a los poderosos. Un país subdesarrollado puede transformarse
en señor de sus propios amos. Recordemos que España, con blasones y órdenes
reales, fue derrotada y eliminada del mundial 2014, por los descendientes de
Caupolicán y sus mapuches. Esa vez, Chile derrotó a la madre patria, en
territorio de Brasil, dos goles por cero. Si seguimos refrescando la historia
tenemos que, en 1982, el ejército inglés derrotó militarmente al ejército argentino
en la Guerra de las Malvinas, pero en 1986, en el Estadio Azteca de la Ciudad
de México, con dos goles de Maradona, la Selección Argentina rescató el orgullo
patrio, derrotando a la señorial Inglaterra. Como se puede observar: “Lo
altamente jerárquico se desentroniza; y lo que está en lo más bajo, se
entroniza”[4].
En el estadio de fútbol, de nada vale el poderío militar ni el abolengo de las naciones.
Ahí lo que vale es la inteligencia del director técnico, y el arrojo, la
habilidad, el vigor, el impulso, el ritmo de los movimientos, la inventiva y el
arte de los jugadores. Ahí no funcionan las leyes profanas. Ellas quedan
suspendidas. El código penal no rige. Aquí rigen otras leyes que sólo funcionan
en el cuadrilátero. Por esa razón, si un jugador golpea a otro no lo pueden juzgar
en la fiscalía por lesiones personales.
En
el partido de fútbol, lo que se vislumbra es una sociedad que pertenece al
mundo de las utopías. Allí, en vez de la enajenación del trabajo, reina la tolerancia,
la espontaneidad, la belleza, la solidaridad y la alegría de vivir. En el
fútbol el trabajo no está enajenado, sino que se labora con alegría. En esa
empresa, los trabajadores del balón disfrutan de buenos salarios y del
reconocimiento de las mayorías. Al mismo tiempo los espectadores disfrutan, por
unos instantes, de otra posibilidad de vida que se dará en una sociedad bien
organizada, donde los derechos no se queden en una romántica declaración.
Finalmente,
así como el carnaval de las obras de Rabelais no es lo mismo que el de los
mercachifles de hoy, el fútbol también ha cambiado radicalmente. El fútbol de hoy,
en manos de ambiciosos, se ha transformado en una industria multinacional y se
ha distorsionado su esencia en demasía, perdiendo su sentido original. A su
alrededor crecen las mafias, los fanáticos furibundos, las pandillas y los
crímenes. La ética y la estética deportiva se están perdiendo. No obstante, y a
pesar de las sombras y externalidades “La pelota no se mancha”, como dijo
Maradona en La Bombonera, cuando se despidió de las canchas del balompié, donde
la utopía sigue viva, esperando la hora de los hornos.
[1] “…muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque
castra a las masas y desvía su energía revolucionaria”. Eduardo Galeano. El
fútbol a sol y sombra. TM Editores. (s.m.d.). p. 36.
[2] Su nombre de pila es:
Teófilo Antonio Gutiérrez Roncancio. Fue elegido Mejor futbolista de Suramérica
en el año 2014.
[3] El reconocimiento al
Tino Asprilla (Faustino Hernán Asprilla Hinestroza) se debe a que “…el fútbol
ofrece uno de los pocos espacios más o menos democráticos donde la gente de
piel oscura puede competir en pie de igualdad. Puede, hasta cierto punto, porque
también en el fútbol unos son más iguales que otros”. Eduardo Galeano. Op.
Cit. p. 49.
[4] Nelson Castillo Pérez y Carmen Salgado
Rodríguez. Discurso y humor. Edición Universidad de Córdoba. Montería,
2008. p. 97.
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