lunes, 27 de junio de 2011
EL MISIONERO, UN ESPACIO CULTURAL DE LA SOCIEDAD HERMANOS DE LA CARIDAD
lunes, 30 de mayo de 2011
LA VENGANZA EN CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
JOSÉ MORALES MANCHEGO
Según la Real Academia Española: “Venganza es la satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos”. Podría decirse también que es la pasión intensa que impulsa a un ser humano a tomar desquite por una ofensa que le han infligido a él o a uno de sus protegidos.
En cuanto a sus causas se puede afirmar que la inexistencia de un sistema judicial, o la simple inoperancia de la justicia, generan la venganza. De ahí que en los pueblos de las primeras edades, la falta de organización de la justicia fue muchas veces causa de venganza como forma de frenar los desafueros de las personas en el contexto de la vida social. En algunos de dichos pueblos la venganza se arraigó tanto, que algunos llegaron a considerarla como un deber sagrado.
Por eso en la mitología griega, la diosa Némesis era la personificación de la venganza. Ella representaba la legítima ira de los dioses contra la soberbia y la altivez, y contra los generadores de conflictos. De manera que ningún transgresor podía librarse de su acción y su poder.
Por su parte la Biblia, en el génesis, Capítulo IX, versículo 5 dice: “La sangre de un hombre la vengaré en el hombre”, y en el verso 6 agrega: “Derramada será la sangre de cualquiera que derramare sangre humana”. Algo semejante aparece en el salmo 94, versículo 1º, el cual asevera lo siguiente: “El Señor o Jehovah es el Dios de las venganzas; y el Dios de las venganzas ha obrado con independiente libertad”[1]. Sin tanto rodeo, he ahí la venganza plasmada en un libro de la Ley Sagrada.
En los pueblos premodernos era un deber ineludible vengar el honor mancillado, y el que no lo hacía incurría en el desprecio común, se burlaban de él las mujeres y los viejos, y si el que dejaba de tomar venganza era soltero, ninguna mujer quería casarse con él. Es más, si el ofendido era casado y no ejercía la venganza, la esposa lo abandonaba.
Hoy en día la literatura y el cine aportan valiosa información para dar a conocer los códigos de honor y las historias de venganza de sociedades pasadas. Un ejemplo patético lo tenemos en la obra Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez[2], la cual refleja el concepto de venganza arraigado en una cultura, que por la debilidad de la justicia y la falta de claridad en la misma, pasó a ser una costumbre inveterada.
En la obra se plantea el conflicto que genera la pérdida de la virginidad de una doncella. El ofensor, supuestamente Santiago Nasar, violó el código de honor de ese momento. Esto significaba que el ofensor degradó a la familia Vicario en su dignidad y en su valía humana.
Por esa razón, los gemelos, o sea los hermanos Vicario – matarifes de oficio- cuchillo en mano hacen público su deseo de venganza. Ellos se ven obligados a matar al joven Santiago Nasar, porque creen que su deber es lavar con sangre la ofensa de que ha sido victima la familia. Es más, luego de cometer el crimen, los hermanos Vicario corren hacia la casa cural, donde confiesan su delito al padre Carmen Amador en los siguientes términos: “Lo matamos a conciencia –dijo uno de ellos- pero somos inocentes… fue un asunto de honor”.
Pero la venganza no sólo estaba presente en la actitud de los hermanos Vicario. Hay también una responsabilidad colectiva, la cual se refleja en la pasividad cómplice de muchos habitantes del pueblo y en el aire vengativo de otros, como se puede ver en el proceder de los personajes de la obra. Todos sabían que los hermanos Vicario buscaban a Santiago Nasar para matarlo, pero nadie tomó realmente la iniciativa para evitar la tragedia, incluso algunos personajes, en el fondo de su alma, querían que lo mataran (p. 19).
Veamos lo que dicen algunos textos de Crónica de una muerte anunciada:
Victoria Guzmán, cocinera de la familia Nasar decide no advertir a Santiago del peligro que corre, lo que se puede entender como una forma de venganza producto de los abusos de su padre Ibtahim Nasar, quien la había seducido en la plenitud de la adolescencia y “La había amado en secreto varios años en los establos de la hacienda, y la llevó a servir en su casa cuando se le acabó el afecto (p. 17).
Lázaro Aponte, coronel en retiro y alcalde del pueblo, se entera de los deseos de los Vicario y cumple con el requisito de quitarles los cuchillos, pero “ni siquiera los interrogó sobre sus intenciones” (p. 60).
El padre Carmen Amador, párroco de la comunidad, se enteró de los deseos de los Vicario, pero prestó más atención a los preparativos de la llegada del obispo. Su actitud está contenida en sus propias palabras: “Lo primero que pensé fue que no era asunto mío sino de la autoridad civil, pero después resolví decirle algo de pasada a Plácida Linero” (pp. 71- 72).
Prudencia Cotes, la novia de uno de los Vicario dice: “Yo sabía en que andaban y no sólo estaba de acuerdo, sino que nunca me hubiera casado con él si no cumplía como hombre” (p. 65).
La madre de Prudencia Cotes, que todas las mañanas brindaba un café a los hermanos Vicario, ese día, cuando se lo ofreció, Pablo Vicario le contestó: “Lo dejamos para después, ahora vamos de prisa” (p. 65). Al oír estas palabras la señora Prudencia Cotes respondió: “Me lo imagino, hijos, el honor no espera” (p. 65).
“Indalecio Pardo acababa de pasar por la tienda de Clotilde Armenta, y los gemelos le habían dicho que tan pronto como se fuera el obispo matarían a Santiago Nasar. Pero Indalecio pensó como tantos otros, que eran fantasías de amanecidos…” (p. 100).
Cuando Cristo Bedoya le dijo a Victoria Guzmán: “Lo están buscando para matarlo” (p. 102). Victoria Guzmán le contestó: “Esos pobres muchachos no matan a nadie…” (p. 103).
Como se puede ver, la obra refleja un contenido de venganza, que ondea en la conciencia de sus personajes. Y como si esto fuera poco, respecto a la complicidad generalizada, el narrador dice: “La gente que regresaba del puerto, acelerada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen” (p. 106). Más adelante nos informa que “La gente se había situado en la plaza como en los días de desfiles” (p. 111) y “No oyeron los gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen” (p. 114).
Estas expresiones textuales, tomadas del libro Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, nos ponen a reflexionar sobre la complicidad colectiva en este caso de venganza, coronado por el Derecho cuando “el abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, que fue admitida por el tribunal de conciencia…” (p. 53).
La venganza en la obra surge como consecuencia necesaria del daño recibido, en una época en la cual la dignidad del macho quedaba deshonrada si la mujer con la cual se casaba no era virgen. En consecuencia, en la obra, la venganza, que se plantea con toda crudeza, tenía como objetivo la exaltación del amor propio, que había sido menospreciado y agravado por la ofensa recibida.
Toca analizar hasta donde nuestra sociedad actual, que algunos llaman posmoderna, es vengativa frente a otras ofensas. No se puede negar que en nuestra sociedad, muchas veces la reacción contra el delito es puramente pasional, ciega, sin reflexión ni deliberación alguna, lo cual está en contradicción con la naturaleza social y racional del hombre y contra el sentimiento de justicia organizado, por lo menos en teoría, en los pueblos civilizados.
Para nadie es un secreto que en nuestra sociedad pululan los actos de venganza: ahí están para analizar los dichos y paremias que se escuchan a diario. Por ejemplo: “Da que te vienen dando”; así mismo nos hablan de venganza las estadísticas de violencia en la barriada; la violencia intrafamiliar; los golpes y aún las muertes por celos; lo mismo que el maltrato a los animales, para cobrarles cualquier desafuero cometido por el irracional o por su dueño. Todas son formas rencorosas de lavar una ofensa, olvidando que son las autoridades competentes las que tienen que dar su veredicto y dictaminar la forma en que el ofensor ha de reparar el daño causado a la víctima.
Conclusivamente se puede afirmar que la venganza es la actitud de las personas, que por su atraso o por la mala administración en materia de justicia, se cobran cualquier ofensa por su propia mano. En esas circunstancias, nuestra tarea es transformar a esas personas. Sobre ese yunque el hombre libre y de buenas costumbres tiene que seguir martillando. No olvidemos que en esta materia nuestra Augusta Institución, en sus principios, también tiene la antorcha. En ese sentido, la Liturgia y los rituales del Grado 30 de la Masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que dirige el Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, así como las Liturgias y rituales de otros grados precedentes, tratan de la venganza. Pero la venganza nada tiene que ver con la esencia de la Masonería. Es más, la Masonería condena la venganza, y “En vez de aprobarla, pedimos no sólo el perdón de la injuria, sino que exigimos su olvido”[3]. No obstante, consideramos que el Estado y las autoridades legítimamente constituidas, tienen la obligación de investigar a los infractores y castigar a los delincuentes.
(Publicado en: Revista El Misionero No. 69. ISSN 1657-3064. Barranquilla, Colombia. Junio de 2011)
________________________[3] Liturgia del Gr:. XXX. Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia (Fundado en 1833) p. 21.
lunes, 3 de enero de 2011
EL ARRAIGO REGIONAL DEL COSTEÑO
JOSÉ MORALES MANCHEGO
La expresión “arraigo regional del costeño” hace referencia al apego que a lo largo de los años ha tenido el habitante del Caribe colombiano hacia su espacio vital, que incluye el amor al terruño, a sus habitantes y a la cultura vigente en su comunidad. Este fenómeno psicológico que nos sintoniza con el entorno, actualmente se encuentra amenazado por las exigencias de la globalización. Por tal razón es importante levantar, a manera de ensayo, el registro histórico de algunos hechos que forman parte de la fascinante mentalidad del costeño raizal.
EL HOMBRE, EL TERRUÑO, LA BARRIADA
cuando estoy lejos sufro por ella
y fuera de ella no sé vivir.
Es el mismo sentimiento expresado en "El Viejo Migué", merengue de Adolfo Pacheco que dice: "A mi pueblo yo no lo cambio ni por un imperio", con lo cual se muestra el carácter irremplazable del sentimiento regional.
CARÁCTER SEDENTARIO DEL COSTEÑO
Ya me voy re aquí eta tierra
A mi nativa mora
Er corazón é má grande
Junto ar má(6)
Esa composición es muy expresiva sobre el arraigo regional, porque el poeta no sólo extremó el habla costeña, sino que mostró la nostalgia por su tierra, consumada en los últimos versos que reflejan la añoranza por el mar.
Esa nostalgia es la que mueve a los costeños a mencionar demasiado su lugar de nacimiento cuando están por fuera (léase destierro). En esas condiciones, el campesino palurdo al presentarse ante desconocidos dice su nombre y el del pueblo donde ha nacido; y los grandes intelectuales de la Costa no se cansan de nombrar su cuna. A eso se debe que a Rafael Núñez se le conozca como "El Pensador del Cabrero"; sus enemigos políticos lo llamaban "El Tigre del Cabrero"; y a Gabriel García Márquez se le conoce en todo el mundo, como "El Hijo del Telegrafista de Aracataca".
_________________________
1. URUETA, José F. Cartagena y sus cercanías. Tipografía de vapor "Mogollón". Carta¬gena, 1912. pp. 473 y 474.
2. La República. Cartagena, 10 de enero de 1851.
3. EXBRAYAT, Jaime. Historia de Montería. Ed. Imprenta Departamental de Córdoba. Montería, 18 de octubre de 1971. p.p. 83 Y 84.
4. MARTÍNEZ FAJARDO, Eustorgio. Notas porteñas. Imprenta departamental. Cartagena, 1943. p. 184.
5. ÁVILA, Abel. Palenque, semillero de negros. En: Sociología del desarrollo. No. 16. Octubre de 1980. pp. 10 y 11.
6. OBESO, Candelario. Cantos populares de mi tierra. Ed. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana. Bogotá, 1950. p. 33.
7. LIEVANO AGUIRRE, Indalecio. Rafael Núñez. Instituto Colombiano de Cultura. Bogotá, 1977. p. 172.
8. GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. El olor de la guayaba. Ed. La Oveja Negra. Bogotá, 1982, p. 55.
lunes, 29 de noviembre de 2010
EL CARNAVAL, UNA VISIÓN POÉTICA DE LA VIDA
JOSÉ MORALES MANCHEGO
El Comité Cultural de la Sociedad Hermanos de la Caridad me encargó elaborar un opúsculo sobre el carnaval y su relación con el Gran Recital “Arte In Memoriam Día de los Difuntos”, certamen de la poesía, que hoy se engalana con los efluvios de una canción de belleza incomparable de la “Guarachera de Cuba”, Celia Cruz.
Pero antes de dar formalidad a la palabra que me ha sido confiada, es importante recordar que el Gran Recital “Arte In Memoriam Día de los Difuntos”, se realiza para exaltar la memoria de aquellas personalidades del arte, la ciencia y la cultura, que dejaron una estela luminosa en este mundo y se fueron para el valle de la eternidad.
Han recibido el homenaje póstumo: el soledeño Gabriel Escorcia Gravini, autor de la “Gran Miseria Humana”; el barranquillero, de ancestro francés, Leonello Marthe Zapata, hombre de una mentalidad intrépida y una curiosidad intemporal, que supo cruzar las espadas de la ciencia y la virtud, para dejarnos cuatro libros de su pluma refulgente; el afrocolombiano Jorge Artel, poeta de las negritudes, nacido en Cartagena de Indias, autor de una maravillosa obra poética colmada de dolor, de denuncia y de combate; y la momposina Gloria Logreira, la singular mestiza, que expresó en versos la afirmación de su ternura. Ella decidió irse de este mundo, en la aurora de su existencia, porque las almas sensibles necesitan paz y justicia para florecer, y en este aspecto, nuestro Planeta es un desierto, en el cual los labios de Judas siguen besando y a Jesús lo siguen crucificando.
El recital que hoy inauguramos se titula “La vida es un carnaval”, y es un homenaje póstumo para todos aquellos personajes que han echado un granito de “azúcar” en el mar de las incertidumbres existenciales, con la esperanza de que algún día la vida se convierta en un verdadero carnaval.
Entre tanto, pensar que “La vida es un carnaval”, es enarbolar una figura retórica, que debe ser comprendida en su dimensión futurista. Es decir, debe ser entendida como un grito de combate, que nos lleve a cambiar el actual estado de cosas, para establecer una sociedad cosmopolita, que garantice la plenitud de la vida para todos los seres humanos. Lo que Celia Cruz plantea en su canción es una actitud hacia la vida. No es la vida misma. “La vida es un carnaval” no es el reflejo especular de lo que se dice, sino la máscara colorida de lo que será. Podría decirse que este juego del lenguaje, en el yo poético de Celia, es una forma de resistir el mundo de la vida, salpicado de momentos buenos, pero inundado de maldad, de horror y de un fatal desamparo, en el cual nos encontramos sumergidos. Esa resistencia, en Celia, se juega en el plano de la idea y tal vez en el corazón.
Pero el carnaval es más que resistencia. Es el triunfo de una liberación transitoria en el marco de las esferas de poder dominante, según el investigador ruso Mijail Bajtín. El carnaval es la ruptura de un orden establecido. En él se suspende la tradición legal y sólo puede vivirse de acuerdo a las propias leyes del carnaval. Las diferencias sociales se diluyen. El carnaval es la eliminación momentánea de los privilegios y prejuicios, que han hecho de la sociedad un sistema jerarquizado, donde la mayoría sufre. Es el mundo sin estamentos y sin tabúes. En otras palabras, el carnaval es una acción dramatúrgica en la que sus personajes, que interactúan con todo el pueblo, se rebelan contra una sociedad falsa, hipócrita y destructora de la libertad y de todo lo que hay de esencial en el hombre, hablando en términos genéricos.
El carnaval, en su esencia, es una forma crítica de estar en el mundo, que no se somete fácilmente a las etiquetas de las cortes ni a los dictámenes de las oligarquías. Por esa razón, cuando los partidos tradicionales colombianos destrozaron a la República en la Guerra de los Mil Días, contienda en la cual los combatientes populares luchaban por ideales políticos que no comprendían, el carnaval alteró el dolor y la angustia existencial que generó esa pasión infame, planteando una batalla diferente, y entonces nació la “batalla de flores”, que hoy constituye el punto cenital del carnaval de Barranquilla.
El carnaval nos muestra, de manera picaresca, la posibilidad de una sociedad planetaria, en la que existirá la diversidad de culturas y de tendencias ideológicas, en un ambiente de comprensión, sin fanatismos, sin envidias, sin privilegios ni discriminaciones de ninguna índole. Una sociedad así, paradisiaca, estaba en la cosmovisión de los fundadores de la Sociedad Hermanos de la Caridad, quienes, en una época de intolerancia, dieron el ejemplo fraternal y civilizador de crear el Cementerio Universal, para recibir en su seno los restos mortales de los seres humanos de cualquier nacionalidad, de cualquier ideología o de cualquier religión, sin discriminación alguna, porque si somos tolerantes, y no aceptamos las distinciones pueriles a lo largo de la vida, mucho menos las permitimos “…en el terreno santo de la igualdad, que es la tumba”(1) .
Una sociedad basada en esos principios es la misma que sueñan los artistas, los humanistas y los poetas. Por tanto, he ahí el gran desafío de la poesía y los demás géneros literarios y artísticos, los cuales deben marchar al unísono, en una gran comparsa multicolor y pluralista, hacia la carnavalización del mundo, al lado, claro está, de la intelectualidad laica, surgida del portentoso avance de la ciencia y la tecnología, permeadas por la virtud.
Finalizo diciendo, que en las primeras edades del género humano, el egoismo y la violencia cerraron las puertas del paraíso. En estos momentos, el carnaval y la poesía tienen la llave para abrirlas. Vamos a vivir entonces la desbordante alegría que surge de la lírica y las artes, en aras de la carnavalización universal, rindiendo homenaje a los personajes que se elevaron en comparsa hasta el cumbiódromo de la eternidad.
domingo, 8 de agosto de 2010
JUSTICIA MASÓNICA Y JUSTICIA PROFANA, DOS ÁMBITOS DIFERENTES
Desde hace dos lustros, aproximadamente, en el orbe Masónico se ha venido dando la penetración de la justicia profana en los asuntos de la absoluta incumbencia de la Orden. Tal fenómeno, propiciado por la imprudencia de algunos Masones, ha sucedido en los Grandes Orientes de España, Francia, Paraguay y Colombia, países éstos donde –dicho sea de paso- la justicia deja mucho que desear.
En el caso colombiano, para nadie es un secreto que en este bello país, corruptos y delincuentes actúan sobre la lenidad de la justicia y la ineficacia de la ley. El mundo entero conoce la turbadora realidad en la cual sobrevive el pueblo de Colombia, tierra donde las mafias han incursionado en las distintas ramas del poder público; le han quitado la vida a ilustres personalidades, y han diluido la confianza en la ley como sustentación del Estado de derecho. En ese contexto, en 1985, el Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, Rito Escocés Antiguo y Aceptado, hizo un pronunciamiento sobre la problemática Nacional, en el cual manifestaba lo siguiente: “Es la verdad, así nos repugne confesarlo, que la Nación Colombiana está gravemente enferma y que resulta absurdo y contraproducente tratar un Estado anormal, con los procedimientos convencionales consagrados académica y políticamente”[1].
Esas palabras, emanadas del Supremo Consejo, son patéticas. No hay duda de que nuestro Estado Nacional está enfermo. En consecuencia, hay una desconfianza colectiva en la ley y en la justicia colombiana. No obstante esa desconfianza generalizada, en el año 2004, el Muy Respetable Gran Maestro de la Muy Respetable Gran Logia del Norte de Colombia, con sede en Barranquilla, fue desdorado por dos Masones que lo llevaron al despacho de un juez de la República, donde se impuso, como es obvio, el criterio de un profano, diestro en su profesión, pero ignorante del desenvolvimiento de nuestra labor, de nuestro simbolismo y de nuestros principios Masónicos.
Estos hechos, que vienen dándose en distintas latitudes, muestran a las claras las fallas existente en el proceso educativo de algunos miembros de la Augusta Institución y la penetración, consecuencia lógica, de “alhajas y metales” en sus Templos. Se olvidan, quienes así proceden, que a la justicia Masónica y a la justicia profana corresponden dos ámbitos diferentes, que se pueden distinguir si se comprenden los siguientes puntos:
1°. En el ritual de iniciación se simboliza la salida del profano del mundo de las tinieblas para entrar en el mundo de la luz. El mundo de las tinieblas es, para la Masonería, la sociedad profana, la cual comprende todo lo que está por fuera del Templo Masónico. Es decir, “la humana sociedad con todo el terrible cortejo de pasiones, odios, celos, traiciones, guerras y calamidades de toda clase a que dan nacimiento los mezquinos impulsos del interés y del egoísmo, contra los cuales ha de luchar sin tregua el hombre virtuoso”[2]. En otras palabras, el mundo exterior al Templo Masónico es de corrupción, fanatismo y abyección. Siendo así, un Masón no puede aceptar que lo profano impere sobre el alcázar de luz, que un día, con su esplendor, le deslumbró la mirada.
2°. Nuestras Cámaras, Simbólicas y Escocistas, están custodiadas del mundo exterior por guarda templos, lo que simboliza el proceso subjetivo por el cual la conciencia del hombre Despierto, que es la conciencia del Masón, se aísla del exterior, y se sumerge en las profundidades del absoluto libre, alejado de la falsía y la traición del mundo, para trabajar por la educación individual y la regeneración del género humano[3]. En este punto es importante aclarar que, para la Masonería, “la educación es siempre indispensable; solo que es necesario procurar que no parta del exterior al interior, sino por el contrario, de éste a aquel”[4].
3°. Las motivaciones de la justicia profana vienen del exterior del ser humano. En cambio, para el Masón, el juez está por dentro y es producto de las propias convicciones y determinaciones reflexivas y deliberativas. Dicho juez se apoya en la Ley de nuestro propio Ser. Al respecto dice Aldo Lavagnini: “La única Ley y la Ley más verdadera que siempre necesitamos observar es, pues, la ley de nuestro Ser, nuestra propia íntima ley, que infaliblemente nos indica en toda circunstancia una línea de acción recta, justa y digna[5]”. En otras palabras, el verdadero proceso judicial en la Masonería se da en nuestra propia conciencia, en nuestros corazones, en nuestro mundo interior y no en el mundo exterior. Sin embargo, el Masón es respetuoso de la ley profana y de la autoridad legítimamente constituida. Así lo señala la Liturgia del Grado de Aprendiz, cuando asevera: “Nosotros, bien lo sabéis, no enseñamos la violación de ley alguna, no olvidamos el respeto debido al César, ni nos negamos a pagarle el tributo”[6]. Pero reconocemos “por encima de toda Ley y Autoridad humana la Ley Suprema de la Verdad y la Suprema Autoridad del Espíritu”[7]. En ese reconocimiento encontramos una libertad interior que ninguna condición externa podría quitarnos ni limitar.
4°. La justicia profana, de una u otra manera, está ligada a la fuente dogmática de las religiones positivas. Por eso reparte castigos a granel, y ante la imposibilidad de corregir al hombre, lo abandona en el laberinto de su angustia existencial, que lo lleva a refugiarse en el más allá. Al final de todo proceso judicial profano surge el resentimiento, la venganza, y en el mejor de los casos, el perdedor se lo deja todo a la “justicia divina”, la cual se fundamenta en el temor y en el castigo de la divinidad. La Masonería, en cambio, no necesita los códigos del terror, porque se supone que el Masón es hombre libre y de buenas costumbres. De ahí la sentencia: “El hombre honrado no necesita más leyes que las de su conciencia para saber lo que debe o no ejecutar…”[8]. En ese mismo sentido, uno de los viajes que realiza el Compañero Masón, en el cual abandona la regla, le enseña que llegará un momento en su evolución individual, en el cual su estado de completa libertad hará que toda regla exterior (entiéndase norma o ley) le sea inútil. Es más, le llegará el día en que esa regla exterior se constituirá en un obstáculo para su evolución individual[9]. De ahí que el verdadero Masón no necesita compulsión de normas externas. Él, como hombre libre y de buenas costumbres, debe mantener siempre la impecabilidad de su conducta, donde quiera que se encuentre.
5°. La justicia profana está enmarcada en el Derecho Profano, que esencialmente es un instrumento perpetuador del establecimiento y del statu quo. La Masonería en cambio es una institución que alienta la transformación del hombre, en sentido individual, y la emancipación de la humanidad en sentido general. Por eso la Orden sostiene: “Que aunque la Masonería es una Institución humana, y en lo humano no cabe la perfección, los defectos y errores de los HH:. son escrupulosamente juzgados pero desde un punto de vista enteramente fraternal, procurando con ello la corrección y ejemplaridad que nos conduzca al perfeccionamiento físico y moral[10]”. Por tal razón, las penas Masónicas se consideran como un medio, pero nunca como un fin[11]. De ahí que la Constitución Masónica y los Estatutos de una Gran Logia no tengan la intencionalidad represiva, sino el interés de educar al Hermano Masón.
6°. La ley Masónica, en manos de los profanos, siempre será puesta en tela de juicio, como sucedió en el año 2004, cuando un juez de Barranquilla, al resolver una acción de tutela interpuesta por dos Masones, citó el numeral 16 Artículo 9° del Estatuto No. 2 de la Gran Logia del Norte de Colombia, que ilustra al iniciado sobre uno de sus deberes, cual es el de: “No acudir a tribunales profanos en contra de un Masón regular sin antes haber solicitado la mediación de su Logia y obtenida su autorización”. A renglón seguido anotó el juez: “disposición que carece de sentido, por cuanto va contra la ley, los asociados no pueden comprometerse a la forzada renuncia del derecho fundamental de acceso a la administración de justicia”. Afortunadamente, los dos Masones tutelantes no le adjuntaron las Liturgias al Señor juez, porque tal vez hubiera visto en nuestros símbolos y juramentos, la venganza y el homicidio, fenómenos propios de la sociedad profana, que rechaza rotundamente la Masonería.
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7°. Por todo lo anterior, cualquier problema que surja entre Masones, debe resolverse dentro de la Institución, que para ello cuenta con su propia Constitución, Estatutos y Reglamentos, a los cuales, de libre y espontánea voluntad, juramos respetar y acatar. La justicia Masónica se hace en casa propia, que es la Casa Grande, y no en casa ajena. Ahora bien, si se produce el juicio Masónico, el legítimo Masón sabrá guardar la calma necesaria y la prudencia indispensable para dominar los instintos, cuando éstos traten de perturbarle su razón. No olvidemos que el Masón ha de ser comprensivo hasta con la incomprensión. En consecuencia, siempre estará sereno “entre la Sabiduría que le inspira y la Justicia que rige sus actos”[12]. Al final del juicio Masónico, recibirá el veredicto como caballero de honor y en ningún momento buscará justificaciones para acudir a los tribunales profanos a resolver problemas Masónicos, que sólo deben resolverse, como ya se ha dicho, en el seno de la Augusta Institución.
Salud… . Fuerza… y Unión
JOSÉ MORALES MANCHEGO 33°
Gran Maestro
[2] Muy Resp:. Gr:. Log:. del Norte de Colombia. Liturgia para el Grado de Aprendiz Masón. R:. E:. A:. A:. Oriente de Barranquilla, 2006. p. 27.
[3] Gran Logia del Norte de Colombia. Liturgia del Grado de Maestro. Oriente de Barranquilla, 1998. p. 24.
[4] Lorenzo Frau Abrines. Historia General de la Francmasonería. p. 15.
[5] Aldo Lavagnini. Manual del Gran Elegido. Editorial Kier. Buenos Aires, 1992. p. 145.
[6] Muy Resp:. Gr:. Log:. del Norte de Colombia. Liturgia para el Grado de Aprendiz Masón. Op. Cit. p. 33.
[7] Aldo Lavagnini. Manual del Aprendiz. Editorial Kier. Buenos Aires, 1991. p. 166.
[8] Lorenzo Frau Abrines. Diccionario Enciclopédico de la Masonería. Tomo 5. p. 862.
[9] Aldo Lavagnini. Manual del Compañero. Editorial Kier. Buenos Aires, 1994. p. 73.
[10] Muy Resp:. Gr:. Logia del Norte de Colombia. Liturgia para la Ceremonia de Afiliación. R:. E:. A: . A:. p. 5.
[11] Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia (Fundado en 1833). Liturgia del Grado XXXI. R:. E:. A:. A:. p. 7.
[12] Gran Logia del Norte de Colombia. Liturgia del Grado de Maestro. Op. Cit. p.78.