Por JOSÉ MORALES MANCHEGO
El fundamento histórico-jurídico de la posesión y soberanía de Colombia sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia está fuera de toda duda, como se demuestra en muchas obras, entre ellas la de Enrique Gaviria Liévano titulada: Nuestro Archipiélago de San Andrés y la Mosquitia Colombiana. No obstante, sobre la historia de esa maravillosa porción de nuestro país hay vacíos, los cuales deben llenarse investigando las fuentes documentales para bien de las ciencias sociales en general y de la historiografía regional en particular. Con esa intención, y con el deseo de aportar un granito de arena, estoy consultando la información de prensa sobre el convulsionado siglo XIX, encontrando documentos de importancia primordial, que acreditan o desacreditan las acciones de nuestros dirigentes en el desarrollo social.
Digamos de entrada que las islas más importantes del Estado Soberano de Bolívar eran las del Rosario, San Bernardo, San Andrés y San Luis de Providencia. Las dos últimas, constituían un distrito de más de 3.000 habitantes civilizados, que en su mayoría no hablaban el Español sino el Inglés, adulterado con una mezcla de lenguas extrañas. Obviamente, siendo pocas las personas que hablaban el Español, se hacía difícil regularizar su administración por parte del Estado. A esta circunstancia se agregaba la falta de comunicación con las dos islas, situadas en el mar Caribe a 750 Km. de Cartagena. Así se percibía el archipiélago desde las esferas de poder del Estado Soberano de Bolívar, y así lo manifiesta el registro documental de la época. Sin embargo, dichos problemas no justificaban la entrega que se hizo al Gobierno General, sin tener en cuenta su importancia estratégica, política y económica para un futuro no lejano.
Precisamente visionando esa importancia, el entonces presidente del Estado Soberano de Bolívar, Antonio González Carazo, instaba a la asamblea legislativa a mantener la integridad territorial del Estado, proponiendo fórmulas que permitieran una buena administración de las islas (Gaceta de Bolívar. Cartagena, 30 de Sep. de 1866). Es de anotar, que para cualquier persona sensata, mantener el dominio sobre San Andrés era una necesidad inexcusable. No obstante, al final de las deliberaciones en la asamblea legislativa, las islas fueron cedidas por el Estado Soberano de Bolívar al Gobierno General, mediante Ley del 26 de septiembre de 1866 (Gaceta de Bolívar. Cartagena, 7 de Oct. de 1866). El territorio fue aceptado por la Ley nacional número XXXIX de 4 de junio de 1868. En conclusión, el Estado Soberano de Bolívar entregó las islas de San Andrés y Providencia al Gobierno de la Unión, aduciendo problemas administrativos por razones de distancia y de idioma. Pero lo más insólito es que de Bogotá a San Andrés la distancia es mayor y el idioma era el mismo. Desde el Estado Soberano de Bolívar, por donde penetraba la cultura que llegaba sobre las aguas procelosas del mar Caribe, y salían las artesanías y las materias primas de nuestro país, la comunicación marítima con el archipiélago de San Andrés tenía senderos trillados. Todos sabemos que las condiciones de terminal para las flotas transatlánticas convirtieron a las principales ciudades de Bolívar en residencia de comerciantes vinculados a los negocios de importación y exportación. A esas condiciones se debe que en las capas dirigentes de la región, el comercio internacional ocupaba un lugar fundamental. En consecuencia, es obvio que desde Cartagena se podía mantener un control más eficaz sobre el archipiélago, que desde Bogotá. El argumento de la distancia es entonces especioso y controvertible, máxime si se tiene en cuenta que, ante el peso de las necesidades impostergables, el ser humano es capaz de vencer la lejanía. En lo que respecta al idioma, todo el mundo sabe que cuando hay tesón y voluntad política ésta barrera se puede superar. La historia así lo demuestra: muchos pueblos administraron sus territorios venciendo no sólo la distancia, sino las dificultades idiomáticas. Finalmente, no debemos olvidar que en esa época nuestros dirigentes se encontraban obnubilados por las guerras civiles, los antagonismos provinciales y los enfrentamientos entre facciones personalistas, que generaron una situación política delicada en el gobierno, lo cual menguaba el control y el mantenimiento de la soberanía sobre las islas. Pero lo más importante es que estos hechos históricos, matizados por la indolencia oficial, también constituyen una prueba de los claros derechos y de la soberanía de Colombia sobre el codiciado archipiélago de San Andrés y Providencia.
El fundamento histórico-jurídico de la posesión y soberanía de Colombia sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia está fuera de toda duda, como se demuestra en muchas obras, entre ellas la de Enrique Gaviria Liévano titulada: Nuestro Archipiélago de San Andrés y la Mosquitia Colombiana. No obstante, sobre la historia de esa maravillosa porción de nuestro país hay vacíos, los cuales deben llenarse investigando las fuentes documentales para bien de las ciencias sociales en general y de la historiografía regional en particular. Con esa intención, y con el deseo de aportar un granito de arena, estoy consultando la información de prensa sobre el convulsionado siglo XIX, encontrando documentos de importancia primordial, que acreditan o desacreditan las acciones de nuestros dirigentes en el desarrollo social.
Digamos de entrada que las islas más importantes del Estado Soberano de Bolívar eran las del Rosario, San Bernardo, San Andrés y San Luis de Providencia. Las dos últimas, constituían un distrito de más de 3.000 habitantes civilizados, que en su mayoría no hablaban el Español sino el Inglés, adulterado con una mezcla de lenguas extrañas. Obviamente, siendo pocas las personas que hablaban el Español, se hacía difícil regularizar su administración por parte del Estado. A esta circunstancia se agregaba la falta de comunicación con las dos islas, situadas en el mar Caribe a 750 Km. de Cartagena. Así se percibía el archipiélago desde las esferas de poder del Estado Soberano de Bolívar, y así lo manifiesta el registro documental de la época. Sin embargo, dichos problemas no justificaban la entrega que se hizo al Gobierno General, sin tener en cuenta su importancia estratégica, política y económica para un futuro no lejano.
Precisamente visionando esa importancia, el entonces presidente del Estado Soberano de Bolívar, Antonio González Carazo, instaba a la asamblea legislativa a mantener la integridad territorial del Estado, proponiendo fórmulas que permitieran una buena administración de las islas (Gaceta de Bolívar. Cartagena, 30 de Sep. de 1866). Es de anotar, que para cualquier persona sensata, mantener el dominio sobre San Andrés era una necesidad inexcusable. No obstante, al final de las deliberaciones en la asamblea legislativa, las islas fueron cedidas por el Estado Soberano de Bolívar al Gobierno General, mediante Ley del 26 de septiembre de 1866 (Gaceta de Bolívar. Cartagena, 7 de Oct. de 1866). El territorio fue aceptado por la Ley nacional número XXXIX de 4 de junio de 1868. En conclusión, el Estado Soberano de Bolívar entregó las islas de San Andrés y Providencia al Gobierno de la Unión, aduciendo problemas administrativos por razones de distancia y de idioma. Pero lo más insólito es que de Bogotá a San Andrés la distancia es mayor y el idioma era el mismo. Desde el Estado Soberano de Bolívar, por donde penetraba la cultura que llegaba sobre las aguas procelosas del mar Caribe, y salían las artesanías y las materias primas de nuestro país, la comunicación marítima con el archipiélago de San Andrés tenía senderos trillados. Todos sabemos que las condiciones de terminal para las flotas transatlánticas convirtieron a las principales ciudades de Bolívar en residencia de comerciantes vinculados a los negocios de importación y exportación. A esas condiciones se debe que en las capas dirigentes de la región, el comercio internacional ocupaba un lugar fundamental. En consecuencia, es obvio que desde Cartagena se podía mantener un control más eficaz sobre el archipiélago, que desde Bogotá. El argumento de la distancia es entonces especioso y controvertible, máxime si se tiene en cuenta que, ante el peso de las necesidades impostergables, el ser humano es capaz de vencer la lejanía. En lo que respecta al idioma, todo el mundo sabe que cuando hay tesón y voluntad política ésta barrera se puede superar. La historia así lo demuestra: muchos pueblos administraron sus territorios venciendo no sólo la distancia, sino las dificultades idiomáticas. Finalmente, no debemos olvidar que en esa época nuestros dirigentes se encontraban obnubilados por las guerras civiles, los antagonismos provinciales y los enfrentamientos entre facciones personalistas, que generaron una situación política delicada en el gobierno, lo cual menguaba el control y el mantenimiento de la soberanía sobre las islas. Pero lo más importante es que estos hechos históricos, matizados por la indolencia oficial, también constituyen una prueba de los claros derechos y de la soberanía de Colombia sobre el codiciado archipiélago de San Andrés y Providencia.
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