sábado, 6 de febrero de 2010

LA RELIGIOSIDAD DEL COSTEÑO



JOSÉ MORALES MANCHEGO


La religiosidad popular en la Costa Caribe de Colombia, hasta el momento, ha sido poco investigada. Se conocen detalles sobre la vida de santos y de ilustres sacerdotes, pero nada se ha escrito sobre la vida religiosa de los que no son santos. Ante ese vacío, se habla de la pobreza espiritual de los habitantes de la región caribeña de Colombia; se afirma que los costeños son paganos en sus costumbres religiosas, y se asegura que los jesuitas fueron llamados a la Costa para combatir la impiedad de sus habitantes(1).

Afirmar que los costeños son irreligiosos es desconocer que las religiones son asimiladas por los pueblos en forma diferente, respondiendo esa asimilación a las condiciones concretas de la existencia humana(2). En el caso de la Costa, la religión aparece ligada con otros elementos que caracterizan la costeñidad. Por eso la historia de las mentalidades no se puede quedar en las ideas de los personajes ilustres, sino que debe llegar a los individuos comunes y corrientes para ver cómo reciben esas ideas y cómo se manifiestan en su vida cotidiana.

En ese sentido se puede afirmar que la Costa no sólo tiene su religiosidad peculiar, sino que puede mostrar, inclusive, santos autóctonos, como Santo Domingo Vidal, que inspiró el libro En Chimá Nace un Santo del escritor cordobés Manuel Zapata Olivella.

Por otro lado, los ritos y ceremonias religiosas de la Costa nos muestran claramente que el pueblo costeño no es impío. Si nos remontamos en la historia, encontramos que la Semana Santa en Mompós ha sido, desde la época colonial, una celebración religiosa de mucha solemnidad, estimación y aprecio. Lo mismo puede decirse de la Villa de San Benito Abad, pueblo que en los tiempos precolombianos fue el pedestal de una divinidad indígena muy venerada, situación que aprovechó la Iglesia Católica para reemplazarla por una divinidad cristiana, conocida como el Cristo Milagroso de la Villa, donde la gente hace romerías para pagar una promesa; pedir solución a los duros problemas de la vida, o simplemente para buscar alivio a su conciencia atormentada por el pecado. El fervor de la feligresía llevó a que la Iglesia de la Villa fuera elevada a la categoría de Basílica por el papa Pablo VI en 1964. En Barranquilla la Virgen del Carmen es festejada por propios y extraños. En esta misma ciudad la procesión de la Dolorosa goza de gran estima y su esencia religiosa se conserva y se transmite de generación en generación. Igual sucede en Cartagena y demás pueblos de la Costa, donde cada parroquia tiene un santo que en el sentir popular impera con majestad y se le considera el protector de la comúnidad.

Podría abundarse en ejemplos para demostrar que la Costa no es irreligiosa como algunos pueden imaginar. Todo lo contrario. Sucede que en la Costa la religión se fue acoplando a las características de la costeñidad, hasta llegar a amalgamarse la vida cotidiana con la vida religiosa. Por eso los santos y los clérigos son tratados confianzudamente. Así tenemos que en Barranquilla, el Parque del Sagrado Corazón de Jesús recibió, por parte de los curramberos, el sobrenombre de Parque del "Santo Cachón”, porque la imagen sagrada, que se levanta imponente en el sitio, parece custodiar a los amantes que aprovechan la penumbra y los escondrijos de la lujuriante vegetación, para disfrutar las delicias del amor sensual. Por otro lado, en la Guajira, a la virgen de los Remedios le dicen con cariño “La Vieja Mello”; San Rafael, el patrono de Chinú, según la leyenda, peleaba en los campos de batalla al lado de los liberales, y Domingo Vidal, el santo nativo de Chimá, era aficionado a las riñas de gallos.

Una especie de encabalgamiento se hace patente entre los actos religiosos y otros elementos de la costeñidad. Al respecto, es importante anotar que en los pueblos del departamento de Córdoba la banda de música folclórica hace parte de las ceremonias religiosas especiales. Al oír la banda en el atrio de la iglesia las multitudes se precipitan hacia la casa de Dios. En esas celebraciones se ha observado que a muchos de los concurrentes de uno y otro sexo los anima el propósito de la amatividad típica del costeño. Tal es la referencia que hace el periódico El Cartagenero del 5 de abril de 1834 quejándose de celebraciones tumultuarias como las procesiones, donde cada cual hace un esfuerzo para aparecer con el mejor vestido. Según el mismo periódico, hombres y mujeres se entretienen en el intercambio de palabras, miradas y suspiros, o haciendo señales y figuras de manos para entenderse con su amor.

Por otro lado, no es menos evidente en la historia de la Costa lo de los curas sementales. Según información recogida por Orlando Fals Borda, muchos curas han tenido varios hijos (3). Por ello, en ciertos chistes y cuentos populares, los sacerdotes aparecen participando en determinados actos que, en el pensamiento de los santurrones, deberían pertenecer exclusivamente al comportamiento de los mundanos.

En la música folclórica también está presente esa franqueza en el tratamiento de los clérigos. Así lo manifiesta "La Custodia de Badillo" cuando dice al compás de la melodía:
"Al terminar la misa que se pongan del cura pa' bajo a requisar".
Es de anotar que esta canción constituye un enjuiciamiento al sacerdote que recortó un viejo cáliz colonial, razón por la cual el pueblo creyó que la custodia había sido robada(4) .
Todo lo dicho hasta este punto nos demuestra que la hipótesis de la irreligiosidad costeña peca por la inexistencia de pruebas para su demostración. En la Costa lo que se observa es una religiosidad que vincula el espíritu humano con el espíritu misterioso y sobrenatural. El pueblo costeño cree en una vida después de la muerte, acepta la existencia de un poder sobrenatural, y se inclina sin fanatismos ante ese poder, considerando que la vida no es accidental ni carente de significado. De esa manera la religión adquiere la dimensión del creyente y, como es lógico, se adecua a la cultura, en la cual ejerce como ideología de la dominación.

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1 El Espectador. Edición de la Costa, 4 de abril de 1985.
2 Durkheim, Emilio. Las Formas Elementales de la Vida Religiosa. Editorial Schapire S.R.L., Buenos Aires, 1968, p. 8.
3. Fals Borda, Orlando. Mompóx y Loba. Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1979, p. 76A.
4. Quiroz Otero, Ciro. Vallenato, Hombre y Canto. Ícaro Editores. Bogotá, 1983, p. 85.

domingo, 24 de enero de 2010

BOLÍVAR Y LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL

JOSÉ MORALES MANCHEGO


En su artículo titulado "Determi­nantes psicológicos del Libertador Simón Bolívar", el psiquiatra Mauro Torres expresa lo siguiente: "La dro­momanía es una característica ino­cultable del hipomaniaco. Tiene la manía de desplazarse, de cambiar de sitio, de viajar, y Bolívar es el más grande dromómano que conoce la historia, pues vivió desplazándose, placenteramente, para satisfacer sus músculos y su espíritu sobrados y tensos, de una región a otra, de un país a otro, de Caracas al Potosí y del Potosí a Caracas, sin descanso, dejan­do atrás a Marco Polo, a Colón, a César, a Napoleón y a otros trashu­mantes de la tierra. Y fue esa dromo­manía, sin duda, la que, unida a su sed de gloria, determinó la orientación de la guerra de Independencia, abarcando inconmensurables exten­siones geográficas, cinco países en total"(1). Y más adelante continúa Mauro Torres: "Si hubiera tenido la virtud de la calma, menos ansias de espacios y caminos, y un ego no tan ancho y exigente, Bolívar se habría centrado en Venezuela y la Nueva Granada, pues la caída del Imperio Español era ya cosa de poco tiempo…(2).

La de Mauro Torres es una inter­pretación psicologista de la guerra de Independencia y del carácter que a la misma le dio El Libertador. No se necesita ser tan perspicaz para saber que Bolívar no podía circunscribir la guerra de Independencia a la tierra que lo vio nacer, porque la suerte de Venezuela estaba ligada a la de los demás países dominados por el colonialismo español. Bolívar veía que si los demás países explo­tados por ese Imperio continuaban con las cadenas, Venezuela las lleva­ría también, puesto que "la esclavi­tud es una gangrena que empieza por una parte y, si no se corta, se comunica al todo y perece el cuerpo entero"(3).

Bolívar no podía limitarse a bata­llar contra los españoles solamente en su tierra natal o en la llamada "casa propia", porque tenía claro que en cualquier parte donde se en­contrara el enemigo era casa propia y no casa ajena. El Libertador com­prendió que su patria estaba en el sitio donde fuera inminente el com­bate contra el adversario. De esa manera, atalayando la proximidad de la contienda decisiva, sus ener­gías se concentraban en reforzar los lazos fraternales de los países intere­sados en la lucha por la emancipa­ción. Su movilidad estaba determi­nada por el tipo de guerra irregu­lar(4) que desplegaba, y por su deseo de organizar las cosas de manera que él mismo pudiera estar donde las circunstancias lo necesitaran. En esas condiciones, su liderazgo tenía que ser continental. Y así lo fue. Por eso decía literariamente el escritor chileno Benjamín Vicuña Mackena: "Su caballo ha bebido las aguas del Orinoco, del Amazonas y del Plata, las tres grandes fronteras que dio el Creador al Nuevo Mundo"(5).

El Libertador estaba rodeado de hombres de mucha energía y perse­verancia. Se puede afirmar que cada uno de los patriotas se encontraba imbuido del sublime entusiasmo de la libertad y de la gloria, lo mismo que los soldados del ejército emanci­pador. Todos eran incansables en su empeño. El mismo Bolívar lo reconoció, cuando el 18 de octubre de 1813 manifestó: "He tenido, es verdad, el honor de conducir en el campo de batalla, soldados valien­tes, jefes impertérritos y peritos, bastantes por sí solos a haber reali­zado la empresa memorable que felizmente han terminado nuestras armas"(6). Si Bolívar se convirtió en el personaje central de una verdadera epopeya, este hecho fue determi­nado por el imperio de las circuns­tancias, que llevaron a los caudillos de la Independencia a realizar accio­nes por encima de todo cálculo o de toda probabilidad. En otras pala­bras: nuestra América necesitaba titanes y engendró titanes.

En ese contexto, nadie puede negar que Bolívar fue un jefe de talla gigantesca, que veía más lejos y deseaba con más vehemencia que los otros. Pero él no combatió solo. Es más, siempre reconoció la intrepi­dez y la decisión de su ejército. En su proclama del 1º de marzo de 1813, en el Cuartel General de la villa redimida de San Antonio de Venezuela, a los soldados de Cartagena y de la Unión, les manifiesta lo siguiente: "La América entera espe­ra su libertad y salvación de voso­tros, impertérritos soldados de Cartagena y de la Unión"(7). Y en su discurso pronunciado en Bogotá, el 13 de enero de 1815, con motivo de la incorporación de Cundinamarca a las Provincias Unidas, decía: "Este ejército pasará con una mano bienhe­chora rompiendo cuantos hierros opriman con su peso y oprobio a todos los americanos que haya en el norte y sur de la América meridio­nal"(8).

Es obvio que Bolívar tuvo una visión avanzada de la solidaridad internacional. Pero su acción hay que ubicarla en el momento histó­rico. El Alfarero de Repúblicas lu­chaba concretamente contra el colo­nialismo español, el sistema opresor de nuestra América en aquella época. De ahí la necesidad de atravesar las fronteras de su propia patria, en aras de implantar en América el derecho a la paz y borrar para siempre la tiranía y la injusticia.

No es difícil, entonces, sacar como conclusión que la lucha por la Independencia tenía que ser conti­nental, y Bolívar, con su talento maravilloso, comprendió la dimensión his­tórica de una coyuntura que lo invi­taba a asumir el mando. Basta leer la profética Carta de Jamaica: "¿No está el Nuevo Mundo entero conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y observaremos una lu­cha simultánea en la inmensa exten­sión de este hemisferio"(9). Bolívar sentía palpitar las energías populares desatadas y las emanaciones telú­ricas de un continente dispuesto a luchar por su libertad. Además, es necesario recalcar que Bolívar era buena espada, poseía magnetismo personal, inteligencia brillante, valor a toda prueba, opti­mismo y ganas de triunfar. Por eso fue un genio del pensa­miento y de la acción.

Ante esa alma encendida de vivas pasiones, el estudio psicoanalítico de Mauro Torres es una contribución importante para la comprensión, en su dimensión compleja, del papel de ese personaje descomunal de la historia de América y de la historia universal. El buen historiador reconoce el papel de la Psicología en la interpretación de ciertos fenómenos sociales; pero sin olvidar que si se toma como determinante el factor psicológico, se llega a una apreciación unilateral de la explicación histórica, puesto que se parte de una sobrevaloración individual que, en el caso de Bolívar, convierte al "Hombre de las dificul­tades" en un personaje de la escuela heroica, desconociendo el contexto histórico y opacando a los demás caudillos de la guerra de Indepen­dencia, que también se jugaron la vida por la libertad.

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1. TORRES, Mauro. “Determinantes Psicológicos del Libertador Simón Bolívar”. En: Revista del Convenio Andrés Bello. Año 4, No. 10. Bogotá, diciembre de 1980. p. 55.
2. Ibíd. pp. 60 y 61.
3. BOLÍVAR, Simón. Citado por: Liévano Aguirre, Indalécio. Bolívar. Editorial la Oveja Negra. Bogotá, 1979. p. 101.
4. PÉREZ O., Eduardo. Guerra Irregular en la Independencia (1810 – 1830). Publicaciones de la Universidad pedagógica y Tecnológica de Colombia. Tunja, 1982. 468 pp.
5. VICUÑA MACKENA, Benjamín. Citado por LIÉVANO AGUIRRE, Indalécio. Op. Cit. p. 395.
6. BOLÍVAR, Simón. Ideas Políticas y Militares. Editorial Cumbre. México, 1969. p. 47.
7. BOLÍVAR, Simón. Op. Cit. p. 7.
8. Ibid. p. 120.
9. “Carta de Jamaica”, 6 de septiembre de 1815. En: Bolívar Simón. Op. Cit. p. 141.

martes, 29 de diciembre de 2009

LA MAGIA EN LA COSTA CARIBE DE COLOMBIA

JOSÉ MORALES MANCHEGO

En la Costa Caribe de Colom­bia abundan zonas en las cuales el paisaje y el ambiente en general se prestan para dar libre juego a la imaginación y a la inventiva fantasiosa. Tales son por ejemplo los valles de los ríos y las ciénagas, donde se presentan fenómenos de óptica y de acústica muy singulares. En ese contexto se habla de supers­ticiones; de las brujas que succionan la sangre a los niños por el cordón umbilical; de la llorona loca; de la chancletona que se oye de noche cuando camina en los salones de la escuela; de los mohanes que asaltan a los que andan solos por los cam­pos; del caballo sin cabeza; de las aventuras amorosas del espíritu de Juan Lara; del enyerbado al que le hicieron crecer un mico dentro de la barriga; de los parroquianos que tienen aseguranzas para evitar peli­gros, alejar a los enemigos y conse­guirse a la mujer deseada; de las pitonisas y profetas del destino que leen la suerte en los residuos de una taza de café; de la bruja Lucrecia que hizo un hueco en el cerro de la Popa, y allí orinó siete veces con lo cual desencadenó la peste del cólera sobre la ciudad de Cartagena; de la gallina negra con polluelos de oro que cloquea en la plaza de la Iglesia, y del osado que afirma haberle cogido un pollito, y que al despuntar el sol el pollito desapareció de sus manos. Estos, y muchos más, son hechos elo­cuentes de ese mundo encantado del Caribe colombiano(1).

No hay en la Costa un solo paraje, donde no existan historias fantasma­góricas, creencias en curanderos, magos, ensalmistas y todo lo que tiene que ver con los llamados fenó­menos paranormales. Así mismo no hay un país en el que no haya existido magia a lo largo de su historia. Pero en el caso de la Costa Caribe colom­biana, esa forma de incidir en el mundo que nos rodea, constituye una cosmovisión que cobró más vi­gor con el sincretismo generado al ponerse en contacto las creencias mágicas de los indígenas, negros y cristianos. Se sabe que la mentalidad del indio era mágica, como también era mágica la mentalidad del negro traído de África. Lo que se quiere ocultar con un velo de clásica falacia es el hecho de que el cristianismo tampoco se apartaba sustancialmente de ese mundo ma­ravilloso y encantado de los negros e indígenas. Por eso el cristianismo al propagar la idea de que el mal, representado en el demonio, se aden­traba en el cuerpo humano y que solo era expulsado por los exorcistas, profundizó la concepción mágica de negros y aborígenes. En nuestro me­dio, el cristianismo estimulaba la magia al dar falsas explicaciones a fenómenos naturales. Así por ejem­plo, el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena sindicaba como brujas o hechizados a los enfermos mentales y a los epilépticos. Todas estas circunstancias afianzaron los prejuicios y contribuyeron para que en la zona se fortaleciera la magia.

La Iglesia se oponía a la magia(2); pero esa oposición no era de fondo. Los textos bíblicos relatan que los antiguos sacerdotes hebreos prac­ticaban la hechicería como profesión oficial legitimada por el propio Dios. El Antiguo Testamento es claro sobre los procedimientos mágicos desple­gados por Aarón, Moisés y otros profetas. Y como si fuera poco, en el Levítico se encuentran numerosas prescripciones sobre la magia me­dicinal, que en nada se diferencian de los ritos de cualquier brujo o hechicero(3). El Nuevo Testamento contiene muchos relatos sobre las prácticas curativas de Jesús, quien entre los judíos gozaba de la reputa­ción de mago(4), mientras que en el bando de los fariseos era consi­derado el propio jefe de los demo­nios(5). Toda esta argumentación demuestra que la Iglesia siempre ha practicado la magia. Sin embargo, en aras de afianzar su poder espiri­tual y su influencia en la sociedad, sus mismos sacerdotes perseguían a los hechiceros no oficiales. Es decir a los curanderos y encantadores po­pulares.

Por eso, en la fascinante región del Caribe colombiano, el desarrollo de la magia llegó a manifestaciones exageradas, incrementándose la creencia en brujas, duendes y toda clase de fantasmas y apariciones, según queja presentada en 1868 por el gobernador de la provincia de Barranquilla en su informe a la Asamblea Legislativa(6).

Hoy, no obstante el desarrollo de la ciencia y la tecnología, en las ciu­dades caribeñas la magia sigue vi­gente. De esa manera, cuando se trata de resaltar a los hombres positivos, que emplearon toda su energía en el desempeño de su oficio, la ima­ginación costeña se expresa de ma­nera fabulosa. Leamos lo que dice Amaury Díaz Romero rescatando la opinión de nuestros contemporáneos, cuando se refieren a don Germán Vargas (q. e. p. d.), ilustre escritor y periodista del diario El Heraldo: "Hoy, once años des­pués, me dicen que escuchan, a me­dia noche, el teclear de la vieja má­quina de escribir que su familia con­serva. Otros, en El Heraldo, aseguran verlo caminar sin pisar piso, como sostenido en el aire, deambulando en la sala de redacción, no como un vulgar fantasma, sino como un personaje salido de los cuentos de Edgar Allan Poe"(7). No hay duda de que estas son creaciones fantásticas de la mentalidad caribeña, a las que los intelectuales de la región buscan darle credibilidad mediante los recursos del arte y la literatura.

Si bien es cierto que muchos de los pánicos de antaño han desa­parecido, los distintos procedimientos mágicos se siguen realizan­do, sobre todo en zonas atrasadas, donde la gente vive aferrada a primi­tivos conceptos, supersticiones e ideas fantasmagóricas. En efecto, hay gente que prefiere el brujo a los médicos, porque esos personajes, mediante trucos y artificios, impresionan la imaginación del paciente y sus allegados, infundiéndole credi­bilidad en la superstición y en la brujería. Esto ha generado un choque de mentalidades entre la medicina moderna y la hechicería. Otras veces se amalgama la magia con la medi­cina moderna. Así vemos que en el mal de ojo el campesino utiliza la droga al mismo tiempo que aplica el secreto, sin que esto implique contradicción con su fe religiosa, puesto que la magia es parte integrante y esencial de todas las religiones(8).
En la sociedad costeña la magia asociada a la religión ha invadido las distintas ramas de la actividad económica; la defensa de la salud; el mundo de las relaciones como el amor y la amistad; y los instantes vitales del individuo, como la gesta­ción, el nacimiento y la muerte. Esa estructura mágico-religiosa ha cons­tituido un régimen de seguridad per­sonal y social de muchas comunida­des por la necesidad de amarrarse a autoridades sobrenaturales. Ade­más, muchos relatos y leyendas re­gionales han servido para introducir suspenso y misterio a una dura reali­dad, que de otra manera estaría con­finada a las limitaciones aburridas de un mundo natural incomprendi­do y de una existencia social que pa­ra muchos se torna cada vez más desconcertante.
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1 Véase: Zapata Olivella, Manuel. En Chimá Nace un Santo. Seix Barral. Barcelona, agosto de 1964; Pinzón, Martín Alonso. Núñez: Amante y Brujo. Ediciones Tercer Mundo. Bogotá, 1975. p. 101; Orozco Cantillo, Martín. Horizontes Culturales del Caribe Colombiano. Edit. Librería Vida. Barranquilla, 2002.
2 Levítico, Cap. 19, versículo 31 y Cap. 20 versículos 6 y 27.
3 Levítico, Cap. 14, versículos 2-7.
4 Ambelain, Robert. Jesús o el Secreto Mortal de los Templarios. Ediciones Martínez Roca. Barcelona, 1999. pp. 139-152.
5 San Mateo, Cap. 9, versículo 34.
6 Gaceta de Bolívar. Cartagena, 27 de agosto de 1868.
7 Díaz Romero, Amaury. 11 años de la muerte de Germán Vargas. El Heraldo Dominical. Barranquilla, 28 de julio de 2002.
8 Sokovieds. V. F. Mngia Negra y Magia Blanca. Editorial Lautaro. Argentina. 1965. pp. 55-79.

domingo, 6 de diciembre de 2009

DEL INFORTUNIO A LA INMORTALIDAD

EDITORIAL POEMARIO
VI GRAN RECITAL
"Arte in Memoriam Día de los Difuntos"

Con la veneración que le debo a la poesía, vengo a franquearle la entrada a la sexta versión del Gran Recital Arte in Memoriam Día de los Difuntos, certamen que todos los años realiza la Sociedad Hermanos de la Caridad y la Gran Logia del Norte de Colombia, para conmemorar a los que dejaron este mundo de las sombras, y marcharon hacia el Oriente Eterno, en busca de la claridad.

El Gran Recital Arte in Memoriam Día de los Difuntos se realiza para que los poetas de nuestro ámbito solariego, o de cualquier parte del mundo, se congreguen en la “glacial comarca de las miserias humanas”, a mostrar las flores de sus jardines líricos, que sin lugar a dudas tienen el legado espiritual y artístico, nacido del dolor y el sufrimiento.

Hablo de sufrimiento, en el preámbulo de este recital, porque la fuente primigenia de la poesía es el dolor. El poeta sufre, en las profundidades de su ser pensante, por el drama polimorfo que está desgarrando al mundo: sufre por la guerra; por la injusticia; por la enfermedad; por la muerte; por los huérfanos de todo; por los desheredados de la fortuna; por los niños, jóvenes y ancianos, que no tienen un pedazo de pan para mitigar el hambre; y como si fuera poco, también sufre el poeta por los culpables de siempre, aquellos que pastan en los vergeles de la patria, devorando y malversando a diario la cebada oficial.

En ese contexto, la historia de la literatura nos muestra personajes transidos por la angustia existencial, como Virginia Woolf, María Mercedes Carranza, Paul Verlaine, Charles de Baudelaire, Arthur Rimbaud, Edgar Allan Poe, Francois Villón, Porfirio Barba Jacob, Epifanio Mejía, Raúl Gómez Jattin y muchos otros, que harían la lista interminable. Ellos, en medio de su dolor, nos dejaron la belleza lírica de su producción intelectual. Por algo decía el escritor chileno Vicente Huidobro: “El poeta que sufre poco, a menudo miente”.

Pues bien, hoy vamos a rendirle tributo a un poeta muy sufrido. Su nombre es Gabriel Escorcia Gravini, hombre de singular talento, cuya obra, a pesar del embate de los años, sigue en plena floración.

Gabriel Escorcia Gravini nació en Soledad, Atlántico, el 14 de marzo de 1892. Desde la aurora de su existencia fue atacado por el mal de Hansen. Por tal razón lo aislaron en su propia casa y las autoridades de aquella época lo persiguieron con la intención de confinarlo en las afueras de la ciudad. Es una acción aterradora, que recuerda las leyes de policía sobre el discernimiento de la lepra en los remotos siglos, cuando el leproso era declarado inmundo por el sacerdote, y obligado a vivir solo, fuera del poblado, según el relato contenido en el capítulo 13 del Levítico, uno de los Libros de Moisés.

Gabriel Escorcia Gravini sufrió el dolor físico y el tormento psíquico. Y a los 28 años murió. Nuestro joven aeda apareció como un meteorito en el cielo de la poesía colombiana. Su pasó por este mundo fue fugaz. Llegó, pulsó la lira y se fue. Pero dejó una estela luminosa. Hombre de una curiosidad enigmática. Sus visitas nocturnas al cementerio de su pueblo natal, se traducen pronto en un bello poema titulado: La Gran Miseria Humana.

Es de anotar que el tema de La Gran Miseria Humana es el amor. Y a través del Amor, el poeta aborda el asunto de la muerte, para llegar a conclusiones axiológicas. Es una obra de gran belleza, cargada de imágenes y metáforas. De principio a fin campea un fino trabajo de filigrana poética, y la evocación de un mundo mágico y misterioso, poblado de fantasmas que rodean al hombre de un modo inexorable.

Allí, en La Gran Miseria Humana, el poeta expone consideraciones generales sobre el amor y la mujer, sus atractivos y sus delicias, para llegar a reflexiones generales sobre la vanidad y sus engaños. La Gran Miseria Humana no es el poema de un hombre sin esperanzas. Es el tema de un predicador de verdades. En el fondo, La Gran Miseria Humana es un poema al servicio de la ética, con un ideal moral impresionante.

Gabriel Escorcia Gravini, según la tipología de Tomás Carlyle, es un héroe que supo convertir la angustia en poesía. Su dura penitencia generó versos resplandecientes, de la misma manera que resplandece la flor entre los riscos, bajo los ardientes rayos del Sol canicular. En su poesía se refleja el dolor, pero también su fortaleza interior. El poeta se enfrentó al sufrimiento con dignidad. Soportó la enfermedad con valentía, y esperó la muerte con resolución estoica.

Convencido de la excelencia de su obra poética, al sentir que la mano fría de la muerte tocaba su corazón, Gabriel Escorcia Gravini manifestó con vehemencia:

En el jardín de la melancolía
donde es mi corazón un lirio yerto
yo cultivo la flor de la poesía
para poder vivir después de muerto


Para quienes conocen el Arte Real, que simboliza el proceso iniciático para la construcción del Templo Espiritual, es fácil observar que dichos versos contienen un sentido filosófico, que se acerca intuitivamente a los principios de nuestra Orden Masónica, cundo la Augusta Institución nos enseña en sus Liturgias, a recibir la muerte con resignación y a prepararnos para enfrentarla de distintas maneras, una de las cuales consiste en dejar buenas obras en nuestro paso por la Tierra, para que nos recuerden las generaciones venideras, ya que la inmortalidad es la apoteosis del espíritu en la conciencia de la humanidad.

Finalmente es necesario resaltar, que la actitud creadora y la intencionalidad artística, se parecen al trabajo que realiza el masón, para alcanzar lo humano de lo humano. Digo esto, porque, en sentido figurado, el poeta se pone los arreos del trovador para hilvanar palabras, limar ideas, y tallar figuras literarias, con el fin de darle al verso la melodía y el sentimiento que estremece al espíritu. De manera similar, nosotros los masones, en nuestras Logias, trabajamos la ciencia, el humanismo y las virtudes, en su dimensión compleja, en aras de pulir la piedra bruta, que representa la metáfora de nuestro propio ser, para tratar de encausar al género humano por el sendero de un mundo mejor, donde el esplendor del cielo sea el espejo de su propia poesía.

JOSÉ MORALES MANCHEGO

martes, 1 de diciembre de 2009

LOS HOMBRES NEGATIVOS

JOSÈ MORALES MANCHEGO


Uno de los tantos males que ago­bian a la humanidad es el de los hombres negativos. Ellos se dan en todos los climas, en cualquier parte se reproducen. Son seres opacos. No reflejan luz, aunque muchas veces la reciban. En las instituciones, en las empresas o en sus propios do­micilios, se destacan por su alharaca, pero a la larga no hacen sino daño.

Algunos son charlatanes, men­tirosos, calumniadores y plebeyos. Otros son reservados, silenciosos o taciturnos, pero igualmente egoístas e interesados nada más en su propio bienestar o en sus mezquinos inte­reses. Los primeros pueden llegar a ser líderes. Como tales, los hombres negativos son una antorcha apaga­da. De sus cabezas no brota nada que tenga que ver con la verdad, la belleza o la creatividad. Solo lideran el atraso, atacando todo lo que sig­nifique progreso, desarrollo y civi­lización.

Los hombres negativos son hijos de la noche. Ellos también recorren y se alojan en las casas de estudio. Y cuando el sueño marcha apacible entre los gestores de proyectos posi­tivos, tratan de matar sus ideales.

Para los hombres negativos las palabras amor, ternura, estimación, cariño, respeto, están proscritas. Ra­ras veces son pronunciadas, mucho menos vividas por ellos. Su sonrisa es prestada, no les pertenece, y por eso tampoco les luce. Más bien pare­ce una mueca.

Viven llenos de envidia y refun­fuñando a toda hora, porque según ellos todo anda mal; sin embargo, nada crean, nada aportan, nada pro­ducen. Solo fastidio. Nunca tienen condiciones para hacer algo. Siem­pre encuentran un pretexto para pa­sar la vida inútilmente.

Son arrogantes, prepotentes y despreciativos con todo el mundo, porque en lo profundo de su ser se sienten inferiores. Por eso necesitan demostrar a toda hora una supe­rioridad que no tienen, pregonando saber más de lo que saben.

Quieren meterse por los ojos ha­ciendo ostentación de sus falsos dones, como pidiendo de limosna que los reconozcan. Algunos tienen la obsesiva inclinación de buscar, a como dé lugar, el predominio sobre los demás. Persiguen el poder per­sonal por cualquier medio, gene­rando una forma negra de triunfar.

Los seres negativos contagian. Ellos envenenan el ambiente, y no solo ponen en peligro su salud, sino la de las instituciones, la de la socie­dad y la de su propia tribu. Son le­tales.

Pero, ¿qué hacer con los seres negativos?

Ellos merecen compasión, por­que sus debilidades son propias de la humana naturaleza. Por eso hay que ayudarlos. Hay que insinuarles con el ejemplo, para que se tornen simpáticos, creativos y útiles a la sociedad. Si después de este trata­miento no mejoran, el último reme­dio es aislarlos, si no queremos que se pudra el mundo.