lunes, 30 de mayo de 2011

LA VENGANZA EN CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA





JOSÉ MORALES MANCHEGO



Según la Real Academia Española: “Venganza es la satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos”. Podría decirse también que es la pasión intensa que impulsa a un ser humano a tomar desquite por una ofensa que le han infligido a él o a uno de sus protegidos.



En cuanto a sus causas se puede afirmar que la inexistencia de un sistema judicial, o la simple inoperancia de la justicia, generan la venganza. De ahí que en los pueblos de las primeras edades, la falta de organización de la justicia fue muchas veces causa de venganza como forma de frenar los desafueros de las personas en el contexto de la vida social. En algunos de dichos pueblos la venganza se arraigó tanto, que algunos llegaron a considerarla como un deber sagrado.



Por eso en la mitología griega, la diosa Némesis era la personificación de la venganza. Ella representaba la legítima ira de los dioses contra la soberbia y la altivez, y contra los generadores de conflictos. De manera que ningún transgresor podía librarse de su acción y su poder.



Por su parte la Biblia, en el génesis, Capítulo IX, versículo 5 dice: “La sangre de un hombre la vengaré en el hombre”, y en el verso 6 agrega: “Derramada será la sangre de cualquiera que derramare sangre humana”. Algo semejante aparece en el salmo 94, versículo 1º, el cual asevera lo siguiente: “El Señor o Jehovah es el Dios de las venganzas; y el Dios de las venganzas ha obrado con independiente libertad”[1]. Sin tanto rodeo, he ahí la venganza plasmada en un libro de la Ley Sagrada.



En los pueblos premodernos era un deber ineludible vengar el honor mancillado, y el que no lo hacía incurría en el desprecio común, se burlaban de él las mujeres y los viejos, y si el que dejaba de tomar venganza era soltero, ninguna mujer quería casarse con él. Es más, si el ofendido era casado y no ejercía la venganza, la esposa lo abandonaba.



Hoy en día la literatura y el cine aportan valiosa información para dar a conocer los códigos de honor y las historias de venganza de sociedades pasadas. Un ejemplo patético lo tenemos en la obra Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez[2], la cual refleja el concepto de venganza arraigado en una cultura, que por la debilidad de la justicia y la falta de claridad en la misma, pasó a ser una costumbre inveterada.



En la obra se plantea el conflicto que genera la pérdida de la virginidad de una doncella. El ofensor, supuestamente Santiago Nasar, violó el código de honor de ese momento. Esto significaba que el ofensor degradó a la familia Vicario en su dignidad y en su valía humana.



Por esa razón, los gemelos, o sea los hermanos Vicario – matarifes de oficio- cuchillo en mano hacen público su deseo de venganza. Ellos se ven obligados a matar al joven Santiago Nasar, porque creen que su deber es lavar con sangre la ofensa de que ha sido victima la familia. Es más, luego de cometer el crimen, los hermanos Vicario corren hacia la casa cural, donde confiesan su delito al padre Carmen Amador en los siguientes términos: “Lo matamos a conciencia –dijo uno de ellos- pero somos inocentes… fue un asunto de honor”.



Pero la venganza no sólo estaba presente en la actitud de los hermanos Vicario. Hay también una responsabilidad colectiva, la cual se refleja en la pasividad cómplice de muchos habitantes del pueblo y en el aire vengativo de otros, como se puede ver en el proceder de los personajes de la obra. Todos sabían que los hermanos Vicario buscaban a Santiago Nasar para matarlo, pero nadie tomó realmente la iniciativa para evitar la tragedia, incluso algunos personajes, en el fondo de su alma, querían que lo mataran (p. 19).



Veamos lo que dicen algunos textos de Crónica de una muerte anunciada:



Victoria Guzmán, cocinera de la familia Nasar decide no advertir a Santiago del peligro que corre, lo que se puede entender como una forma de venganza producto de los abusos de su padre Ibtahim Nasar, quien la había seducido en la plenitud de la adolescencia y “La había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y la llevó a servir en su casa cuando se le acabó el afecto (p. 17).



Lázaro Aponte, coronel en retiro y alcalde del pueblo, se entera de los deseos de los Vicario y cumple con el requisito de quitarles los cuchillos, pero “ni siquiera los interrogó sobre sus intenciones” (p. 60).



El padre Carmen Amador, párroco de la comunidad, se enteró de los deseos de los Vicario, pero prestó más atención a los preparativos de la llegada del obispo. Su actitud está contenida en sus propias palabras: “Lo primero que pensé fue que no era asunto mío sino de la autoridad civil, pero después resolví decirle algo de pasada a Plácida Linero” (pp. 71- 72).



Prudencia Cotes, la novia de uno de los Vicario dice: “Yo sabía en que andaban y no sólo estaba de acuerdo, sino que nunca me hubiera casado con él si no cumplía como hombre” (p. 65).



La madre de Prudencia Cotes, que todas las mañanas brindaba un café a los hermanos Vicario, ese día, cuando se lo ofreció, Pablo Vicario le contestó: “Lo dejamos para después, ahora vamos de prisa” (p. 65). Al oír estas palabras la señora Prudencia Cotes respondió: “Me lo imagino, hijos, el honor no espera” (p. 65).



“Indalecio Pardo acababa de pasar por la tienda de Clotilde Armenta, y los gemelos le habían dicho que tan pronto como se fuera el obispo matarían a Santiago Nasar. Pero Indalecio pensó como tantos otros, que eran fantasías de amanecidos…” (p. 100).



Cuando Cristo Bedoya le dijo a Victoria Guzmán: “Lo están buscando para matarlo” (p. 102). Victoria Guzmán le contestó: “Esos pobres muchachos no matan a nadie…” (p. 103).



Como se puede ver, la obra refleja un contenido de venganza, que ondea en la conciencia de sus personajes. Y como si esto fuera poco, respecto a la complicidad generalizada, el narrador dice: “La gente que regresaba del puerto, acelerada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen” (p. 106). Más adelante nos informa que “La gente se había situado en la plaza como en los días de desfiles” (p. 111) y “No oyeron los gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen” (p. 114).



Estas expresiones textuales, tomadas del libro Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, nos ponen a reflexionar sobre la complicidad colectiva en este caso de venganza, coronado por el Derecho cuando “el abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, que fue admitida por el tribunal de conciencia…” (p. 53).



La venganza en la obra surge como consecuencia necesaria del daño recibido, en una época en la cual la dignidad del macho quedaba deshonrada si la mujer con la cual se casaba no era virgen. En consecuencia, en la obra, la venganza, que se plantea con toda crudeza, tenía como objetivo la exaltación del amor propio, que había sido menospreciado y agravado por la ofensa recibida.



Toca analizar hasta donde nuestra sociedad actual, que algunos llaman posmoderna, es vengativa frente a otras ofensas. No se puede negar que en nuestra sociedad, muchas veces la reacción contra el delito es puramente pasional, ciega, sin reflexión ni deliberación alguna, lo cual está en contradicción con la naturaleza social y racional del hombre y contra el sentimiento de justicia organizado, por lo menos en teoría, en los pueblos civilizados.



Para nadie es un secreto que en nuestra sociedad pululan los actos de venganza: ahí están para analizar los dichos y paremias que se escuchan a diario. Por ejemplo: “Da que te vienen dando”; así mismo nos hablan de venganza las estadísticas de violencia en la barriada; la violencia intrafamiliar; los golpes y aún las muertes por celos; lo mismo que el maltrato a los animales, para cobrarles cualquier desafuero cometido por el irracional o por su dueño. Todas son formas rencorosas de lavar una ofensa, olvidando que son las autoridades competentes las que tienen que dar su veredicto y dictaminar la forma en que el ofensor ha de reparar el daño causado a la víctima.



Conclusivamente se puede afirmar que la venganza es la actitud de las personas, que por su atraso o por la mala administración en materia de justicia, se cobran cualquier ofensa por su propia mano. En esas circunstancias, nuestra tarea es transformar a esas personas. Sobre ese yunque el hombre libre y de buenas costumbres tiene que seguir martillando. No olvidemos que en esta materia nuestra Augusta Institución, en sus principios, también tiene la antorcha. En ese sentido, la Liturgia y los rituales del Grado 30 de la Masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que dirige el Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, así como las Liturgias y rituales de otros grados precedentes, tratan de la venganza. Pero la venganza nada tiene que ver con la esencia de la Masonería. Es más, la Masonería condena la venganza, y “En vez de aprobarla, pedimos no sólo el perdón de la injuria, sino que exigimos su olvido[3]. No obstante, consideramos que el Estado y las autoridades legítimamente constituidas, tienen la obligación de investigar a los infractores y castigar a los delincuentes.


(Publicado en: Revista El Misionero No. 69. ISSN 1657-3064. Barranquilla, Colombia. Junio de 2011)

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[1] La Sagrada Biblia. Traducción de LA VULGATA LATINA al Español (1884) por el Ilmo. Señor Don Félix Torres Amat). Santa Fe de Bogotá, D. C., Colombia, 1999.


[2] Gabriel García Márquez. Crónica de una muerte anunciada. Biblioteca de Autores Contemporáneos. Círculo de Lectores. Bogotá, 1988. 128 pp. Cfr. Bahamón, Efraín. Análisis de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. Editorial Voluntad. Bogotá, 1991. 64 pp.

[3] Liturgia del Gr:. XXX. Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia (Fundado en 1833) p. 21.


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