domingo, 21 de julio de 2024

Carnavalización en "Las lanzas coloradas"

 


CARNAVALIZACIÓN EN LAS LANZAS COLORADAS

JOSÉ MORALES MANCHEGO

 

Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri es una joya literaria de carácter intemporal. Es una novela de acciones intrépidas y tensiones literarias, contextualizada en los comienzos de la guerra de independencia de Venezuela. Su lenguaje es diáfano, pero henchido de bellas expresiones, con profusión de metáforas, símiles, anáforas, epiforas, hipérboles, ironías, epítetos y sentencias que nos dejan una enseñanza y nos ofrecen una lectura placentera, porque la literatura es una forma de la alegría, asevera Borges, y luego agrega:

 “Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado…

Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo”[1].

En atención a esta idea de Borges, podemos afirmar que la novela de Uslar Pietri se absorbe con una facilidad y sabrosura que nos permite degustar las estructuras y microestructuras más importantes de la obra.  La razón de su calidad literaria está sintetizada en las palabras de Miguel Ángel Asturias cuando dice: “Arturo Uslar Pietri cuida su idioma, sabe o intuye que la palabra es la sabiduría del novelista, del escritor, del poeta. Sin este saber y conocer, no hay novela ni poema”. Además, agrega el premio Nobel guatemalteco que “Las Lanzas Coloradas” es “una novela con claves para la interpretación de nuestra realidad americana”.

En ese mismo sentido, el profesor de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, Guillermo Servando Pérez, manifiesta:

Arturo Uslar Pietri se propone y consigue, en “Las lanzas coloradas”, no tanto subrayar los aspectos épicos de la guerra, sino descubrir, en sus mecanismos interiores, los gérmenes de la actual Latinoamérica, desunida y a merced de los intereses colonialistas…Con una escritura tersa y desprovista de todo amaneramiento, Uslar Pietri quiere sentar las bases de una historiografía desprovista de las rémoras del colonialismo cultural y del engolamiento patriotero[2].

Sin lugar a duda Las lanzas coloradas es una novela de muchos esplendores literarios, elogiada por la crítica más exigente. La novela trata de la guerra, pero la idea de Arturo Uslar Pietri no es mostrar la guerra de independencia con la frialdad de la historiografía tradicional, sino resaltar el fulgor de una epopeya para mostrar el sinsentido de la guerra. Esta idea es matizada con el humor y la risa, elementos que forman parte del ambiente carnavalesco de la obra, donde las jerarquías se subvierten para representar el destronamiento del amo y la entronización del esclavo. 

EL CARNAVAL EN “LAS LANZAS COLORADAS”

La carnavalización está presente por doquier en muchas situaciones de Las lanzas coloradas. Una de esas situaciones de carnaval se muestra claramente en el capítulo 8 cuando Fernando Fonta, Bernardo y el capitán inglés (“Musiú”) llegan a un pueblo chiquito llamado Magdaleno y luego ranchan en una pulpería, donde los zambos, los mulatos y algunos blancos (“No había negros puros”) disfrutaban bebiendo aguardiente, riendo a carcajadas en medio de las burlas, los chistes y el buen humor en general. En esa pulpería la risa y el lenguaje (utilizado con propósitos crípticos) se muestran como categorías típicas de lo carnavalesco[3].

El capítulo 7 también está carnavaleado. Todos sabemos que en el carnaval el mundo se trastrueca. Pues bien, en este capítulo el orden social jerárquico se invierte y al mismo tiempo se profana lo sagrado. Presentación Campos, el mayordomo, ordena a los esclavos quemar “El Altar” (símbolo de lo sagrado) y viola a Inés, la hermana de Fernando Fonta, el amo de la finca “El Altar”. En otras palabras, “El Altar” fue profanado de forma inmisericorde. Y para colmo de la carnavalización, Presentación Campos le dice al negro Natividad: “Ahora estamos arriba, Natividad. Los de abajo, que se acomoden”[4]. En esta situación se siente una tonalidad triunfante de lo popular, como se deja ver en una fiesta nocturna en medio de la plaza pública para celebrar el triunfo sobre un pueblo “desarmado y con bastantes cosas” para saquear[5].

Lo sagrado también es profanado en el capítulo 10, cuando Boves, con siete mil lanceros, se toma una iglesia llena de gentes que oraban y convierte el edificio religioso en un bar donde celebra una fiesta con guitarras y tambor, obligando a los parroquianos a bailar.  “El cura, que estaba escondido en el confesionario, fue sacado a la fuerza… Y a golpes la sotana comenzó a inflarse entre los bailarines. Grandes risas bárbaras celebraban el espectáculo”[6].

 En fin, analizar la novela (cualquier novela) a través del prisma del carnaval, o de cualquier otra teoría, es un buen ejercicio en aras de romper los esquemas medievales de la educación repetitiva, que colma su aspiración transmitiendo resúmenes, con el fin de desconocer las múltiples perspectivas y los distintos saberes que confluyen en una obra literaria, método intonso que a nivel general de la educación ha servido para  condenar a las grandes masas a vivir en la “minoría de edad”, convirtiéndolas en un rebaño, para que los mandamases de todos los tiempos las manejen a su antojo. Lo importante entonces es superar a ese lector empírico y empezar la aventura hacia un lector ideal. Es decir, un lector emancipado que aprenda a caminar solito y no se conforme con engullir y repetir argumentos o resúmenes inculcados “por algunos de los tutores incapaces por completo de toda ilustración”[7], sino que se acerque a la obra literaria para comprenderla en su dimensión compleja con todos los elementos que la configuran, y contribuir así a la construcción de conocimiento.

Hemos dicho que el escritor Arturo Uslar Pietri en Las lanzas coloradas busca mostrar el sinsentido de la guerra; pero en este aspecto del sinsentido de la guerra el carnaval tiene su derecho de ciudadanía, y tiene también el poder para transformar las batallas en fiestas. Por eso, en un ambiente de libertad y de fraternidad, Barranquilla le opuso a la Guerra de los Mil Días, una “Batalla de flores” que ya se volvió emblemática para simbolizar la finalización de una guerra fratricida y sin sentido, que destrozó a la República de Colombia.

Dicen que a la palabra literaria nadie puede sujetarla. Por eso el escritor escribe una cosa y a partir de ahí el lector acucioso, analítico y pensante puede interpretar otra. El acto de la lectura es entonces un acto de libertad. En punto a lo anterior, con mi atuendo de “monocuco” (porque soy carnavalero) llego al capítulo 4 de Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri. Allí se recrea de manera carnavalesca la sesión de una logia llamada “Los hijos de la libertad”.

Quienes sepan en que consiste el “reteje” para entrar a una tenida, y vivir una iniciación, comprenderán de inmediato la parodia de Uslar Pietri. Ya en la tenida de la Logia llamada “Los hijos de la libertad” (después de intercambiar interrogantes y palabras de pase, necesarias para franquear el pórtico del Templo), el presidente impone el silencio y ordena: “Ciudadano secretario, comience la lectura de los Derechos del Hombre”.

“El llamado secretario extrajo de debajo de una piedra un pequeño cuaderno que era un ejemplar de la traducción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, impresa clandestinamente por Nariño, en Bogotá”. Terminada la lectura y cerrada la discusión, el presidente ordenó: “Ciudadano Fonta, debajo del cajón en que usted está sentado hay un libro. Tenga la bondad de dármelo”. El presidente de la logia toma el libro en sus manos. Estaba amarillo y muy viejo de usado. Era el Contrato social de J. J Rousseau. “El presidente impuso silencio y comenzó a traducir el francés con dificultad, despacio: ‘El hombre es nacido libre, y por todo él está entre los hierros.’ “[8].  He ahí una traducción bastante macarrónica. Una traducción más cercana a lo que dijo Rousseau puede ser esta: “El hombre ha nacido libre, y en todas partes está encadenado”[9].

En esta situación de la novela se puede apreciar que la susodicha tenida muestra la diferencia entre la realidad y la ficción, al ser presentada de manera burlesca para llamar a la risa como categoría de la carnavalización. Por su parte, la cojera en la traducción de El contrato social no sólo muestra la forma cómo un discurso se transforma en ficción, sino la implicación que esa ficción tiene desde el punto de vista de las ideologías, porque (a mi entender) se trata de quitarle importancia a la Ilustración y al libro extranjero en el proceso de emancipación de las colonias americanas. Esta ficción nos recuerda intertextual o complementariamente el pensamiento de José Martí cuando el americanista, envuelto en su capa de batalla, decía: “Ni el libro europeo ni el libro yankee daban la clave del enigma hispanoamericano”[10]. Y en otro artículo asevera con más contundencia: “La independencia de América venía de un siglo atrás sangrando; ¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”[11]. 

En fin, lo que dijo Uslar Pietri está ahí. Tal vez él tenía en mente su propia intencionalidad, pero como lector de su obra puedo darle significado; porque si a la palabra literaria nadie puede sujetarla, mucho menos se podrá cortar la melena a la palabra centelleante, cargada de ideas y de una profundidad carnavalesca[12], como la palabra plasmada en la maravillosa obra Las lanzas coloradas. 

JOSÉ MORALES MANCHEGO

 



[1] Jorge Luis Borges. En: Borges Oral. Bruguera: Barcelona, 1980. p. 22.

[2] Centro literario. Análisis de Las lanzas coloradas. Arturo Uslar Pietri. Editorial Voluntad: Bogotá, 1991.p. 93.  

[3] Arturo Uslar Pietri. Las lanzas coloradas. Salvat Editores.: Navarra, 1970. pp. 86-104.

[4] Ibid. p. 81.

[5] Ibid. p. 82 y ss.

[6] Ibid. pp. 140.

[7] Emmanuel Kant. Filosofía de la Historia. Fondo de Cultura Económica: México, 1981. p. 27.

[8] Arturo Uslar Pietri. Op. Cit. pp. 46 y ss.

[9] Jean-Jacques Rousseau. El contrato social. Traducción de Consuelo Berges. Ed. Aguilar: Buenos Aires, 1968. p. 50.

[10] José Martí. Nuestra América. Editorial Losada: Buenos Aires, 1980. p. 15

[11] Ibid. 86.

[12] Sobre la teoría de la carnavalización en la literatura, léase: Mijail Bajtin. Problemas de la poética de Dostoievski. Fondo de Cultura Económica: Bogotá, 1993. Del mismo autor: La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Alianza Editorial: Madrid, 1990.

(Artículo publicado en la revista "Campamento Escocista". Año 1 No. 1. Barranquilla, julio del 2024)

El fútbol y la teoría de la carnavalización

 


     El fútbol y la teoría de la carnavalización

 

José Morales Manchego

 

El filósofo mexicano Luis Villoro, en su libro Signos políticos, considera al fútbol “como un instrumento que ayuda a mantener una situación de dominio, conservando satisfechos a los siervos”; sin embargo, el autor también entrevé en ese deporte una dimensión no oficial de las relaciones sociales en aras de un mundo mejor. Al pensar en esta opinión me llegaron a la memoria las ideas del crítico literario, teórico y filósofo del lenguaje Mijail Bajtin, autor de La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de Rabelais y Problemas de la poética de Dostoievski, dos obras en las que desarrolla la “teoría de la carnavalización”, que consiste en aplicar las categorías del carnaval a la Literatura. Todos sabemos que en el carnaval la sociedad se trastorna y se abre paso hacia el cambio de las viejas estructuras.  Por eso el carnaval, en sus orígenes y esplendores, no sólo representó el goce pagano, sino un cuestionamiento profundo a la estructura de la sociedad feudal. Algo parecido sucede con el fútbol. Analizarlo desde esa perspectiva, puede enriquecer la óptica de la política para hacerla más humana y reveladora de hermosas posibilidades. En ese sentido, vemos que el fútbol transforma la manera de ver la vida y las relaciones que los hombres establecen en el plano de lo jurídico y de lo social, para mostrar los diferentes matices de otro mundo posible y contemplarlo dentro de su complejidad, liberado ese mundo ideal de los regímenes que restringen al hombre y reducen las potencialidades de su esencia como ser humano.

 

Nadie duda de que el fútbol genera una fascinación colectiva. Por eso algunos recalcitrantes dicen que es el opio del pueblo[1]; pero si llegamos más allá de la simple dimensión aparente veremos en su esencia la representación de una utopía que encierra la subversión de ciertos estereotipos.

 

No se necesita llegar a deliquios intelectuales, para saber que en nuestra sociedad los valores se desdoran y la vida para muchos carece de sentido. Frente a esa tozuda realidad, el juego brinda un gran respiro. En el estadio el juego transcurre según reglas. El partido de fútbol tiene una trama coherente y ordenada, con una planeación estratégica y un sentido claro. En ese tiempo de juego el vacío existencial de la sociedad profana se termina. Lo sustituye el entusiasmo de la contienda, los destellos de ritmo y de armonía.

 

Por esa razón mucha gente va al estadio para escapar de la realidad cotidiana (agresiva, violenta y represiva) y disfrutar de otra realidad diferente que le brinda conocimiento y diversión. En eso se parece el fútbol a la literatura.

 

En el tiempo del partido, todo el sistema represivo de la sociedad civil se suspende y entra en vigor el Reglamento del juego, el cual es acogido por todos los jugadores. El Reglamento no es de ninguno de los bandos en contienda, ni es para satisfacer intereses particulares como sucede en la conflictiva sociedad profana. En el estadio existe la igualdad de oportunidades y el triunfo puede ser de cualquiera de los participantes. En el espectáculo las jerarquías se trastocan y hay destronamientos. Como en el carnaval, el amo se vuelve siervo y el siervo se trasmuta en amo. Por eso, en sus mejores momentos, al jugador del barrio “La Chinita” de Barranquilla los locutores deportivos lo llamaban don Teo[2], y algunas damas encopetadas de la sociedad, en los delirios del fanatismo, gritaban muchas veces su deseo de tener un hijo con James o disfrutar el himeneo con el Tino Asprilla[3]. En otras palabras, un modesto mozalbete, nacido en los andurriales de los suburbios, puede, en un instante determinado, brillar como una estrella ante los ojos del mundo. En el fútbol, como en el carnaval, el siervo se convierte en rey.

 

En los campeonatos mundiales, las jerarquías entre naciones se suspenden. Las naciones subdesarrolladas emulan con las industrializadas. En ese lapso, los países más pobres tienen la esperanza de superar a los poderosos.  Un país subdesarrollado puede transformarse en señor de sus propios amos. Recordemos que España, con blasones y órdenes reales, fue derrotada y eliminada del mundial 2014, por los descendientes de Caupolicán y sus mapuches. Esa vez, Chile derrotó a la madre patria, en territorio de Brasil, dos goles por cero. Si seguimos refrescando la historia tenemos que, en 1982, el ejército inglés derrotó militarmente al ejército argentino en la Guerra de las Malvinas, pero en 1986, en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, con dos goles de Maradona, la Selección Argentina rescató el orgullo patrio, derrotando a la señorial Inglaterra. Como se puede observar: “Lo altamente jerárquico se desentroniza; y lo que está en lo más bajo, se entroniza”[4]. En el estadio de fútbol, de nada vale el poderío militar ni el abolengo de las naciones. Ahí lo que vale es la inteligencia del director técnico, y el arrojo, la habilidad, el vigor, el impulso, el ritmo de los movimientos, la inventiva y el arte de los jugadores. Ahí no funcionan las leyes profanas. Ellas quedan suspendidas. El código penal no rige. Aquí rigen otras leyes que sólo funcionan en el cuadrilátero. Por esa razón, si un jugador golpea a otro no lo pueden juzgar en la fiscalía por lesiones personales.

 

En el partido de fútbol, lo que se vislumbra es una sociedad que pertenece al mundo de las utopías. Allí, en vez de la enajenación del trabajo, reina la tolerancia, la espontaneidad, la belleza, la solidaridad y la alegría de vivir. En el fútbol el trabajo no está enajenado, sino que se labora con alegría. En esa empresa, los trabajadores del balón disfrutan de buenos salarios y del reconocimiento de las mayorías. Al mismo tiempo los espectadores disfrutan, por unos instantes, de otra posibilidad de vida que se dará en una sociedad bien organizada, donde los derechos no se queden en una romántica declaración.

 

Finalmente, así como el carnaval de las obras de Rabelais no es lo mismo que el de los mercachifles de hoy, el fútbol también ha cambiado radicalmente. El fútbol de hoy, en manos de ambiciosos, se ha transformado en una industria multinacional y se ha distorsionado su esencia en demasía, perdiendo su sentido original. A su alrededor crecen las mafias, los fanáticos furibundos, las pandillas y los crímenes. La ética y la estética deportiva se están perdiendo. No obstante, y a pesar de las sombras y externalidades “La pelota no se mancha”, como dijo Maradona en La Bombonera, cuando se despidió de las canchas del balompié, donde la utopía sigue viva, esperando la hora de los hornos.



[1] “…muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria”. Eduardo Galeano. El fútbol a sol y sombra. TM Editores. (s.m.d.). p. 36.

[2] Su nombre de pila es: Teófilo Antonio Gutiérrez Roncancio. Fue elegido Mejor futbolista de Suramérica en el año 2014.

[3] El reconocimiento al Tino Asprilla (Faustino Hernán Asprilla Hinestroza) se debe a que “…el fútbol ofrece uno de los pocos espacios más o menos democráticos donde la gente de piel oscura puede competir en pie de igualdad. Puede, hasta cierto punto, porque también en el fútbol unos son más iguales que otros”. Eduardo Galeano. Op. Cit. p. 49.

[4]   Nelson Castillo Pérez y Carmen Salgado Rodríguez. Discurso y humor. Edición Universidad de Córdoba. Montería, 2008. p. 97.

(Artículo publicado en la revista "Campamento Escocista". (Órgano de divulgación del "Supremo Consejo Neogranadino". R:. E:. A:. A:.). No. 1. Barranquilla, julio 2024.