lunes, 8 de febrero de 2021

De mi universo a tu espíritu

 

Prólogo

El libro de Silvia Patricia Miranda contiene enseñanzas y misterios más allá del velo musical de las palabras. Tiene vestigios del saber filosófico que busca el acceso a lo íntimo y sagrado de la verdad como esencia oculta de la naturaleza y del espíritu.

En esa búsqueda, Silvia ha volado como un cisne sobre los mares para engullirse el mundo y exhalarlo en la poesía. Viajera incansable.  Ha recorrido valles y montañas, riscos y acantilados, para sentir de cerca los dolores de la tierra.   A ritmo de sueños y esperanzas aprendió a ensimismarse en las doctrinas orientales y a quedarse extasiada en la belleza de natura para llegar a la noción de lo supremo. Por eso el primer capítulo del libro tiene el ingrediente temático de ahondar en el origen y evolución del cosmos presentado con la intensidad rítmica del verso.  En su poema “La grandeza de lo simple” se palpa la Divina Esencia encarnada hasta en las pequeñas cosas.  He aquí el cantar de la poeta viajera cuando dice: “En el navío del saber he anclado mi bandera / y la luz de la verdad la engrandeció;/ he descubierto a Dios en una roca/ y al hacerlo, / él también me descubrió”/.

Entonces la poetisa deja los celestes prados y se sumerge en el vértigo de su propia existencia para seguir cantando, “en esta vida sin razón”, a la soledad y a la tristeza, donde se topa con “un dios  entristecido por su yermo vacío”. Ahí, al pie de su pedestal, le canta al “amor,/ esquiva chispa que se oculta/ detrás de la ternura, la inocencia o el perdón”. Luego le canta a la muerte y da lecciones de vida para llegar al ámbito solariego a recrear momentos familiares y seguir la búsqueda interior, tratando de aliviar el dolor personal y el dolor colectivo con lágrimas que lavan el alma y versos que son terapias para moldear el espíritu.

Entusiasta y osada, Silvia es una poeta naciente que se acerca al ideal de lo bello. Con este libro, la poeta se embarca en su velero de ensueños para reconocer los valores del universo y dejar que las musas suelten sus lágrimas para convertir  los dolores en versos.

José Morales Manchego

27 de diciembre del 2020

miércoles, 9 de enero de 2019

De las recetas del génesis hacia una nueva familia




William Salgado Escaf, filósofo evolucionista y estudioso de la obra de Federico Nietzsche,  nació en San Marcos, Sucre, fascinante región del Caribe colombiano donde la magia de sus paisajes alcanza manifestaciones extraordinarias, que estimulan el libre juego de la imaginación.  A los dos años de edad sus padres se trasladaron a Montería en el departamento de Córdoba, donde el niño empezó sus estudios en el Colegio Paraíso Infantil. Más tarde ingresó al Liceo Montería, de donde lo expulsaron por usar el cabello largo, lo cual era considerado entonces como conducta extravagante y anormal.  Con entusiasmo y orgullo se desempeñó como monaguillo en la Catedral de Montería. Allí ejercía el ministerio del altar y leía desde el púlpito el sermón dominical.   Al terminar la misa, en las afueras de la sede episcopal, el pequeño clérigo montaba su negocio de alquilar “Paquitos”, revistas de dibujos animados con las cuales sus contemporáneos le fueron encontrando el gusto a la lectura. En 1975, luego de graduarse como Bachiller del Colegio Biffi de Barranquilla, y hallándose envuelto en las incertidumbres de su vocación, entró a la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín a estudiar Arquitectura. En el primero y segundo semestre le fue bien, pero en el tercero  sacó cero en todas las materias, al descuidarlas por completo para dedicarse a estudiar los Diálogos de Platón. En 1976 decide matricularse en la Universidad de los Andes, en Bogotá, donde culmina su formación como filósofo.
El proyecto de su libro partió de la autoridad vertical de su progenitor cuando éste lo despidió de su casa por no acatar las reglas del hogar. El mozalbete soñador se fue entonces de la casa, con la admonición de su padre quien le había dicho: “En esta casa se hace lo que yo diga… Si te quieres ir, bien puedes hacerlo porque no pienso detenerte… Siempre serás bienvenido en esta casa… pero si algún día tienes hambre y no encuentras que comer, frío y no tienes nada que te abrigue, sueño y no encuentras un lecho donde dormir, entonces aquí no vuelvas porque no serás bienvenido, y no te aceptaré”.  William vio cómo su padre, con esa actitud, pulverizaba la parábola del hijo pródigo.   Por tanto comprendió que la Biblia podía leerse de otra manera y empezó el viaje de 40 años en los que iba develando los secretos de la hermenéutica y la exégesis de los libros sagrados con la antorcha de Nietzsche y de Darwin para llegar a puerto seguro y entregarnos su obra: La mentira de los primogénitos, fundamento de la religión judeo-cristiana, un libro que sin declamaciones políticas ni predicaciones religiosas busca remover los cimientos de una estratagema  que terminó por debilitar la institución de la familia y diluir su  patrimonio. 
El ameno escritor  encontró en la Biblia tres partes y tres morales distintas para tres economías diferentes, elaboradas con el fin de responder a la pregunta: ¿Quién debe ser el elegido? Su planteamiento central gira en torno a que la Biblia no fue  hecha para hablar de dioses, sino para argumentar sobre el tema: ¿A quién le dejo mi herencia? Es decir, lo que he construido en mi tránsito por la Tierra.  De esa manera, en la Biblia  encontramos tres  respuestas diferentes:
La primera respuesta está en el Génesis, libro de esencia evolucionista que promueve la abundancia y la solidez de la familia, con base en la selección del más “adecuado” de los descendientes con el fin de preservar el núcleo familiar y acrecentar el patrimonio por infinitas generaciones.
La segunda respuesta la encontramos en: Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, libros en los cuales una casta sacerdotal, la de los levitas, se idea la farsa de los primogénitos para desvirtuar el Génesis y erigir al “primonato” como el mejor de cada familia y único heredero por encima del más “adecuado”.  
La tercera respuesta corresponde al Nuevo Testamento, donde se plantea romper la unidad de la familia y diluir la autoridad del padre, mediante una nueva mentira para hacer creer que todos los hijos son iguales y por tal razón la herencia debe repartirse por igual. Este proyecto culmina, como es obvio, con la dispersión de la familia y la destrucción del patrimonio familiar.
La mentira de los primogénitos es un libro de fuegos y esplendores.
Los esplendores del libro se manifiestan en la manera de presentar los temas y entregarnos las ideas envueltas en la estética de una prosa sencilla, con expresiones fáciles de entender.  De esa manera los manjares son exquisitos, porque el autor, un apasionado de la cocina, despliega a lo largo del texto, su juego del lenguaje relacionado con la bromatología.
El fuego y la llama ardiente del libro están en que el autor elabora un marco teórico para retar a los textos de la Biblia y demostrar cómo debajo de la letra y la alegoría se oculta otra realidad.
El autor del libro, La mentira de los primogénitos, es un filósofo sin límites ni cortapisas. En otros tiempos hubiera sido considerado un hereje, y al salvarse de los rigores de la intolerancia, por lo menos estaría registrado como habitante del séptimo círculo del infierno de Dante, donde en medio de la hirviente arena y la lluvia de fuego, gravitan los blasfemos y los que procedieron contra Dios.
Finalmente es importante decir: Si hoy la familia es un árbol “hendido por el rayo y en su mitad podrido”, el libro de William pone a desfilar a los responsables delante del trono de la impostura, para lanzar una nueva utopía donde “Reverdece la primavera”, como dijera Antonio Machado en su poema “A un olmo seco”.
La Mentira de los primogénitos es un libro de grandes intensidades y buen estilo, bebible a grandes sorbos como agua pura y refrescante, para llevarnos a reflexionar sobre la necesidad de inventar “una Nueva Familia con nuevas responsabilidades económicas y nuevos compromisos morales, una familia en la cual se pueda seleccionar, elegir y celebrar el sacrificio del “más adecuado”, del más amado de los descendientes alrededor de una linda cena, en honor a nosotros mismos, a nuestros ancestros y a nuestra esperanza, todos juntos, a conciencia y con alegría y, de esa forma, restablecer las jerarquías, recuperar los recuerdos y el agradecimiento, superar los celos, las ausencias, las envidias y, de pronto, con un poco de suerte y mucha voluntad humana, hasta los dioses nos quitaremos de encima”.
José Morales Manchego
(Prólogo al libro de William Salgado Escaf: La mentira de los primogénitos, fundamento de la religión judeo-cristiana. Editorial SantaBárbara. Barranquilla 2018).

martes, 8 de enero de 2019

Novela e Historia





Este trabajo se propone establecer algunas semejanzas y diferencias entre la novela y la Historia. Desde luego, no se pretende agotar el tema en forma sistemática ni con pretensiones científicas.  El asunto gira alrededor de dos puntos fundamentales que marcan la clave de las divergencias y las posibles convergencias entre los mencionados géneros. Estos puntos son: la relación sujeto-objeto, y el problema de la narración.
En lo que respecta a la relación sujeto-objeto, es evidente que tanto la novela como la historia, parten de una realidad determinada; sin embargo, el problema de la creatividad se resuelve es en el campo de la imaginación. Allí se encuentra la diferencia más profunda entre la novela y la historia. El novelista es más libre, en cuanto al uso de la imaginación, que el historiador.  De ahí que el tiempo novelesco, como artificio para crear efectos sicológicos, sea diferente, puesto que en él está el juego inagotable de la imaginación.  Y algunos maestros, como Jorge Luis Borges se aproximan a la intemporalidad. Tal es el caso del “Aleph” donde todo sucede simultáneamente, o del cuento “Ruinas circulares” donde Jorge Luis Borges hace desaparecer el tiempo.
Por el contrario, el historiador trabaja con un tiempo que la razón científica determinó. Es el tiempo que nos mata. Ese que constituye “el plasma mismo en que se bañan los fenómenos”, según palabras del historiador Marc Bloch.
Pasando a los personajes, observamos cómo estos, en la novela, logran liberarse de su creador hasta alcanzar vida propia. El novelista recrea el personaje y lo deja que sea libre, más real y más humano. El historiador, por su parte juega con su personaje, lo manipula, le quita, hasta donde puede, todo lo humano, y finalmente lo hace insoportable. Dentro de esa lógica, un historiador le pidió a Gabriel García Márquez que vistiera, en su novela El General en su laberinto, al General Simón Bolívar, y otro historiador no podía aceptar que el Libertador durmiera en hamaca.
En la historiografía los personajes son muertos disecados.  El que habla es el historiador. En cambio, los personajes de la novela están vivos.
Para muchos historiadores, El General en su laberinto es una imagen pagana de Bolívar. Pero la verdad sea dicha: esa imagen es más objetiva y más humana que las múltiples imágenes que nos ha ofrecido la historiografía heroica de las grandes personalidades.
La imaginación también está presente en el historiador, desde la escogencia misma del tema, hasta llegar al juicio de valor, que es el punto espinoso de la historia, debido a que su solución depende en parte considerable, de la concepción del mundo que tenga el investigador.
Sin embargo, esa imaginación no puede llevarlo a volar por encima de los hechos para convertir la historia en sierva de determinados intereses, puesto que la verdad es una. Lo plural son los puntos de vista, las apreciaciones.
En el novelista también la libertad abre sus alas desde la escogencia del tema. Olvidando esa libertad del escritor, a García Márquez se le critica por el Bolívar desvencijado de El General en su laberinto, sin tener en cuenta que la escogencia de ese tema y su tratamiento, forman parte de su unidad estética. En ese sentido podemos observar, que las obras de García Márquez muestran la soledad, la decadencia física y el sufrimiento humano, propios del Bolívar que recreó en su novela.
Sobra decir que en esta obra se encuentra una posición política, como puede encontrarse en muchas obras de distintos escritores y artistas en general, tal es el caso del Güernica de Pablo Picasso, obra en la cual la simbolización de la protesta y del dolor humano ante el crimen colectivo, alcanza su máxima expresión artística.  En ese cuadro, el pincel de Picasso logra dar forma a un rico contenido ideológico, que trasciende su espacio y su tiempo.  Por consiguiente, lo que hace intrascendente a una obra de arte, o en nuestro caso a una novela o cualquier obra de la literatura, no es su contenido, sino el tratamiento que se le da al tema, porque la fuerza de la obra depende de la forma de recrear ciertos valores que parecen ser eternos, como el amor, el sentimiento, la angustia, el grito contra la injusticia o la lucha por la libertad.  Esos valores han constituido siempre la temática de las obras de maestras, en las cuales cada frase es una sentencia que compendia na filosofía. En la obra maestra hay una sustancia inherente al género humano, sublimada mediante imágenes y valores estéticos.  Por esta razón, las formas literarias y el lenguaje pueden cambiar, pero sus criaturas permanecen vivas, y esto es lo que nos emociona.
Toda obra de valor estético muestra, en un plano especial y temporal, los sentimientos y los caminos de evolución de la humanidad.  En ese sentido, todas las novelas que tratan esos sentimientos, en forma estética, son novelas históricas y de carácter trascendental. De ahí que en tales obras el lector se encuentra, o encuentra o encuentra a sus amigos o coetáneos, y se reconoce conmovido, o encuentra la dirección de los caminos de la humanidad.
La genialidad del escritor consiste en encontrar esos caminos y recrearlos. Caminos llenos de dolor y de gloria, pero son los caminos de la vida. Allí radica la magia de un Shiller y su obra Guillermo Tell.  El público lo aplaude hoy como el mismo día en que su obra ganó un espacio bajo el sol. La razón está en que Shiller logró que Guillermo Tell fuera identificado por el género humano, como símbolo de la libertad.
Por el contrario, el Bolívar de García Márquez no es el símbolo de la libertad, sino de la frustración.  Pero no olvidemos que la frustración forma parte de los caminos de la humanidad. Otro escritor logrará rescatar artísticamente para la novela, al Bolívar visionario, frenético y capaz de empuñar su espada, y emprender el vuelo de la libertad.
Sintetizando podemos decir que la diferencia sustancial entre la historia y la novela está en la libertad. Más libertad de la imaginación en el novelista. Imaginación restringida en el historiador.
Estas diferencias en cuanto a la libertad están dadas por el método.  Pero no quiere decir que el método de la historia sea más riguroso, puesto que el de la novela también lo es.  La novela exige campos conceptuales, análisis, crítica, rectificaciones, cambio de telones, etc. Más bien podría decirse que el método de la historia es más severo y de menor plasticidad, aunque de facto, las líneas historiográficas dominantes, han servido para construir un mundo de apariencia y de moderación al servicio del statu quo transformador.  Se podría decir, en el mejor sentido de la palabra que toda novela es subversiva, porque expresa una concepción del hombre en la búsqueda de su propio destino, a través de la aventura de la vida.  En el fondo de toda novela palpita una inconformidad, late un deseo.  Por eso los inquisidores españoles prohibieron la publicación y la importación de novelas a las colonias hispanoamericanas, como lo asevera Mario Vargas Llosa en su obra La Verdad de las Mentiras (Seix Barral, Bogotá, 1970. pp. 5-6).
En lo que respecta a la llamada novela histórica, se puede considerar como un híbrido entre la historia acontecimental y la novela. De ahí que este género   se debata entre dos fuegos: el de los críticos literarios y el de los historiadores.  Los primeros critican sobre los valores estéticos y los segundos sobre asuntos relativos al acontecimiento histórico.  Los historiadores reprochan a los autores de novelas históricas, los errores e imprecisiones que han repetido durante largo tiempo los mismos historiadores, puesto que la fuente principal de la novela histórica es el trabajo historiográfico.
Muchas veces, esos errores no perturban la calidad de la obra, como lo manifestó Gabriel García Márquez  al corregir algunos de ellos en su obra El General en su laberinto. Nuestro premio Nobel dijo entonces: “No estoy muy seguro de que deba agradecer estas dos ayudas finales, pues me parece que semejantes disparates habrían puesto unas gotas de humor involuntario –y tal vez deseable- en el horror de este libro”.
En cuanto a la narración, como uno de los puntos de la convergencia de los géneros en discusión, nada más indispensable para el historiador que libar la finura estilística y la sencillez propia de los clásicos de la novela. De esa manera, el historiador, dejando esa frialdad para presentar los hechos y los personajes, podrá mostrar con vigor sus elucubraciones, con la estética de sus propios conceptos básicos, buscando así la vivificación de la historia en su nexo natural y dialéctico con la novela y el arte.
José Morales Manchego
(Revista El Misionero. ISSN 1657-3064. Año 11 No. 40. Barranquilla, marzo de 2002. p. 33)

lunes, 13 de agosto de 2018

Solsticio de invierno: De la sabiduría antigua a la masonería




José Morales Manchego 33°*

Hoy, 19 de diciembre de 2015, en Tenida Blanca y Abierta, la Gran Logia del Norte de Colombia está celebrando el solsticio de invierno. Y la pregunta que ondea expectante en muchas cabezas es: ¿Por qué la masonería celebra las llamadas fiestas solsticiales? Pues bien, vamos a explicarlo sencillamente, y vamos por partes.

I

Es sabido que desde las primeras edades, diversos pueblos de todo el mundo, le rendían un culto especial al Sol. Ellos consideraban que el Sol era un manantial de vida que conserva y sustenta todas las criaturas. Sin el Sol, nada podía tener vida sobre la faz de la Tierra. Es más, muchas sustancias inorgánicas, sin la energía solar, tampoco podrían existir.

Por esa razón, los aztecas, los olmecas, los mayas, los incas, en nuestra América, le rendían culto al Sol. Así mismo sucedía con las culturas agrarias del viejo continente, donde los principales dioses solares –como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dionisio, etc.– en el solsticio de invierno, tenían situado su nacimiento. Podemos decir con certeza, que este hecho no es casual. Y es menos casual aún, que la fiesta del natalicio de Jesús, el Salvador cristiano, se haya establecido el 25 de diciembre, fecha en la que hasta finales del siglo IV de nuestra era se celebraba el nacimiento del Sol Invictus en el imperio Romano. Es decir, la fiesta del nacimiento de Jesús sustituyó una fiesta solsticial de tradición milenaria, considerada por los cristianos como pagana. Jesús se convirtió entonces en el «verdadero» Sol Invictus. Recordemos que el profeta Malaquías consideraba a Jesucristo como el «Sol de Justicia», «…debajo de cuyas alas o rayos está la salvación»[1]. Más tarde el Evangelio según San Lucas, apoyado en las profecías del Antiguo Testamento, va a dar por consumado el hecho, cuando afirma: «Por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, que ha hecho que ese Sol naciente ha venido a visitarnos de lo alto del cielo»[2].

En ese contexto de los cultos solares, en la antigüedad se les daba a los solsticios una atención especial. Por eso, «El día del solsticio de invierno era motivo de una gran fiesta en honor de lo que podría denominarse ‘nacimiento del sol’»[3], como lo asevera Isaac Asimov, el célebre escritor ruso del género de la ciencia ficción y de la divulgación científica. Era un espectáculo verdaderamente maravilloso ver a aquellos pueblos celebrar, con todas las pompas, las fiestas solsticiales. Y no era para menos, porque el solsticio representaba el advenimiento del acontecimiento cósmico por excelencia, del nacimiento anual de la principal divinidad salvadora. El solsticio de invierno simbolizaba el nacimiento del Sol Salvador y libertador, lo que significaba «un aplazamiento de la muerte y la vuelta a la vida»[4]. Por eso su culto universal lo celebraban los pueblos en casi todas las instituciones pertenecientes a las más diversas teogonías, que ellos desarrollaban mediante el ritual de la palabra figurada, los proverbios, las metáforas, las fábulas, los apólogos y los relatos mitológicos y simbólicos.

II

Luego surgió el cristianismo, el cual, a pesar de sus denodados esfuerzos, no pudo imponer con facilidad su dominación ideológica total en el contexto de la Roma imperial. Las masas seguían prendidas a muchas de esas prácticas y festividades paganas. Entonces el Emperador Constantino observó que el poder político de Roma estaba debilitándose por la división entre paganos adoradores del Sol y los cristianos, y se propuso unir las dos ideologías, manteniendo la forma externa de los rituales tradicionales[5], pero cambiando su contenido sustancial, como es la compleja comunión del hombre con el cosmos y la armonización de todas las fuerzas de la naturaleza. El emperador dictó entonces, en el año 313 d. C., el Edicto de Milán, conocido como la Tolerancia del cristianismo. En ese contexto, hizo una amalgama de credos y sustituyó las estatuas, las figuras y los dioses paganos por los del cristianismo, dándoles nombres cristianos[6]. Por eso Jano, que es un mito solar, se convierte en Juan.

Llegados a este punto es importante señalar que Juan Bautista, el precursor del mesías, nació el 24 de junio en el solsticio de verano, seis meses antes del nacimiento de Jesucristo, que se ubica en el solsticio de invierno, simbólica y sincréticamente, porque Jesús no nació el 25 de diciembre[7]. En otras palabras, Juan el Bautista está representando el solsticio de verano y a Jesús lo situaron en el solsticio de invierno.

En su proceso histórico, la Iglesia anuló las fiestas paganas de los solsticios, poniéndoles nuevos nombres y nuevos significados. Las nuevas fiestas son las de los dos Juanes: El Bautista y el Evangelista. Ambos vinculados con Cristo y muy significativos en la trayectoria del Mesías.

III

La Masonería también celebra los solsticios, no sólo para desentrañar la verdad revestida de símbolos, sino porque la base de la estructura simbólica de la masonería gira alrededor de los mitos solares.

De esa manera, en el seno de la Logia, en el Oriente, encontramos la figura del Sol. Así mismo encontramos el Sol representado por el Venerable Maestro, quien les da trabajo y enseñanza a los Hermanos, como el Sol que se  levanta por el Oriente esparciendo luz  y alegrando el día. Los dos Vigilantes de la Logia también representan al Sol en sus distintas posiciones. El Primer Vigilante, como símbolo del Sol poniente, ayuda al Venerable Maestro a cerrar la Logia después de pagar a los Hermanos. Por su parte el Segundo Vigilante representa al Sol en el zenit y le corresponde llamar a los Hermanos del Trabajo al descanso y viceversa, para que a la vez se obtenga satisfacción y provecho[8].

La Masonería sabe que «Los mitos sirvieron antiguamente para exponer determinadas verdades de manera pintoresca, cuya interpretación sólo estaba al alcance de los iniciados»[9]. En ese sentido, la lectura simbólica que hace la masonería, considera que el mito solar alberga una esencia veraz, pero no sobre aquello que aparentemente trata, sino sobre los contenidos morales, espirituales e iniciáticos que le imprimieron sus creadores. El iniciado, con el uso de la razón, la inteligencia y la imaginación, logra el despertar de los misterios envueltos en los mitos solares y específicamente en las fiestas solsticiales.

La actitud de la Masonería al celebrar los solsticios es desentrañar los Antiguos Misterios y los problemas reales y metafísicos contenidos en el simbolismo de esa estrella luminosa, que para muchos pueblos era la representación celestial del Padre Universal[10]. No se trata de adorar al Sol. Al contrario, la masonería dice taxativamente en la Liturgia del Grado IV:

«Cuando eleves tu mirada al cielo y observes el sol, la luna, las estrellas y los astros, no los adores…»[11]

En consecuencia, nosotros estudiamos los solsticios y los mitos solares para buscar el desarrollo cultural y el crecimiento moral y espiritual, porque entendemos que los solsticios son símbolos de la transformación interior del ser humano.

En ese sentido al Maestro Jesús, que es una figura solsticial, lo entendemos como la personificación de un ser humano natural. Bien sabemos, que en el fondo de los cuatro evangelios canónicos, hay un Jesús Real, cubierto con el velo poético de la leyenda y el mito, pero que se constituye en uno de los modelos de la masonería para pulir la Piedra Bruta y salir del túnel que se interpone entre la esclavitud del espíritu y la libertad.

Por eso Jesús está en la mente y el corazón de la masonería, como símbolo de la libertad, de la igualdad, de la justicia social, de la fraternidad y del amor entre los seres humanos[12].

Ese Jesús, hijo del carpintero de Nazaret, fue puliendo la piedra bruta que todos metafóricamente representamos, hasta reproducir la perfección divina en la perfección de su propia alma. Por eso vemos cómo su conciencia mesiánica y profética se fue despertando en el fragor de la lucha diaria, en contacto con la miseria y el dolor del mundo que lo rodeaba.

Jesús es uno de esos hombres ejemplares, que a fuerza de trabajar sobre su propio templo espiritual logró alcanzar la resplandeciente cristalización de la luz interior e irradiarla sobre los demás.

En ese sentido, entendemos que los solsticios son símbolos de la transformación interior y el renacimiento espiritual. Así lo entendía la Sabiduría Antigua. De ahí que, desde la más remota antigüedad, la época de navidad ha representado el advenimiento del acontecimiento cósmico del nacimiento o renacimiento anual de la principal divinidad salvadora.

Queridos Hermanos y Cuñadas en los principios de la Orden: Que este solsticio de invierno sirva para reactivar nuestra voluntad de renacer con nuevas energías, que nos permitan profundizar en las normas y principios que inspiran la doctrina masónica, con el fin de esparcir la semilla del amor, de la fraternidad, de la solidaridad y la esperanza, para ayudar a levantar las columnas de un mundo mejor.

José Morales Manchego
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*Ex Gran Maestro de la Muy Respetable Gran Logia del Norte de Colombia y actual Teniente Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino del R:. E:. A:. A:.
1. Malaquías. IV. 2.
2. Evangelio según San Lucas I. 78.
3. Asimov, Isaac. Guía de la Biblia, Nuevo Testamento. Plaza & Janés Editores. Barceloana, 1995. P. 240.
4. Loc. Cit.
5. Véase: Ragón, José María: La misa y sus misterios. Biblioteca Filosófica Masónica. Editorial R. Maynadé. Barcelona, 1930. Este libro demuestra, a lo largo de sus 406 páginas, que los primeros padres de la iglesia adoptaron costumbres, prácticas, vestimentas y fiestas idénticas a las de los paganos, aunque les pusieron otros nombres.
6. Léase: Burckhardt, Jacobo. Del paganismo al Cristianismo. Fondo de Cultura Económica. México, 10 de noviembre de 1945. Pp. 437.
7. «¡Ningún Evangelio cita el 25 de diciembre como el día del nacimiento de Jesús! Al contrario, resulta claro que el nacimiento del Divino Niño no pudo coincidir con tal fecha porque en diciembre, en Palestina, hace un frío y los pastores ni soñaban con pasar una noche a la intemperie con sus rebaños. Sin embargo, el 25 de diciembre era una fiesta celebrada por multitud de pueblos diversos, unidos por la conquista de los romanos. Ese día se celebraba el nacimiento del Dios–Sol y tal festividad ya había penetrado en el Imperio desde los tiempos de las campañas de Julio César en Egipto.  El 25 de diciembre es, pues, una fecha simbólica que fue adoptada por Constantino a partir del 330 d. C…» (Jacopo Fo y Laura Malucelli. Y Jesús amaba a la mujer. Ediciones Robin Book. Bogotá, 2005. P. 34)
8. Liturgia para el Grado de Aprendiz Masón. Rito Escocés Antiguo y Aceptado. P. 48.
9. Ragón, José María. La masonería oculta y la iniciación hermética. Editorial Kier. Buenos Aires. P. 9.
10. Whitworth, Eugene E. Las nueve caras de Cristo. P. 39.
11. Liturgia del Grado IV. Rito Escocés Antiguo y Aceptado. P. 19
12. Véase: Liturgia del Grado XVIII. Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

(Revista Palancha Masónica. Órgano de información de la Gran Logia del Norte de Colombia. Año 16 No. 43. Barranquilla, diciembre de 2017)
















sábado, 5 de mayo de 2018

Aroma de sueños





Prólogo

Eduardo Rafael Berdugo, escritor de vehementes inclinaciones. Su natural impulso hacia las letras lo llevó, desde muy niño, a la mesa de redacción y luego a la dirección del periódico El Pensador, órgano informativo de los estudiantes del Colegio Americano de Barranquilla. En esa institución educativa cursó sus estudios secundarios y franqueó el umbral de la literatura para contemplar  los horizontes de un mundo mejor, donde galopen al unísono, el amor, la paz y la armonía.
En su deambular por la Tierra, Eduardo ha mostrado  su sentido dinámico de la vida.  De ahí la fecundidad de su existencia. Trabaja como profesional de la Sicología, ciencia que le ofrece un lenguaje simbólico que él utiliza para llegar al alma de las cosas y crear espacios de conocimiento henchidos de misterios.  Al mismo tiempo conjuga su vocación pictórica con el trabajo editorial, pero también lo vemos entusiasmado  puliendo textos o leyendo poemas en escenarios académicos y románticos, en los jardines y bulevares  o entre las tumbas y los mármoles del Camposanto de la Libertad.
En el año 2013 publica su primer libro titulado: Huellas etéreas, una colección de poemas, donde se vislumbra una perspectiva poética admirable, que le concede plenos derechos de poeta caribeño y lo pone a volar como “Gaviota de plata/  atravesando el sol”. Tales palabras centelleantes son los versos iniciales de uno de sus poemas, titulado: “Tus recuerdos”, poema que se encuentra anclado entre el denso brumal de su primera obra.
Su segundo libro, Aroma de sueños, que hoy sale a la luz pública, es una constelación de recuerdos, cuyas estrellas nos alumbran desde su lejanía en el tiempo a través de una memoria de poéticas evocaciones.
El libro consta de 10 temas, pero en verdad el tema central es la poesía misma en su dimensión compleja. De ahí que el lector acucioso  encontrará en sus páginas una filosofía de la vida, extraída de los recuerdos y vivencias,  y esparcida a través de la palabra encantada, que le da a la obra una existencia proyectiva. Es de anotar que el poeta no fragmenta el mundo. Al contrario, lo unifica para mostrar una visión ensoñadora de la realidad mediante la unidad estética de sus expresivas imágenes. En otras palabras, el mundo poético de Eduardo Berdugo se compone de un todo envuelto en una lírica de suave colorido, que abarca sueños personales para alimentar ilusiones y quimeras.
Tal vez para ganar simpatía y vestirse con su atuendo de poeta, Eduardo lleva casi siempre, en la parte derecha de su pecho, un saquito de seda carmelita con un lápiz negro y unas hojas de papel marchito.  El bardo mete la mano en el bolso y saca un poema titulado: “Camino marginal” y empieza a declamar:
“Yo soy el loco, el soñador, /quien crea sueños usando palabras/ y vuela alto para sentir sus aromas”. 
He ahí un poema de cara al infinito. Basta leer  sus tres primeros versos, y de inmediato se siente la altura de un poeta en contacto con las vibraciones cósmicas para ordenar a las energías invisibles que se manifiesten con el fin de ponerlas a su servicio y transformar la realidad en símbolos, metáforas y alegorías.
De esa manera, con una ensoñación lírica, Eduardo Berdugo explica como nace un poeta.  En efecto, “Nace un poeta” es el título de uno de sus poemas, que al son de su melodía va diciendo:
“Llegar al mundo/ solo aviado con lápiz negro y hoja blanca/ para consignar entre sombras,/ sentires ilegibles, distantes/ y sin la esperanza de saber/ si un día la luz verán”/.
A simple vista se palpan los avatares de un poeta luchando y apuntando hacia la esperanza de editar su obra. Pero si entramos en el torbellino mágico de las palabras se siente el aura del erotismo que se manifiesta como fuerza condensada entre los versos. En efecto, el lápiz y la hoja blanca es una dualidad que alberga la unidad entre lo activo y lo pasivo. En el plano erótico el lápiz y la hoja evocan lo masculino y lo femenino. Y si nos metemos en aguas profundas del poema, veremos el connubio del lápiz negro con la hoja blanca para producir un fruto en el enigma de las sombras. Esas sombras que se prestan siempre para el juego íntimo del amor crucial.
Aroma de sueños es una obra en la que el poeta muestra su alma, su mundo, su romanticismo y sus amores. Allí, en la página 17, encontramos “Efluvio lunar”, un poema donde la luna presta la metáfora para cantarle a la mujer amada de manera tierna, amorosa y sentimental.
Más adelante, en el poema No. 43,  el erotismo sutil aflora entre las  páginas del libro, florido y melodioso en las palabras:
Oigan esto: “Y pudiendo poseerte/ yo sólo besé todo cuanto podía besar/ y compartí la ternura de tus manos/ con la ávida inocencia de las olas”.
En el libro encontramos ilusiones, alegría de cascabeles, desamores y caudales de llanto, olores y recuerdos en medio de la soledad y del dolor del mundo. Es el periplo de la vida. Pero al final del camino, que es el final del libro, brillará una esperanza plasmada en el poema titulado: “De cómo construir la paz”, un poema en el cual el poeta se impregna de majestad e insiste con vehemencia:
“Si la paz de mí depende puede el mundo/ estar tranquilo”. Por razones de espacio sólo cito dos versos, pero la esencia del poema es la estrategia fascinante de la paz, porque el poeta inundará la Tierra de virtudes y la paz llegará volando con sus alas de seda.  Los seres humanos quedarán ligados para siempre en armonía y el progreso estará garantizado. La poesía controlará el futuro y el porvenir quedará abierto como el mar. Los jardines de la tranquilidad volverán a florecer y el poeta nos llevará a una aventura maravillosa donde la fantasía y los recuerdos nos envolverán con Aroma de sueños para navegar por un océano de amor y de ternura, donde la palabra se transforma en sinfonía.
José Morales manchego
Director de la Biblioteca Pública Julio Hoenigsberg
Barranquilla, República de Colombia
(Prólogo del libro: Aroma de sueños. Santa Bárbara Editores. Barranquilla, 2018).