sábado, 22 de mayo de 2010

MASONERÍA Y EDUCACIÓN




JOSÉ MORALES MANCHEGO


INTRODUCCIÓN

El presente trabajo tiene como objetivo general establecer la relación entre Masonería y Educación. Este objetivo, para cualquier iniciado en la Orden, es obvio. No obstante, hay aspectos del tema muy poco investigados en el contexto de las tendencias pedagógicas contemporáneas que hoy se vislumbran en el seno de la educación. El tema puede verse en dos vías: la vía exterior y la vía interior. Es decir, la Masonería en la Educación y la Educación en la Masonería. Este último se refiere a los elementos pedagógicos que contiene la Institución Masónica, los cuales constituyen una especie de currículo oculto, que al profundizarlo y extenderlo a la sociedad, puede permitir un desarrollo sostenible de los procesos educativos hacia el futuro. El trabajo no pretende agotar el tema en forma sistemática ni con pretensiones científicas. La finalidad es propiciar la reflexión crítica para que los trabajos Masónicos cobren fuerza y vigor.

1. LA MASONERÍA EN LA EDUCACIÓN

En Colombia, los ensayos sobre esta materia son considerables(1). En ellos se habla de los estadistas Masones que han fundado escuelas y universidades; se habla de los académicos Masones que a diario forjan las conciencias juveniles desde la cátedra; se habla de los planes de estudio y de las políticas educativas ideadas por Masones. Así mismo, se ha hablado con mucha propiedad del simbolismo Masónico representado en la Universidad Nacional de Colombia, patrimonio de la generación radical, en cuya arquitectura es patética la influencia de la Masonería. En esta institución de educación superior ya de por sí es diciente su denominación de «Ciudad Blanca», color de la pureza eterna del Masón, síntesis de todos los colores, que representa el conjunto de todas las virtudes. Las vías de la «Ciudad Blanca» representan un buho, ave que en heráldica simboliza el valor con que vence el caballero a un enemigo traidor y cobarde, que se vale de las sombras para las acechanzas. Esta ave consagrada a Minerva es símbolo de la inteligencia y el conocimiento. En los emblemas de la Francmasonería el buho figura como símbolo de la prudencia. Las aulas máximas de la Universidad Nacional están construidas de espalda al oriente; su arquitectura es cúbica; sus pisos son en mosaico blanco y negro y, como si fuera poco, dice Ciro Quiróz: «el aula máxima de Derecho es del mismo decorado y corte que el Templo Mayor de los Masones, recientemente refaccionado». Pero eso no es todo. «El Gran Consejo Superior -frase de gobierno masón- asume como identidad la Estrella Flamígera—símbolo de jerarquía masónica-envuelta por el círculo entrañable, de explicable y profundo significado en sus logias»(2).

El interés de la Masonería por incidir en la estructura de la educación de nuestro país se manifiesta claramente en 1985, cuando el Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia (R:. E:. A:. A:.) publica el Pronunciamiento de la Masonería Colombiana Sobre la Problemática Nacional. Este pronunciamiento se realiza con el ánimo de frenar el desbarajuste institucional que a la sazón se estaba apoderando de Colombia. El documento se ocupa en primer término del sistema educativo y de sus cambios urgentes y necesarios, señalando el despilfarro y su manejo mercantil por empresas comerciales que no les importa la suerte de sus graduandos. La razón de esta preferencia por la educación está en que la Masonería considera que la transformación del hombre es condición indispensable para la transformación del mundo y la incorporación de la humanidad a la vida civilizada.

Es importante anotar que toda esta incidencia de la Masonería en la educación colombiana se da en el contexto de un país que, desde los albores de la dominación colonial, hasta nuestros días, ha tenido que soportar una estructura educativa autoritaria y dogmática, desde el punto de vista de la conceptualización y del método. Para demostrar este aserto basta ver, grosso modo, la terminología usada en las instituciones educativas. Por ejemplo, a lo que debe llamarse Plan de estudio se le llama «Pensum», barbarismo que significa peso, gravedad, pesantez(3). A las horas de clase de un profesor se les llama «carga académica». Al respecto, el Pequeño Larousse Ilustrado dice así: Carga: Peso grande; lo que puede llevar encima un hombre o un animal; unidad de medida de la leña, el carbón, etc. Es decir, se usa una palabra de arriería para designar las horas que un profesor debe dedicar a la docencia o a la investigación. Y ¿qué decir de la inadecuada expresión «Mortalidad estudiantil», para designar a los estudiantes que por inadecuados y obsoletos métodos pierden las asignaturas y tienen que abandonar las aulas?. En muchas Universidades, la evaluación se ha tomado como medio de venganza. Y los estudiantes a la exigencia en el estudio le han llamado «represión académica". La palabra disciplina, estrechamente vinculada a la enseñanza, según su etimología latina, quiere decir azote. El mismo Diccionario de la Real Academia, en una de las acepciones de la palabra dice: Disciplina: «Instrumento, hecho ordinariamente de cáñamo, con varios ramales, cuyos extremos o canelones son más gruesos, y sirve para azotar». Por extensión, esta palabra ha tomado una connotación que la vincula con la represión. De ahí que se hable de disciplina militar o de disciplina religiosa. Esta jerga que no se usa en la Masonería, pero que se maneja cotidianamente en el medio educativo profano, no sólo es un problema de forma. Es también un problema de contenido, y de graves consecuencias para el desarrollo de la personalidad, si se tiene en cuenta que el terror educa en la confusión. El autoritarismo y el irrespeto contra una persona se proyectan hacia las demás. En un sistema educativo de esa naturaleza, el individuo no es considerado racional y libre, sino como oveja del rebaño que debe obedecer ciegamente los dogmas, sin ninguna capacidad de crítica. Un sistema educativo estructurado de esa manera no forma ciudadanos libres, sino regimientos de fanáticos.

2. LA EDUCACIÓN EN LA MASONERÍA.

El Taller Masónico fundamentado en el autoconstructivismo liberal tiene como base la libertad en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Nuestra Institución no admite esquemas. No admite los procesos repetitivos. Aquí se enseñan métodos. Los Maestros más versados enseñan la llave para entrar en ese mundo simbólico que contiene todos los significados. La Masonería no admite programas rígidos. En nuestros talleres se estudia lo que la gente quiere estudiar. Es un campo donde se discuten problemas. El Masón debe aprender a pensar, más que a repetir; a crear más que a copiar; y a decir la verdad sin temor a los resultados. Para un Masón «Es envilecedora la tarea de predicar principios o doctrinas que se reconocen falsas, por temor a las consecuencias de la verdad»(4).

Como grandes innovaciones, los cambios más importantes que hoy se están abriendo paso en la educación profana consisten en que se debe incorporar el arte como estrategia pedagógica, la interdisciplina como forma de llegar al pensamiento complejo, la formación de la personalidad y la humanización.
Estos elementos son connaturales a la Masonería.

El drama litúrgico que se da en las tenidas es una estrategia pedagógica. La Tenida Solemne nada tiene que envidiarle al drama litúrgico medieval, que dio origen al teatro moderno. Por su parte, las Tenidas Ordinarias son sociodramas representativos de la actividad laboral. Es el arte como estrategia pedagógica, y como forma de entendernos entre nosotros mismos, manteniendo el orden, la tolerancia y el respeto en las discusiones.

La verdadera intención del drama es la reflexión, en aras del desarrollo intelectual y de la moralización. El drama masónico no trata de ser un espectáculo como el teatro romano, cuyo fin era divertir y hacer reír a un público. Por eso los romanos prefirieron la comedia a la tragedia. El drama Masónico se parece más al teatro griego, que pretendía la catarsis o purificación de las pasiones. En este sentido, el drama Masónico se aproxima al teatro griego y no al romano. La Tenida no es para divertir. Es para transformar. Para perfeccionar. Para educar.

En cuanto a la interdisciplina para llegar al pensamiento complejo, la Masonería desarrolla la aptitud natural del espíritu humano para ubicar todas sus informaciones en un contexto y en un conjunto. En la literatura Masónica están presentes las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el todo en un mundo complejo. La propia Logia es una imagen o recreación del universo. «Simbólicamente, la logia se extiende a lo largo desde Oriente a Occidente, de anchura desde el septentrión al mediodía, y su profundidad es de la superficie hasta el centro de la tierra, siendo su altura hasta las estrellas»(5). Esas dimensiones incalculables que se le atribuyen, representan la imagen del mundo conocido de los antiguos. En ella podemos ver también «una imagen de nuestra mente o mundo causativo interior, que preside a las condiciones de la vida, las aprovecha constructivamente y las transmuta»(6). Para la Masonería, el hombre está inscrito en el mundo vivo y en el mundo físico, además de ser un ente social. En la educación profana hay una progresión del conocimiento de las partes, hay una especialización, mientras que paradójicamente hay un detrimento o ignorancia del todo. La Masonería ubica la condición humana en el mundo. No se puede concebir la condición humana, si no es en relación con el cosmos. La Leyenda de Hiram, tan esencial en la Masonería, tiene varios significados: 1. Un significado cósmico que ve en la misma algún aspecto del drama del mundo y de su origen, así como de la vida en las diferentes etapas. 2. Un significado humano individual. 3. Un significado social o colectivo(7). En esas interpretaciones está la clave. El hombre es resultado del cosmos, de la naturaleza y de la vida. Pero la educación profana nos ha vuelto extraños a ese cosmos que nos es secretamente íntimo.

Veamos, a manera de ilustración, lo que dice al respecto uno de los filósofos de la educación contemporánea, Edgar Morín, mentor de la UNESCO en materia educativa: «La vida es un moho que se formó en las aguas y en la superficie de la tierra. Nuestro planeta engendró la vida, que se desarrolló como un matorral en el mundo vegetal y animal, y nosotros somos una rama de una rama de esta evolución, en medio de los vertebrados, los mamíferos, los primates, portadores en nosotros de herederas, hijas hermanas de las primeras células vivas. Por nacimiento participamos en la aventura biológica; por la muerte participamos en la tragedia cósmica. El ser más rutinario, el destino más banal, participa de esta tragedia y de esta aventura»(8).

Más adelante continúa Morín: «Llevamos en el interior de nosotros mismos el mundo físico, el mundo químico, el mundo vivo, y al mismo tiempo nos hemos separado de ellos por nuestro pensamiento, nuestra conciencia, nuestra cultura»(9).

En verdad, el conocimiento profano es fragmentario. Es superdisciplinario. Y la susperespecialización y el fraccionamiento del saber producen la ignorancia, a la cual Morín llama la «ceguera del conocimiento». Por eso, la Masonería, sabia en sus fundamentos, considera que el profano cuando toca a las puertas del Templo viene envuelto en las tinieblas. En esas condiciones recibe la luz.

La educación profana enseña a aislar los objetos de su contexto, a separar las disciplinas. El Taller Masónico en cambio es multidisciplinario. Allí dialogan los distintos saberes, a través de las distintas profesiones. La Escuela Masónica tiene todas las bases para llevarnos al pensamiento complejo, que es el gran desafio de la educación contemporánea.

En cuanto al método autoconstrucíivo liberal, este tópico ha sido poco investigado en el seno de la Orden. Es cierto que, con mucha frecuencia, en los Talleres se habla de que la Masonería es una escuela. Escritores Masones también lo han afirmado. Ramón Martínez Zaldúa asevera que «La Masonería es considerada como una escuela de moral, de enseñanza que trata de desentrañar por medio del estudio, de la investigación racional, la verdad, meta y fin de la existencia»(10). Sin embargo, muy poco se ha profundizado sobre su método de enseñanza, que se encuentra disperso en todos los actos litúrgicos, ordinarios o solemnes. La misma ceremonia de iniciación constituye el primer esbozo de un proceso educativo. Allí los Hermanos más versados explican al neófito el significado oculto de algunos símbolos. Pero se le subraya la necesidad que tiene el neófito de desarrollar su observación y su capacidad de análisis, porque la esencia de las cosas no está a simple vista. La palabra sagrada que se da al neófito es, según Lavagnini: «un símbolo de instrucción verbal sobre los principios de la Verdad que cada Aprendiz tiene el derecho de esperar de los que se hallan más adelantados que él en el Sendero de la Iniciación»(11).

Más adelante dice el mismo Lavagnini: «La instrucción debe darse como se da la palabra... Con la activa cooperación del discípulo, cuyo progreso no depende de lo que reciba, sino de lo que encuentre por sí mismo, con sus propios esfuerzos, por el uso que hace de la primera instrucción recibida como medio e instrumento para descubrir la verdad»(12).

El día de la iniciación, el neófito recibe la luz. A partir de ese momento debe ser un constante buscador de la «luz inmortal que emana de la virtud y de la ciencia»(13). Este acto de recibir la luz es muy significativo en el ámbito de lo simbólico. En sentido figurado puede decirse que la corriente pedagógica que no entregue una lámpara al alumno, para que él mismo busque, es una pedagogía estéril y repetitiva, de la cual se puede decir que está enferma. De esa manera, para los sistemas educativos profanos, educar se ha convertido en domesticar, sometiendo todas las inclinaciones personales a una instrucción uniforme. Esa es la intencionalidad de los llamados estándares de calidad, que pretenden homogeneizar los aprendizajes en un país en el cual hay que educar para aprender a convivir con las diferencias. Para la Masonería, en cambio, la educación consiste en abrir horizontes a cada personalidad, respetando todas las diferencias, aprovechando todas las desigualdades naturales. De ahí que la escuela profana tenga que aprender mucho de la Masonería.


CONCLUSIÓN.


La Masonería no solo es un sistema de moral revestido de símbolos. Es una escuela completa, en la que se han formado hombres y mujeres, cuya incidencia en la vida social es evidente.

La Masonería, a lo largo de su historia ha combatido las estructuras educativas fundamentalistas y dogmáticas. Hoy, además del dogmatismo debe luchar, con nuevas armas, para superar la crisis que sufre la humanidad, cuando la razón se ha convertido en racionalidad instrumental, empobreciendo el mundo de la vida en las esferas de lo moral y de lo estético, y propiciando la ceguera del conocimiento por la superespecialización que no deja ver la complejidad de la realidad en toda su dimensión.

No olvidemos que la Masonería es la escuela mejor estructurada y más poderosa que produjo la modernidad para salvaguardar y desarrollar sus ideales progresistas. Por eso, para redefinir el sentido de la humanidad en las actuales circunstancias, es necesario reorientar la investigación en el seno de esta Augusta Institución, donde gravita una pedagogía que hemos denominado autoconstructivismo liberal, indispensable para abordar una educación sostenible en el futuro.

El compromiso en Logia es activar las herramientas para ubicarnos en la nueva situación, con la convicción de que un proyecto con tantas propuestas programáticas no puede quedar sin resolverse.

Los grandes ideales de la Masonería, como los ideales progresistas de la Modernidad, no se han cumplido. Por tanto, hay que extender esos ideales por la vía de una renovada Teoría Crítica de la Sociedad, aplicada a nuestras realidades concretas. En este sentido, cumplamos lo que decía el ilustre Masón, José Martí: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas»(14).
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1. Véanse los trabajos de: Álzate López, Augusto. La Influencia de la Masonería en la Creación de la Universidad Externado de Colombia. En; El Misionero. Año 9 No. 32. Barranquilla, marzo de 2000. pp. 36-39; Collante Stevenson, José. Juan Manuel Rudas: Filósofo, Educador y Masón, En: Perfiles Masónicos. Ediciones Sociedad Hermanos de la Caridad.. Barranquilla, 1999. pp. 27- 39; Ortegón Páez, Rafael. La Educación. En Revista El Misionero. Año 10 No. 36. Barranquilla, marzo de 2001. pp. 16-36; Viñas Ramos, Fulvio. La Masonería y la Educación Superior en Colombia. En: Plancha Masónica. Año4. No. 14. Or. de Barranquilla, Marzo del año 2003. pp. 39-45.
2. Quiroz, Ciro Alfonso. La Masonería en la Universidad Nacional: Paternidad Radical. En: Lecturas Dominicales. El Tiempo. 5 de octubre de 1997. p. 3.
3. Corripio Pérez, Fernando. Diccionario Etimológico General de la Lengua Castellana. Editorial Bruguera. Barcelona, 1979. p. 359.
4. Ingenieros, José. Las Fuerzas Morales . Editorial Losada. Buenos Aires, 1994, p. 100.
5. Daza, Juan Carlos. Diccionario de la Francmasonería . Akal Ediciones. Madrid, 1997, p. 237.
6. Lavagnini, Aldo. Manual del Aprendiz. Editorial Kier. Buenos Aires, 1991. pp. 128-129.
7. Lavagnini, Aldo. Manual del Maestro. Editorial Kier. Buenos Aires, 1993. pp. 37-38.
8. Morín, Edgar. La Mente Bien Ordenada . Editions du Seuil, 1999. p. 24.
9. Loc. Cit.
1O. Martínez Zaldúa, Ramón. ¿Qué es la Masonería ?: Costa-Amíc Editores. México, 200. p 79.
11. Lavagnini, Aldo. Manual del Aprendiz. Op. Cit. p. 87.
12. Loc. Cit.
13. Gran Logia del Norte de Colombia. Liturgia del Grado de Aprendiz. CAP Comunicaciones. Barranquilla,1998. p. 39.
14. Martí, José. Nuestra América. En: Escritos de un Patriota. Editorial Cumbre. México, i 969. p. 11.

sábado, 10 de abril de 2010

SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS EN EL ESTADO DE BOLÍVAR



JOSÉ MORALES MANCHEGO



Por su condición de terminal para las flotas transatlánticas, las principales ciudades del Estado de Bolívar se convirtieron en residencia de comerciantes vinculados a los negocios de importación y exportación. Dichos negocios dejaban jugosas ganancias, razón por la cual las capas dirigentes de la región tomaron el comercio internacional como su ocupación fundamental.

En esas circunstancias, los artesanos de la comarca debieron sentir en forma cruda el impacto de la libre importación. Sin embargo, desde los albores de la segunda mitad del siglo XIX se fueron aglutinando en sociedades que al parecer tendían a defender sus malogrados intereses. De esa manera vemos surgir la primera Sociedad Democrática de Artesanos de Cartagena, simultáneamente al nacimiento del semanario La Democracia, cuyo primer número apareció el 10 de abril de 1849.

Por su parte, la Sociedad Democrática Momposina se instaló el 24 de febrero de 1850, y la del Carmen de Bolívar se inauguró el 26 de mayo de ese mismo año. En esa época se instalaron sociedades similares en Barranquilla y otras poblaciones de reconocida importancia desde el punto de vista de la composición social artesanal.

Para finales de 1849 surgieron tensiones fuertes en la Sociedad Democrática de Cartagena por la petición de un grupo de artesanos a la Cámara de Representantes para un aumento de los derechos de importación de artefactos extranjeros. Ante tal petición, el grupo nuñista de intelectuales argumentaba en contra de los artesanos diciéndoles que como consumidores se beneficiarían con la libre importación, porque los productos extranjeros llegarían más baratos (1). El problema estaba en que los artesanos para poder consumir tenían que vender su producción y el libre cambio les quitaba esa oportunidad.

En febrero de 1850 estalló una crisis en la Sociedad Democrática Cartagenera, que desembocó en la disolución de la asociación. La causa fue el ningún interés de los políticos incorporados en ella, que solo tomaban empeño cuando de cuestiones partidistas se trataba. Por eso, en muchas ocasiones, los intereses de los artesanos fueron abandonados, como lo manifiesta el periódico El Porvenir cuando en 1850 asevera: "..... i esos artesanos honrados, aplicados i patriotas, pero pobres, han sido abandonados a sus solos recursos en las ocasiones más importantes” (2). Con todo eso, en abril de ese mismo año la Sociedad Democrática Cartagenera fue revivida con clases gratuitas para adultos, los martes y viernes de cada semana, en un salón de la Escuela Normal.

El año de 1854 fue de tensión, guerra y frustración para los artesanos. Es de resaltar que para esa época fungía como Presidente de la Provincia de Cartagena el general Juan José Nieto (masón) quien apoyaba la revolución de José María Melo, llamado por algunos historiadores "el Che Guevara del siglo XIX", quien elevó al poder la protesta de los artesanos contra el libre cambio, bajo un gobierno caracterizado como artesanomilitar. Pero esta revolución quedó desbandada el 4 de diciembre de 1854. Entonces comenzó la represalia sangrienta, que en la región de Mompós tuvo manifestaciones extremas. En consecuencia, los artesanos fueron perseguidos y las sociedades democráticas vetadas por un tiempo.

Pasada la tromba contrarrevolucionaria, las sociedades democráticas volvieron a la vida legal con el objetivo principal de difundir las luces, "pues es de este modo que pueden comprender sus deberes y hacer respetar los derechos que la misma Constitución i leyes le demarcan" (3). Son muy dicientes esas palabras del Presidente de la Sociedad Democrática de Cartagena en una carta que ofrecía el apoyo de la Sociedad de Artesanos al Gobierno del Estado para el sostenimiento de la Constitución y las leyes. Otra cosa pensaban los verdaderos artesanos, que siempre consideraron como lesivas las leyes que venían deteriorando su situación económica y social.

Conclusivamente podemos afirmar que las Sociedades Democráticas de nuestra región, como las de todo el país, fueron organizadas, al estilo de los clubes parisinos de la época, por intelectuales críticos, con fines de alfabetización y cultura en clases nocturnas. Pero en su esencia eran foros políticos dirigidos por personas que preparaban a los artesanos para ponerlos al servicio de sus intereses políticos y económicos, ligados al comercio internacional, sin preocuparse por la situación social de nuestros productores ni por cumplirles sus promesas de protección aduanera, consolidando así al país como dependiente de los grandes centros industriales del capitalismo mundial.

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1.Fals Borda, Orlando. El presidente Nieto. Historia Doble de la Costa. Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1981, p. 104 A.
2.El Porvenir, No. 25. Cartagena, 5 de marzo de 1850.
3.Gaceta de Bolívar. Cartagena, 28 de diciembre de 1868.

martes, 23 de marzo de 2010

LA DEMOCRACIA UNIVERSITARIA



JOSÉ MORALES MANCHEGO


En 1971 los estudiantes colombianos dieron a conocer el Programa Mínimo del Movimiento Estudiantil, que buscaba establecer un sistema democrático en la Universidad, el cual contemplaba la elección de las autoridades universitarias y la participación de estudiantes y profesores en la conformación de los organismos directivos de la Institución. Sin embargo, ese propósito no se pudo legitimar en aquella época, a pesar de la ofensiva de masas y de las condiciones propicias para la reactivación creciente de lasfuerzas estudiantiles y profesorales. La explicación de ese intento fallido hay que buscarla, por un lado, en el espectáculo generado por la atomización del movimiento estudiantil y su transfiguración en una constelación de grupos que se devoraban mutuamente en una abierta confrontación polarizada. Por otro lado, para explicar ese intento fallido, es necesario tener en cuenta la concepción del poder estudiantil esgrimida por algunos sectores políticos que intentaron crear una Universidad absolutamente autónoma, divorciada de los poderes del Estado. En otras palabras: se pretendía convertir a la Universidad en una República vecina de la República de Colombia.

De esa manera, en medio de la efervescencia del movimiento estudiantil, se esfumaron las posibilidades para implementar los mecanismos institucionales de una avanzada democracia en la Universidad. Se perdió entonces un gran esfuerzo que costó el sacrificio de cabezas brillantes, y en la Universidad siguieron prevaleciendo los intereses mezquinos por encima de los verdaderos intereses académicos y de servicio a la comunidad.

Posteriormente, la Constitución de 1991 y la Ley 30 de 1992 abrieron la posibilidad de realizar un viejo anhelo del movimiento estudiantil y del movimiento profesoral de nuestro país. Ese viejo anhelo es la elección democrática de los gobernantes de la Universidad estatal u oficial y la consecuente ampliación de la autonomía universitaria, banderas éstas que han ondeado en medio de los vientos impetuosos del movimiento estudiantil nacional (1).

Con la Constitución del 91, la democracia parecía brotar como una de las formas posibles de gobierno de la Universidad. Esa posibilidad le llegó a Colombia incluida en el texto de su Constitución Política, y con un movimiento estudiantil que había pasado de la ebullición ideológica de la década del 70, a una frialdad en el terreno de la discusión, de la movilización y de la lucha, situación típica de su actual ámbito existencial.

En esas circunstancias, el marco de la potencial democratización de la Universidad tenía sus conexiones causales en las transformaciones políticosociales que se venían operando a nivel mundial, y en los cambios acaecidos en nuestro país, especialmente cuando nuevos sectores de la sociedad irrumpieron en el escenario político y ganaron un espacio en la Asamblea Nacional Constituyente (2). Desde allí, esos sectores políticos vislumbraron la posibilidad de debilitar la hegemonía de los viejos grupos oligárquicos, a fin de curar serias irregularidades cometidas y toleradas desde las posiciones importantes que secularmente han mantenido en la dirección de las Universidades.

Curar esas irregularidades constituía un gran desafío para las nuevas directivas que surgieran al rescoldo de la Ley 30 de 1992, la cual buscaba, en su espíritu, hacer a las Universidades más eficientes, entendiéndose por eficiencia, la exigencia de mejor formación profesional, ética y cultural; mejor utilización de los recursos económicos y humanos; transparencia en las decisiones; mayor atención a las necesidades y aspiraciones de los estudiantes, y fomento de la ciencia, la tecnología y el humanismo, para sacar a las Universidades de su aislamiento y vincularlas estrechamente a la vida económica y social de la República. En consecuencia, las directivas comprometidas con la comunidad universitaria deberían abordar la tarea de darle un vuelco a las estructuras de la Institución. Esto quiere decir que el proceso de democratización que nos depara la Ley 30, no debe centrarse simplemente en desarrollar elecciones, sino en cortar el imperante escolasticismo y superar los rezagos semicoloniales de la Universidad, hasta convertida en un ente en el cual el único poder que se ejerza sea el poder de la academia, la ciencia y la cultura en general.

La comunidad universitaria debe entender que democracia no significa realizar elecciones para reemplazar viejos vicios por nuevos vicios, como ha sucedido en el contexto nacional, por la falta de sistemas de procedimiento eficientes y la inexistencia de un control eficaz sobre los personajes de la administración pública, que han convertido a la política en el más lucrativo de los negocios.

La democracia es un estado de conciencia colectiva, que incluye el trato semejante de los semejantes, el sentimiento solidario, el respeto a una vida digna y el derecho a una educación adecuada.

La democracia es el derecho al disfrute de la libertad de opinión, sin el temor de ser reprimido abierta o veladamente, ni ser vulnerado en la integridad física, ni ser amenazado o recibir siquiera una mirada displicente.

La democracia es el derecho a moverse con libertad por los senderos del deber, olvidando los prejuicios de raza, de condición socioeconómica o de cultura. Democracia es aceptar los derechos de los demás, con respeto y consideración (4).

En síntesis, la democracia es el ambiente propicio para practicar la sabiduría, la fraternidad y la libertad.

De ahí se deduce que para desarrollar la democracia en la Universidad, es necesario enfrentar muchos obstáculos, los cuales podrán superarse con la vigilancia y la educación de la comunidad Universitaria, lograda al calor del ejercicio mismo de la democracia. Para tal efecto, es preciso convertir la institución en una verdadera escuela del pensamiento libre con unos recursos teóricos y unos elementos de carácter vivencial, entre los cuales se pueden destacar los siguientes:

1. Extender la cátedra libre extracurricular sobre democracia y autonomía universitaria para que los estudiantes y los profesores, mediante las distintas formas de la educación de masas, puedan discutir y poner en práctica los contenidos y la dialéctica de las instancias administrativas financieras y académicas de la autonomía, y estén preparados para defenderla cuando ésta sea amenazada por agentes externos o por acciones improcedentes o desmedidas de las fuerzas internas de la propia Universidad.

2. Inscribir en las banderas del movimiento universitario la consigna de la elección democrática directa del Rector, aspiración que sólo cristalizará en forma benéfica para la Institución cuando haya cultura democrática. Este punto es importante, por cuanto la democracia participativa en las Universidades colombianas es algo por construir. Y en ese proceso de construcción, es necesario estar en guardia, debido a que las fuerzas arraigadas en el pasado están siempre batallando para detener el avance democrático y el vuelo que las Universidades necesitan emprender hacia la libertad. De modo que la batalla estelar debe ser ganada por los universitarios en el Consejo Superior. Por tanto, es indispensable alcanzar, en ese organismo, una correlación de fuerzas favorable al verdadero espíritu universitario y el respaldo permanente de la comunidad académica a sus representantes, para lograr la aprobación de un Estatuto General que garantice la elección directa de las directivas y la adopción de un régimen especial que establezca la verdadera autonomía universitaria.

3. Evitar, principalmente durante el proceso electoral, la lucha de tipo personal y las tensiones que puedan menoscabar la consolidación de una comunidad académica solidaria. Este propósito se logrará mediante la conformación de una Comisión Electoral que vele por la disciplina en las elecciones, sancionando a los candidatos y movimientos que polucionen el ambiente democrático o realicen acusaciones sin las pruebas ostensibles.

4. Establecer que el Rector elegido escoja sus colaboradores inmediatos -los del área de Rectoría- teniendo en cuenta la proporcionalidad de votos de las distintas fuerzas en contienda. Este procedimiento permitirá la conformación de una directiva basada en el principio de legitimidad y fundamentada, por tanto, en el consentimiento de la Comunidad Universitaria. Así se podrá evitar que la Comunidad Académica quede dividida entre "quienes se benefician" y "quienes no se benefician" de una determinada superestructura. Además, la aplicación de esta propuesta será una práctica encaminada a romper las rígidas estructuras y disminuir el autoritarismo y la politiquería, flagelos afianzados legal y consuetudinariamente en la Universidad, y que viven y actúan a través de ambiciosos dirigentes sindicales, dirigentes profesorales, dirigentes estudiantiles y de funestos directivos universitarios. La democracia se verá fortalecida si a la administración confluyen grupos y sectores amplios, consecuentes con el impulso a los planes y objetivos de la Universidad, y capaces de apoyar a los directivos de perfil académico en las decisiones que beneficien a la Institución.

5. El desarrollo de la democracia universitaria implica que la comunidad debe ejercer un control sobre las directivas. Este control puede ejercerse mediante los siguientes mecanismos.

a. Una veeduría institucionalizada que vigile el manejo presupuestal y académico de la Universidad, y convierta en audiencia pública los actos indebidos de la administración o de cualquier miembro de la Comunidad Universita.

b. La institucionalización de Cabildos Abiertos en los cuales, periódica y públicamente, se dé a conocer la marcha de la administración y se realice la consiguiente evaluación de su plan de desarrollo y sus programas. De esta manera, la potestad ejercida por la Comunidad Académica se convertirá en fuerza dinámica de colaboración, precisamente en el punto donde todos los universitarios pueden entenderse, o sea en el sitio en el cual se encuentran los objetivos de la Universidad. Los estudiantes y los profesores tendrán entonces, la oportunidad de cumplir la función que el movimiento democrático les exige; no suplantando a las autoridades universitarias, sino controlando y aportando al análisis y al estudio de los problemas de la Universidad.

Finalmente, es necesario aseverar que la democracia es la mejor forma de gobierno por su espíritu de libertad. Pero la democracia sin control y vigilancia se puede convertir fácilmente en la libertad para llegar a lo peor. Por tanto, si no aseguramos el crecimiento y el buen funcionamiento de la democracia universitaria, al final del camino estaremos como el aprendiz de brujo, que no fue capaz de dominar las fuerzas infernales que logró desencadenar con sus conjuros (6).



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1. En 1928 se reunió en Ibagué el Tercer Congreso Nacional de Estudiantes, convocado por la Federación de Estudiantes, para discutir, entre otros temas, la "autonomía educacional y económica de la Universidad" y la "intervención de los alumnos en el gobierno de los planteles". "La agitación de la juventud ponía de relieve la necesidad de presentar una política más definida y resuelta frente a las intromisiones del Estado y de la Iglesia en menoscabo de la libertad de investigación y de la libertad de cátedra". Montaña Cuéllar, Diego. Colombia País Formal y País Real. Editorial Latina. Bogotá, 1977. p. 121.
2. Es de aclarar que los representantes de los nuevos sectores sociales que llegaron a la Asamblea Nacional Constituyente fueron invalidados para la nueva legislatura. En consecuencia, no se logró la renovación política sustancial que el país quería, por cuanto al poder legislativo volvió la mayoría de los congresistas tradicionales. Esto explica, en el fondo, las falacias contenidas en la Ley 30 y sus Decretos reglamentarios.
3. Ley 30 de 1992. En: Nueva Ley General de Educación. Momo Ediciones. Bogotá, 2002. pp. 5-48.
4. Véase: Gánem Robles, Jorge. Antecedentes de Insurgencias de Estamentos Universitarios como una Contribución a la Formulación de una Propuesta de Democracia en la Universidad Latinoamericana. En: Panel Democracia Participativa en el Marco de la Ley 30 de 1992 (Memorias). Universidad de Córdoba. Centro de Educación Continuada. Montería, 1993. p. 49.
5. La elección "indirecta es el modo infalible de destruir la democracia" ... "El temor de que el pueblo se equivoque en una elección es una previsión exagerada que ha causado la ruina de la libertad ... " (Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia. Liturgia del Grado IX. R. E. A. A. pp. 24-25).
6. Figura utilizada por Carlos Marx en el Manifiesto del Partido Comunista.

domingo, 21 de marzo de 2010

ACTITUD DEL COSTEÑO ANTE LA MUERTE (1)






JOSÉ MORALES MANCHEGO (2)


Uno de los signos que marca la preeminencia humana sobre el resto del reino animal es la "reflexiva expectación de lo futuro"(3). Por esta prerrogativa de imaginar el tiempo porvenir, el hombre, a diferencia de los animales, tiene conciencia de la muerte.

La espera de la muerte siempre ha producido al hombre intenso miedo, espanto y pavor en cualquier época y en cualquier parte de la Tierra. Sin embargo, a través del tiempo y en los distintos parajes, la muerte no ha sido recibida en la misma forma. En ese sentido podemos penetrar un tanto en el análisis de la actitud del costeño ante la muerte.

En la Costa Atlántica colombiana, por el influjo de la cultura africana, por el modo de vivir y el concepto que se tiene de la vida, la muerte trata de recibirse como un fenómeno corriente y natural. Esa actitud se expresa en muchos cantos populares. Tal es el fondo de la canción titulada "Coroncoro", que va diciendo al son de la melodía:
"Coroncoro se murió tu mae,
déjala morir”

En el mismo sentido, aunque más categórico, el fandango titulado "El Golero" dice acompasadamente:
"Ya lo ves golero prieto, tu mae se murió,
déjala morir que pa` eso nació".
Al costeño la muerte no le coge traidoramente, ni cuando es ocasionada por accidente. En la mentalidad fantástica de la región, la muerte siempre avisa cuando viene. Y esa mentalidad tiene muchos recursos que indican el dominio sobre la muerte. Por eso tiene que avisar previamente cuando viene, y existen varias formas para hacerlo.

Por ejemplo, se dice que los gallinazos volando sobre el pueblo presagian la muerte de algún parroquiano. Lo mismo sucede cuando se sueña con matrimonio, con la caída de los dientes, o cuando se oye el canto del búho, de la lechuza o del yaacabó.

El aviso de muerte también se manifiesta en el hecho de que el agónico recoge los pasos. Es lógico que no considerándose la muerte como un final definitivo, sino como un tránsito, el moribundo tiene que despedirse de sus amigos y allegados.
Todas esas señales predicen la venida de la muerte. Y si la muerte es natural o por accidente, no faltan personas que dicen haber tenido uno cualquiera de esos presagios. Ahí está el fenómeno de la muerte domada en la mentalidad costeña. La muerte siempre tiene que anunciarse. Es más, el costeño la desafía cuando se prepara a recibirla. Esto puede observarse en una variedad de costumbres, como la construcción de la propia tumba, la preparación de la mortaja y la compra del ataúd, cajón de madera que muchas veces sirve para guardar objetos personales del futuro usuario.

En el carnaval costeño se presentan danzas y disfraces de la muerte fea, flaca y villana. Un ejemplo es “La Danza del Garabato" que nos muestra a la muerte llevándose con su garfio uno por uno a todos los bailadores, y a pesar de todo nadie deja de bailar. Es un desafío a la muerte. Ese desafío también se encuentra explícito en la canción de Abel Antonio Villa titulada "La Muerte de Abel Antonio", donde el acordeonista y cantante, a raíz de la falsa noticia de su muerte y de su velorio incompleto, reclama y cobra la deuda insólita de cuatro noches para que su velorio sea completo:

"Fueron cinco noches que me hicieron el velorio
para mis nueve noches todavía me deben cuatro”
Más adelante, en la misma pieza musical, encontramos un claro reto a la muerte cuando Abel Antonio dice:
Hombe, lo que es esto
se acaba entre los do
me lleva la muerte
o me la llevo yo”

Lo que allí se plantea es un duelo, un combate entre adversarios.
La esencia de la costeñidad toca a la muerte y quiere prolongarse hasta en la vida de ultratumba. Ese es el sentido de la canción de Alejandro Durán titulada "Pedazo de Acordeón", en la cual el autor nos dice:
"Si acaso yo me muriere
le ruego de corazón
que me lleven al cementerio
este pedazo de acordeón”

Esa canción de Alejo Durán no sólo enfatiza el cariño que le tiene el músico a su instrumento musical, sino que además contiene un claro desafío a la muerte. Observemos que dice: "Si acaso yo me muriere". O sea que no es seguro que la muerte le gane la batalla; pero si llegase a ocurrir, él pide que le lleven al cementerio su instrumento musical, lo que quiere decir que ni la muerte silenciará su pedazo de acordeón.

No obstante esa actitud del costeño, la muerte no pierde su carácter contrito y su fondo cristiano y triste. De todas maneras la muerte es la cesación de la vida, y en esta tierra encantada no podría dejar de tener un fondo mágico y religioso. Así vemos que en la agonía del que está muriendo se encienden velas o lamparillas para impedir la aproximación de Lucifer, a quien muchos confianzudos de la Costa le dicen Lucho. Luego se considera necesario cerrarle lo ojos al muerto para que no se lleve a otros con la mirada. Los enemistados con la persona que acaba de morir tienen que cogerle al muerto el dedo gordo del pie para evitar las persecuciones y las impresiones repentinas de miedo. Al sacar al difunto de su casa han de ir los pies primero, porque de lo contrario el muerto comienza a llevarse a los vivos.

De inmediato en la casa mortuoria se colocan bancas y sillas para que los amigos y parientes se sienten a contar chistes, cuentos costumbristas, a fumar cigarrillos y muchas veces a tomar ron y a jugar baraja o dominó. El velorio se realiza durante nueve días, al cabo de los cuales se abren puertas y ventanas para que salga el alma. Entonces se recoge el altar y el vaso de agua que se había colocado para que el difunto calmara su sed durante esos nueve días.

Pasado el velorio, muchas veces se prohíbe mencionar el nombre del muerto por temor a que vuelva su espíritu. El nombre del difunto se pronuncia raras veces, refiriéndose a él con otras expresiones, como "el difunto", "el finado”, “el compañero perdido”, etc.

La supuesta intervención de los muertos en ciertas operaciones mágicas es frecuente. Es bueno recordar algunas: La evocación del espíritu, que consiste en llamar al muerto para hacerle una entrevista; la aguja del muerto, que trae la buena suerte; y la tierra del cementerio, que se esparce por la casa que se quiere salar o desgraciar.
De todo lo anterior se puede concluir que en la Costa Atlántica colombiana la muerte tiene un sentido de final necesario en la mentalidad colectiva del costeño raizal. Para el costeño la muerte no es una aspiración, pero, tampoco es el colmo de los horrores.



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1. Este artículo fue publicado en ARCO, la Revista del Pensamiento Colombiano. No. 300. Bogotá , julio -agosto de 1987.
2. Profesor del Departamento de Ciencias Humanas de la Universidad de Córdoba.
3. Kant, Emmanuel. Filosofia de la Historia. Editorial Nova. Buenos Aires, 1964. p.122.

martes, 9 de marzo de 2010

MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE



JOSÉ MORALES MANCHEGO


INTRODUCCIÓN
El 2 de noviembre se registra en el calendario como el día de los difuntos. El formalismo para esta fecha es ir al cementerio, rezar un responso, llevar flores, velas, y situarlas en la gélida tumba. En algunos parajes se hace un altar en el cual se sirve la "comida del día de muertos" y se le ofrece al finado su bebida predilecta. Si era fumador, se le enciende un cigarrillo y se le complace con algunos de sus caprichos. El espléndido banquete se justifica porque ese día los muertos tienen permiso para retornar al mundo de los vivos. No obstante, a pesar de los rituales y ceremonias, es probable que muchas personas pasen ese día, sin detenerse a meditar sobre nuestro destino inexorable, que es la muerte, y, por tanto, sobre el sentido de la vida, que inextricablemente está ligado al de la muerte.

Pero antes de entrar en materia, le tengo una recomendación: no se asuste, ni vaya a dejar a un lado la lectura. Más bien, párese firme, y acompáñeme a reflexionar sobre ¿Qué es la muerte?, ¿Por qué la mayoría de la gente le teme tanto a la muerte?, y ¿Qué viene después de la muerte?

EL TEMOR A LA MUERTE
El miedo a la muerte es un hecho real, tozudo. Rousseau decía: "El que pretende mirar la muerte sin miedo está mintiendo". De esta generalidad tal vez se excluyan aquellos que frente al dolor insoportable prefieren dejar la sombra para ver la claridad.


Epicuro, quizás para ocultar un poco ese miedo, inventó una falacia. El dice: "... La muerte, la más aterradora de las enfermedades, no es en realidad nada para nosotros... cuando existimos, la muerte no está con nosotros y cuando la muerte viene, nosotros ya no existimos". Esta frase no pasa de ser una jugada de la lógica formal. La verdad es que la muerte es tan real y tan enigmática como la vida misma.

Por su parte la Biblia, en el Génesis, Cap. 6, versículo 3 nos habla de manera impetuosa: el Señor dijo: “No voy a dejar que el hombre viva para siempre, porque él no es más que carne". Y más adelante, en los "versículos del 5 al 7 encontramos lo siguiente: "El Señor vio que era demasiada la maldad del hombre en la Tierra y que éste siempre estaba pensando en hacer lo malo, y le pesó haber hecho al hombre. Con mucho dolor dijo: "Voy a borrar de la Tierra al hombre que he creado, y también a todos los animales domésticos, y a los que se arrastran, y a las aves." Y finaliza diciendo: "¡Me pesa haberlos hecho!".

Allí está la muerte como una imprecación. El Gran Artista está enfurecido contra su obra maestra. Esa sentencia contribuye a incrementar el temor ante la muerte, porque el hombre normal le teme al castigo. Pero el temor a la muerte se debe fundamentalmente a la incertidumbre sobre el más allá. El homo sapiens no tiene prueba experimental sobre el acto de morir y su transición al otro mundo. Tampoco puede probar en forma absoluta y con evidencias la certeza de sus creencias.

Es más, nadie está completamente seguro de lo que dice creer sobre la existencia del más allá. El miedo viene de la inseguridad. Y esa inseguridad es la que produce los grandes temores sobre la muerte.

La propia Biblia nos da a entender que vale más el hombre vivo que el hombre muerto. Esto es lo que expresa el Eclesiastés, libro que a la letra dice: "No hay hombre que viva siempre, ni que pueda presumirse esto. Con todo hasta el perro que vive, vale siempre más que el mismo león ya muerto”(1).


Para colmo, Job, libro de la Biblia escrito por Moisés, asevera: " ... cuando se corta un árbol queda aún la esperanza de que retoñe y de que jamás le falten renuevos ... En cambio, el hombre muere sin remedio; y al morir ¿a dónde va? ...". Y luego dice: "Mientras el cielo exista, el hombre no se levantará de su tumba. No se despertará de su sueño''(2).

En efecto, el hombre no se levantará de su tumba, porque la muerte es un fenómeno biológico, que implica una transformación de la materia. Sin embargo, esta es una opinión. Hay muchas más. Por eso, es necesario reflexionar sobre lo que viene después de la exhalación del último suspiro.

Así mismo, es necesario cavilar sobre el sentido de la muerte y, por tanto, sobre el sentido de la vida. Estamos seguros que estas reflexiones nos conducirán a elaborar un proyecto de vida más amable y más fructífero, en aras de buscar la eternidad.

LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
Hasta el momento, el fenómeno de la muerte es de difícil definición. Por algo el filosofo español, Jorge Santayana (1863-1952) decía que "una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte (3).


De esa manera, en el curso de la historia han surgido distintas ideas acerca de la muerte. Así, podemos encontrar una idea de la muerte en el naturalismo, en el platonismo, en el budismo, en el cristianismo, etc.

También es distinta la idea de la muerte en las distintas culturas, en los distintos períodos históricos y en los distintos lugares que configuran una mentalidad colectiva.

Así como hay ideas acerca de la muerte, en la misma forma, encontramos distintas ideas sobre el destino del hombre después de la muerte. Estas ideas se expresan esencialmente en las diferentes religiones, mediante “fórmulas conso1adoras"(4) que prometen la imnortalidad(5) en el más allá.

La teoría de la reencarnación por ejemplo, considera que al sobrevenir la muerte, el alma del hombre emigra a otro cuerpo, esto es, se reencarna. La serie de transmigraciones y reencarnaciones constituye a su vez una recompensa o un castigo; cuando hay castigo, las almas emigran a cuerpos inferiores; cuando hay recompensa, a los cuerpos superiores, hasta quedar, finalmente, incorporados a un astro.


El budismo dice: las almas de los hombres pueden transmigrar, pero toda transmigración constituye un castigo. Para evitarlo hay que llevar una vida pura, única forma de superar la pesadilla de los continuos renacimientos. Siendo así, la existencia se sumerge en el nirvana, estado de serenidad inefable que se caracteriza por la cesación del sufrimiento y de la miseria.

El Catolicismo asegura que hay sobrevivencia individual de almas, acompañada luego por la resurrección de los cuerpos. Al respecto, el converso Pablo de Tarso, atalayando el suceso conmovedor del juicio final escribió: "porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibes"(6).

También existe una concepción naturalista que niega toda inmortalidad. Esa concepción dice que no hay sobrevivencia de ninguna especie. La vida del hombre se reduce a su cuerpo, y al sobrevenir la muerte, tiene lugar la completa disolución de la existencia humana.

Pero esa disolución, en el pensamiento de Compay Segundo, tiene una connotación de eternidad: "Nosotros no morimos; nos transformamos. De nuestro cuerpo salen gusanitos que después se convierten en mariposas y emprenden el vuelo. Por eso digo a los niños que no cacen ni maten a las mariposas. Pudiera tratarse de un gran artista o un gran poeta. Por eso en mi canción Clarabella concluyo diciendo: 'Yo nunca pienso que me tengo que morir' "(7).

Existen más concepciones sobre la muerte y sobre lo que viene después de la muerte. Pero, independientemente de la idea que se tenga, el hombre debe reflexionar sobre la fugacidad de su tránsito por la vida, y meditar sobre su destino.


En ese sentido: "La Muerte y sus símbolos son en Masonería la preparación y la puerta de una mejor comprensión de la vida"(8). No hay duda de que reflexionando de esa manera, el hombre puede sacar conclusiones provechosas, que contribuirán poderosamente a modificar su fanatismo y sus pasiones.

No olvidemos que la vida, bien lo decía Job, "es como una flor que se abre y luego se marchita". Pero en ese tránsito efímero se pueden hacer cosas buenas. La tarea del hombre en su paso por la Tierra debe ser constructiva.

El hombre ha de dejar algún fruto, o muchos frutos, para que el día de su muerte la sociedad pueda sopesar escrupulosamente su obra, y si es buena, el juicio de la historia le concederá la inmortalidad.
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1. Eclesiastés 9: 10.
2. Job 14: 7-12
3. Ferrater Morar, José. Diccionario de la Filosofía. Tomo II. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 1971.
4 Krishnamurti, Jiddu. El vivir y el Morir. Editorial Planeta. Colombia, 1996. p. 49.
5 Ferrater Mora, José. Op. Cit. Tomo I. pp. 963-965.
6 La Sagrada Biblia. Editorial Quebecor Impreandes. Bogotá, 1999. Los textos contenidos en ella son aquellos que la Iglesia Católica ha aprobado en su canon. Véase: 1a a los Corintios 15: 52.
7 Petinaud Martínez, Jorge. Última Entrevista a Compay Segundo: La Muerte es una Falacia. En: Tiempos del Mundo. Bogotá, Colombia, jueves 4 de marzo de 2004. p. 44.
8 Lavagnini, Aldo. Manual del Maestro Secreto. Editorial Kiev. Buenos Aires, 1993. p. 42.