miércoles, 3 de marzo de 2010

EL SENTIDO MASÓNICO DE LA TOLERANCIA



JOSE MORALES MANCHEGO
"El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende." (William Shakespeare)

El masón Iván Herrera Michel, en Una Mirada a la Masonería Actual, libro editado por la Sociedad Hermanos de la Caridad, afirma que del sentido etimológico del término Tolerancia proviene la mayor perversión de su acepción filosófica (1). En efecto, el Diccionario Etimológico General de la Lengua Castellana dice que la palabra Tolerar viene del latín tolerare, que quiere decir soportar, sufrir, aguantar, padecer(2). En el marco de esa definición escuchamos o leemos con frecuencia expresiones como: "tolerar la delincuencia", "no tolero insultos", "no tolero agresiones", "no vamos a tolerar el desmadre nuclear", "no vamos a tolerar más actos homicidas", "no toleramos la violación a los derechos humanos". Deviene así un concepto frágil, confuso y falsificado de tolerancia, que se emplea muchas veces donde debe usarse otro término.
Para los Masones y para la filosofía en general -y esto hay que recalcarlo-, es importante no confundir la tolerancia, a nivel filosófico, con tolerar, cuando se trata de resistir, soportar, sufrir, aguantar o permitir, porque se corrompe la palabra en su más elevada acepción.

El escritor Masón Lorenzo Frau Abrines, en su Diccionario Enciclopédico de la Masonería, conceptúa sobre la tolerancia de la siguiente manera: "Tolerantismo- Hábito de respetar las opiniones en cualquier materia. Opinión de los que creen que debe permitirse en cualquier estado el ejercicio libre de todo culto religioso, y respetarse la opinión y manifestación de todas las ideas político-sociales. Si la Francmasonería fuera una religión ningún nombre le cuadraría mejor, que el de religión del Tolerantismo, porque en él funda uno de sus más grandes y trascendentales principios(3).

Un ejemplo patético de tolerancia es el que se refiere al espacio de libertad concedido a las sectas religiosas de los siglos XVI Y XVII con miras a hacer posible la vida de sus adherentes en una misma comunidad. En ese momento histórico, la Masonería realizaba su fecundo magisterio, que dejaba perplejo y estupefacto al mundo no Masónico, sobre todo a las tropas de fanáticos e intolerantes. "Es sabido que a comienzos del siglo XVIII había en Europa, y especialmente en Inglaterra, una confusión religiosa en la cual deistas, teístas, puristas, protestantes y anglicanos se atacaban furiosamente. Pero lo más asombroso de dicho fenómeno está en que militantes de esas mismas corrientes de pensamiento, trabajaban en las Logias en el mayor sigilo, exaltando la razón en un ambiente de paz y de tolerancia ... "(4). He ahí el sentido filosófico y Masónico de la palabra tolerancia. Por tanto, no es tolerancia el hecho de aceptar "los insultos, agresiones o actos homicidas", según aseveración del filósofo Edgar Morin(5). El hecho de aceptar esos actos y otros de la misma índole se llama permisividad. Así mismo, como lo manifiesta el Q:. H:. Javier Otaola, "no debe confundirse la tolerancia con la simple indulgencia y el bobalicón indiferentismo de dar todo por bueno" (6).

La tolerancia nace y se desarrolla en el terreno de las ideas. El Masón Francois Marie Arouet le Jeune, más conocido como Voltaire, es claro cuando afirma: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero estoy dispuesto a morir por defender su derecho a decirlo"(7). Siendo así, la tolerancia no debe tener límites. Limitarla en cualquier circunstancia es caer en el terreno de la intolerancia. Para una institución de librepensadores, como es la Masonería, la exposición de las ideas no tiene restricciones. El trabajo en Logia, que no sólo es fraternidad, sino sabiduría, democracia y libertad, se alimenta permanentemente de opiniones diversas. En nuestros Templos, una verdad singular puede ser abordada desde distintos puntos de vista, que pueden ser complementarios. En la Orden sabemos que nadie está en posesión de la verdad, sino que todos estamos ávidos de encontrarla, para lo cual nos preparamos diariamente con disciplina de trabajo, aprendiendo a pensar cada uno por sí mismo, mediante la vía de la reflexión y el discernimiento.

En esa búsqueda de la verdad, la tolerancia siempre será útil para los combates que debe librar la inteligencia en aras de construir las grandes y pequeñas obras, que debemos dejar en nuestro paso por la tierra. En ese viaje, los que no piensan como yo pueden representar un ensanchamiento de mi horizonte vital. Es más, juntos podemos realizar grandes obras en beneficio de nuestros congéneres, como sucedió en el siglo XIII cuando tres médicos se unieron en un lugar del golfo de Nápoles para llevar a cabo una magnífica labor. Uno de los médicos era musulmán, el otro era judío y el tercero era cristiano. De su consorcio nació la primera escuela de medicina. Ellos fueron tolerantes, porque supieron emprender el oficio de trabajar por la salud y curar al enfermo, independiente de su inclinación por Alá, Yavé o Jesús(8). Simplemente entendieron la medicina en su dimensión humana, como ejercicio profesional que debe estar al servicio de la humanidad.

Lamentablemente muchas personas, prevalidas de poder, restringen el concepto de tolerancia en detrimento de la convivencia y de la paz. En opinión de ellos, las ideas contrarias y sus voceros no tienen derecho a existir en sociedad. Semejante actitud es la intolerancia, contravalor que ha servido para perseguir y llevar a la hoguera a valiosos exponentes de la ciencia y la cultura a lo largo de la historia universal.

Esta noción restringida de tolerancia es ostensible en círculos políticos, religiosos y hasta fraternales. En el seno de algunas religiones, por ejemplo, no se permite ser miembro al que tenga otro sistema de valores o de creencias diferente a los valores que se pregonan en el grupo. Por eso muchos pastores, en su congregación, en un acto de intolerancia, no permiten los matrimonios religiosamente mixtos. Pero lo más insólito es que se hagan avisos vulnerando el sentido de la tolerancia, como se patentiza en la siguiente pauta publicitaria que dice: "Se necesita Auxiliar Contable o estudiantes de Contaduría últimos semestres, Cristiano(a), carta recomendación Pastor. Enviar hoja de vida Anunciador 83437 El Heraldo"(9). En la Masonería, por el contrario, la calidad de miembro se fundamenta en la tolerancia, que constituye el factor de unidad sin fisuras, que liga a todos los Masones por encima de los colores políticos o de los credos religiosos. En nuestra Orden, por principios, no se puede expulsar a un Hermano, ni impedir la entrada de un profano en razón a sus creencias o a sus ideas políticas. Sin embargo, esto no impide que un Masón, como es el caso de Ramón Martínez Zaldúa, exponga, con toda la libertad, pensamientos como este: "Sea cual fuere nuestro apego a la práctica de la tolerancia, bella virtud Masónica, ella no podría justificar la permanencia en nuestras filas de quienes se hallen adheridos a partidos o agrupaciones políticas o sectas religiosas, que han inscrito en sus respectivos programas la lucha contra la Masonería. Todo Hermano que aportara su concurso personal a tales organismos, debiera ser eliminado de los cuadros logiales, y si fuese recipiendiario, abstenerse de iniciarlo en nuestras prácticas y doctrinas"(11). No hay duda de que este planteamiento lleva en su esencia la impronta de la intolerancia; no obstante, en el seno de la Orden se permite exponer esta idea, porque la Masonería es la matriz de la tolerancia y porque consideramos que un Masón, por muy alta que sea su posición en la escala de gradación Masónica, siempre estará trabajando en el pulimento de su Piedra Bruta. En todo caso, se recibe con respeto la exposición de esa idea; pero si ella se pusiera en práctica en la Institución sería el desgarramiento de la tolerancia y por tanto la pérdida de la esencia de la Masonería.

La Masonería es pluralista. De ahí que en el seno de la Orden se utilice la denominación Gran Arquitecto Del Universo (G:. A:. D:. U:.), que tiene una connotación simbólica en la cual caben todas las concepciones del mundo y todas las posibilidades acerca del principio generador del universo. Esto es ejemplo de verdadera tolerancia. Surge entonces la siguiente inquietud: Si en la Logia se puede convivir en paz y armonía con personas de distintas creencias e ideologías, ¿por qué en las sociedades no Masónicas no se puede tolerar a un ser humano que piense diferente? La respuesta está en que el dogmatismo y el autoritarismo consideran que sus puntos de vista son absolutamente incuestionables y por tanto no se pueden permitir los argumentos contrarios. Para la Masonería, en cambio, todos los temas están abiertos a la discusión. Todas las opiniones están expuestas a la contradicción y a la duda. Lo único que la Masonería excluye es el empleo de métodos que riñan con el respeto al acto libre del conocimiento, y por tanto que traten de imponer una idea a los demás por la coacción física o mental. La Masonería tiene métodos adquiridos por la civilización para enfrentar las convicciones que consideremos erróneas. Ellos son: la persuasión, la acción de palabra y obra, la discusión, el diálogo y los argumentos. De esta manera, la tolerancia constituye un medio eficaz de convivencia y, por tanto, de posible eliminación de las violencias provocadas por la obcecación política y el fanatismo religioso.

CONCLUSIÓN

Entendida como el respeto a las personas por el derecho que tienen a expresar sus opiniones en cualquier materia, la tolerancia hace posible el diálogo, el pluralismo y la coexistencia de principios disímiles, constituyéndose en la condición indispensable para la convivencia de los seres humanos en el ámbito de la democracia y de la libertad.

Según esta apreciación, toda persona tiene derecho a profesar cualquier credo religioso o a expresar su pensamiento, ya sea de carácter político o ideológico. Así mismo, tiene derecho a criticar todas las ideas que no comparta, sin ofender los sentimientos de las personas que las profesan, para lo cual es preciso omitir toda palabra vana, ofensiva o destructiva, que pueda irritar a nuestro semejante. En este sentido, la tolerancia no introduce restricciones, sino que establece condiciones para la expresión.

Indudablemente, la tolerancia existe en el marco de un orden establecido y aceptado por la comunidad, en la cual es ineludible combatir, civilizadamente, las ideas y prácticas contrarias al orden democrático, moral y de las buenas costumbres. No obstante -y esto debe quedar muy claro- en un orden así establecido es imprudente tratar de imponer ideas a la fuerza frente al error. En cambio es saludable desarrollar la capacidad de diálogo para que de él salga la luz que ilumine los caminos de la verdad. En ningún momento la tolerancia significa aceptar los errores del otro. San Agustín decía: "perdonad a los que yerran, combatid, dadle muerte a los errores". Esto quiere decir que la crítica es para juzgar las ideas y las acciones de los hombres, mientras que el respeto es un atributo axiológico del hombre para el hombre, entendido éste en sentido genérico, es decir como homo sapiens, que debe mantener su mente libre y abierta, para pensar sobre sí mismo y sobre el maravilloso espectáculo del universo.
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1. Herrera Michel, Iván y Otaola, Javier. Una Mirada a la Masonería Actual. Editorial Mejoras. Barranquilla, S. F. p. 26.
2. Corripio, Fernando. Diccionario Etimológico General de la Lengua Castellana. Editorial Bruguera. Barcelona, 1979. p. 467.
3. Frau Abrines, Lorenzo. Diccionario Enciclopédico de la Masoneria. Tomo 3. Editorial del Valle de México. S.F. p. 1898.
4. Morales Manchego, José. Iglesia y Masonería en la Costa Caribe Colombiana. En: Plancha Masónica No. 23. Barranquilla, junio de 2005. p. 34. Cfr. Martinez Zaldúa, Ramón. ¿Qué es la Masoneria? Costa -Amic Editores. México, 2000. p. 38.
5. Morin, Edgar. Los Siete Saberes Necesarios para la Educación del Futuro. Ministerio de Educación Nacional, República de Colombia; ICFES; UNESCO. S. F. pp. 77-78.
6. Herrera Michel, Iván y Otaola, Javier. Op. Cit. p. 116.
7. Ridley, Jasper. Los Masones. Editorial Vergara. Buenos Aires, 2000. p. 91.
8. Sanín Echeverri, Jaime. La Universidad Nunca Lograda. Editorial Voluntad, Bogotá, 1971. p. 12.
9. El Heraldo. Barranquilla 6 de abril de 2006. Clasificados: Empleos 30. p. 4C.

martes, 16 de febrero de 2010

LA MASONERÍA, ESCUELA DE ESCULTORES




JOSÉ MORALES MANCHEGO
En el libro Muchas Vidas/Muchos Sabios del psiquiatra Brian Weiss, encontramos una metáfora que define espiritualmente al hombre e intenta plantear, de alguna manera, su misión sobre la Tierra. Dice el autor: "Es como si dentro de cada persona se pudiera encontrar un gran diamante. Imaginemos un diamante de un palmo de longitud. Ese diamante tiene mil facetas, pero todas están cubiertas de polvo y brea. La misión de cada alma es limpiar cada una de esas facetas hasta que la superficie esté brillante y pueda reflejar un arco iris de colores"(1).

Para la Francmasonería la escala de operaciones del hombre en su paso por la Tierra es mucho mayor. Basta decir que el trabajo Masónico se fundamenta en símbolos. En este sentido, ya estamos en el ámbito de lo poético. Por eso se habla del tallado de la piedra bruta, imagen del alma de aquel que busca el sendero de la perfección. No se trata simplemente de limpiar la piedra, como dice Brian Weiss, sino de esculpirla; de cincelarla; de extraer de ella la obra de arte que contiene intrínseca. Para este proceso, como escuela de escultores espirituales, la Masonería no hace uso de materiales blandos como las calizas; se prefieren las piedras resistentes y de buena calidad, las cuales son susceptibles de pulimento y aseguran una mayor durabilidad. La piedra de alta calidad es el hombre al que llamamos libre y de buenas costumbres, "condición preliminar que se pide al profano para ser admitido en nuestra Orden, condición necesaria de todo progreso moral como espiritual, de todo adelanto en el sendero de la Verdadera Luz, o sea de la Verdad y de la Virtud". Este planteamiento de Aldo Lavagnini hace alusión al hombre que al franquear las puertas de la Augusta Institución toma las herramientas del artista en sus manos y comienza el trabajo sobre sí mismo. Es decir, utilizando las herramientas del escultor, y mediante el trabajo autoconstructivo, testimonia una habilidad manual que ejerce en el terreno de lo artístico. Esta labor de tallar y pulir es producto de la acción que obedece a la inteligencia; es producto del esfuerzo y de la voluntad; y es producto al mismo tiempo de la disciplina y de una labor constante.

Según esta apreciación, el hombre no es un ente acabado al estilo de un objeto de consumo. El hombre es un proyecto para desarrollarse. Ahora bien, en aras de la libertad absoluta de conciencia, inherente a la Masonería, si la persona estima que fue creada por el "Ser Perfecto", considere que fue Dios quien puso en él esa piedra para que la tallara y la siguiera puliendo a lo largo de su existencia. Si por el contrario la persona es partidaria de su linaje simiesco, entonces considere que necesita seguir evolucionando, es decir, esculpiendo y puliendo la piedra para distinguirse de los irracionales. La diferencia con los animales estriba en nuestro comportamiento. Dime cómo te comportas y te diré cuánto hombre eres.

Pero lo más importante es saber que el hombre es una obra inconclusa. Es un ser con pretensión de hacerse y con posibilidad de terminar la elaboración de su propia existencia. De ahí que cada ser humano debe emprender el trabajo sobre sí mismo, entendiendo que es material de construcción y obrero al mismo tiempo. La ciencia, el arte y el humanismo que flamean en nuestros talleres orientarán esta tarea. La meta es alcanzar la perfección de la vida individual, en función de la vida colectiva. En esa aspiración a desarrollarse espiritualmente es donde radica la diferencia entre un hombre y otro. Las demás diferencias son artificiales.

En el contexto de esta argumentación no se necesita ser muy perspicaz para comprender que el problema más importante que agobia al mundo se circunscribe al conflicto que lleva el hombre dentro de sí mismo. Es como si su vida se disputara entre dos fuerzas: la fuerza del mal y la fuerza del bien. El hombre se está debatiendo en su tránsito de un ser inferior a un ser superior. Se está debatiendo en su paso del animal, hacia un ser verdaderamente humano. En otras palabras, el hombre tiene que saltar del mundo de la corrupción y de las bajas pasiones, al mundo de la perfección, alcanzando el estadio de sujeto responsable, libre y de buenas costumbres, capaz de amarse y de amar a los demás.

He ahí por qué el Aprendiz Masón trabaja simbólicamente con el cincel y el martillo, hasta darle a la piedra bruta su forma escultural. De esa manera, no es una casualidad que en el seno de la Masonería se hayan formado muchos de los valores más representativos de la especie humana. La razón está en que la Masonería glorifica el trabajo, fuente de todas las virtudes, y se regocija con los distintos aspectos de la actividad científica y artística, que son expresiones de la búsqueda incesante de la felicidad en este mundo y de la perpetua superación del homo sapiens.
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(1) WEISS, Brian L. Muchas vidas, Muchos Sabios. Javier Vergara Editor. Tercer Mundo Editores. Bogotá, Colombia, octubre de 1992. p. 212.

lunes, 15 de febrero de 2010

EL DRAMA LITÚRGICO EN LA MASONERÍA





JOSÉ MORALES MANCHEGO


ORIGEN

Así como el teatro de la antigüedad se originó en determinadas manifestaciones religiosas del pueblo griego, y el teatro moderno nació en el seno de la Edad Media de ciertas fiestas de la liturgia cristiana, el drama litúrgico de la Masonería nació de los sociodramas religiosos de la Iglesia Católica. El teatro religioso de la Iglesia recibió el nombre de Auto, composición dramática alegórica de breves dimensiones. Los Autos se desarrollaban a partir de historias bíblicas en las que actuaban monaguillos y jóvenes del coro. Al principio se trabajaba con los vestuarios propios para la celebración de la misa, siendo el decorado las formas arquitectónicas de la Iglesia. Su propósito era dramatizar, desde su punto de vista, la salvación de la humanidad. No se entendía como entretenimiento, y la Iglesia le temía a su desarrollo como espectáculo. Sin embargo, a pesar de sus recelos hacia el teatro, la Iglesia utilizó el drama litúrgico, dadas sus cualidades didácticas. A sabiendas de sus efectos benéficos para la catequización, supo zanjar la cuestión trasladando la representación al exterior del edificio de la Iglesia. Así llegó el drama a las plazas públicas, sin despojarse de su contenido e intencionalidad religiosa, pero cobrando una organización más formal. De esa manera, la producción teatral fue haciéndose cada vez más secular. Es de anotar que los gremios se encargaban de la producción de las obras, tratando de que el tema se relacionara con su ocupación laboral. En ese sentido, los astilleros podían escenificar una obra sobre Noé. Es decir, la actividad laboral y los contenidos religiosos se expresaban a través del arte.

En lo que concierne a la Masonería operativa, se sabe que los gremios de constructores le dieron vida. El Arte de la construcción tuvo en ella la mayor importancia (1). Este tipo de Masonería tenía vínculos estrechos con la Iglesia, lo cual se palpa en los Antiguos Documentos ... (2).

Fue en la rama de construcción de catedrales en donde la Francmasonería operativa (albañiles, constructores, arquitectos, etc.) poseyó siempre la tradición iniciática más elevada. En ese sentido, fue la única en pedir estudios sobre casi todos los oficios (3). Así, la Francmasonería se fue configurando por el lado de los Maestros Masones libres de las catedrales. "Esta sólida asociación, hacía parte de la transmisión tradicional hermética; más tarde introdujo geometría y números sagrados, ritos y símbolos de trabajo y sentido de las herramientas, a lo que se llama la Masonería Azul o simbólica" (4). Es de anotar que los maestros constructores utilizados por la Iglesia y a veces hasta protegidos por ella, tenían ocasión de conocer los vicios y la corrupción dominantes y como podían combatían los abusos eclesiásticos.

Cuando la Masonería y la Iglesia, unidas al pasado por lazos tan estrechos, se separaron, rompiendo sus vínculos de recíproco servicio y todo vestigio de esta relación desapareció, cada una tomó su camino (5). La ruptura entre Masonería Operativa y Masonería Especulativa se produjo en 1717 con la creación de la Gran Logia de Londres. A partir de entonces, la Francmasonería, apelando a la razón y a los ideales de la Modernidad, siguió su desarrollo al servicio de la humanidad.

No obstante, como reminiscencia de ese proceso evolutivo, las tenidas conservaron la forma de sociodramas representativos de la actividad laboral. Dichos sociodramas no son para el público, sino para una minoría selecta llamados iniciados, capaces de luchar por el advenimiento de una humanidad moralmente superior. Por eso los dramas son a cubierto. Además, son a cubierto, porque "toda obra espiritual ha de realizarse en esa condición, fuera de todo ruido profano" (6). En sentido social y humanístico esto significa que "las obras constructivas, de carácter permanente, solo son posibles en épocas de paz y tranquilidad económica y social" (7). Pues bien, la Masonería es la continuadora de ese tipo de teatro para la enseñanza, no para la diversión. No para el público, sino para tallar hombres y mujeres de elevada formación científica, humanística y moral, dedicados constantemente al bien de los demás.

Es importante destacar que en el Simbolismo Masónico existe un nexo entre las Tenidas Ordinarias y las Tenidas Solemnes. Podría decirse que ellas integran una sola unidad temática. En las Tenidas Ordinarias los Masones trabajan en la construcción del Templo moral, consagrado a la virtud y a la Ciencia. En esas circunstancias, en un descanso de los obreros, se produce el asesinato de Hiram, nombre que significa vida elevada (8), vida eterna (9), compendio de todas las virtudes, cuyo elevado ejemplo trata de alcanzar todo Masón.
CONTENIDO Y FORMA
El punto de partida de la obra es el trabajo como fuente de todas las virtudes. El momento estelar lo constituye una leyenda, que al parecer proviene de algún misterio representado en los gremios de la Edad Media (10). El centro de la tragedia lo ocupa Hiram, hombre justo y equitativo, modelo de rectitud y benevolencia para los demás. El culto al héroe homenajeado en su tumba, como en el desarrollo de la tragedia griega, es un factor significativo. Así mismo es significativa la idea de que quien está enterrado puede renacer, como renace la semilla que ha sido sepultada bajo tierra. De esta manera el neófito, al identificarse con el personaje central, se transforma en un ser virtuoso y en un mejor ciudadano. En este sentido, el drama Masónico se parece al teatro griego que pretende la catarsis o purificación de las pasiones. Como en las tragedias griegas, el personaje central pertenece al mundo mítico. Otros personajes simbolizan un tipo de conducta sospechosa y reprochable. La verdadera intención de la obra es la reflexión, en aras del desarrollo intelectual y de la moralización. La obra, bien dramatizada y bien comprendida, debe producir un efecto extraordinario no solo en el ánimo del personaje central, sino en el de los que asisten a la imponente ceremonia.

El escenario se arregla y se decora acorde al grado, es decir al acto. Como en toda obra hay personajes principales y secundarios. Cada personaje tiene sus funciones, su descripción, sus características, su personalidad.

El lenguaje es sencillo, en prosa, destinado a describir la vida corriente a través de símbolos. En las liturgias, que son el guión del drama, no hay hipérboles ni figuras literarias. Toda palabra en ellas es justa y precisa. Se maneja el diálogo directo e indirecto y se siente un marcado uso del vos.

En la escenificación Masónica se debe buscar permanentemente la perfección de la ceremonia. No olvidemos que la armonía y la elegancia son ingredientes de la Masonería. El Masón debe ser un modelo de perfección. De ahí la necesidad que tiene de desarrollar la exquisitez y el sentido estético, centrando la atención en la calidad de la elaboración y sobre todo en el pormenorizado trabajo de los caracteres de cada personaje. El Masón estará siempre animado de la convicción profunda de que es un ser creativo.

SENTIDO HUMANíSTICO

La palabra humanismo tiene distintas acepciones. En sentido restringido se refiere al movimiento cultural (literario, científico, filosófico) del Renacimiento, renovador de los ideales de la Edad Antigua. En sentido amplio "Sirve para caracterizar ideas, pensamientos, obras científicas y artísticas imbuidas de respeto al hombre, capaces de desarrollar en él profundos valores morales" (11). En otras palabras, el eje temático del humanismo es el hombre y todo lo que sirve para elevar la dignidad humana. En este contexto, queda claro el contenido humanístico del drama Masónico y de la Masonería en general.

En Masonería el hombre constituye el centro del mundo simbólico. Esto significa que en el hombre se interrelacionan todos los elementos que componen el universo. El hombre está en el centro de la Francmasonería. Pero no el hombre que tenía en la mente el Papa Inocencio III, quien lo definió en forma desalentadora diciendo que "mientras las plantas y los árboles dan flores, hojas, frutos, aceites y bálsamos aromáticos, los productos del cuerpo humano son flemas y excrementos pestilentes y asquerosos" (12). La Masonería, en cambio, considera que los frutos del hombre son las múltiples operaciones de la mente y de la acción.

La Masonería considera que el hombre es un proyecto en construcción y propone un modelo que cada Masón trata de lograr consigo mismo, mediante un continuo proceso de perfeccionamiento. Para la Orden es posible hacer del hombre un ser social mejor. Con ese objetivo viene trabajando desde sus orígenes, dando como resultado un incalculable número de personajes, cuyas obras e ideales constituyen lo mejor del ethos de América y del mundo.
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1. Morales. Mario (Compilador). Antiguos Documentos de la Masonería -Manuscritos antes de 1717-. Gran Logia del Norte de Colombia. Barranquilla, marzo de 2004. pp. 65-70.
2. Idem. pp.15- 170.
3. De la Ferriere, Serge Raynaud. Libro Negro de la Francmasonería. Ediciones de la Gran Fraternidad Universal. Editorial Menorah. Bogotá, 1963. p. 32.
4. Idem. p. 33.
5. Martinez Zaldúa, Ramón. ¿Qué es la Masonería? Costa-Amic Editores. México, marzo de 2000. pp. 25-28.
6. Lavagnini, Aldo (Magister). Manual del Maestro. Editorial Kier. Buenos Aires, 1993. p. 31.
7. Idem. p. 32.
8. Idem. p. 30.
9. Daza, Juan Carlos. Diccionario de la Francmasonería. Ediciones Akal. Madrid. 1997. p. 189. col. 1.
10. Idem. p. 190.
11. Chadraba, Rudolf y otros. Renacimiento y Humanismo. Ediciones Suramericana. Bogotá, 1967. p. 71.
12. Idem. p. 75.

sábado, 6 de febrero de 2010

LA RELIGIOSIDAD DEL COSTEÑO



JOSÉ MORALES MANCHEGO


La religiosidad popular en la Costa Caribe de Colombia, hasta el momento, ha sido poco investigada. Se conocen detalles sobre la vida de santos y de ilustres sacerdotes, pero nada se ha escrito sobre la vida religiosa de los que no son santos. Ante ese vacío, se habla de la pobreza espiritual de los habitantes de la región caribeña de Colombia; se afirma que los costeños son paganos en sus costumbres religiosas, y se asegura que los jesuitas fueron llamados a la Costa para combatir la impiedad de sus habitantes(1).

Afirmar que los costeños son irreligiosos es desconocer que las religiones son asimiladas por los pueblos en forma diferente, respondiendo esa asimilación a las condiciones concretas de la existencia humana(2). En el caso de la Costa, la religión aparece ligada con otros elementos que caracterizan la costeñidad. Por eso la historia de las mentalidades no se puede quedar en las ideas de los personajes ilustres, sino que debe llegar a los individuos comunes y corrientes para ver cómo reciben esas ideas y cómo se manifiestan en su vida cotidiana.

En ese sentido se puede afirmar que la Costa no sólo tiene su religiosidad peculiar, sino que puede mostrar, inclusive, santos autóctonos, como Santo Domingo Vidal, que inspiró el libro En Chimá Nace un Santo del escritor cordobés Manuel Zapata Olivella.

Por otro lado, los ritos y ceremonias religiosas de la Costa nos muestran claramente que el pueblo costeño no es impío. Si nos remontamos en la historia, encontramos que la Semana Santa en Mompós ha sido, desde la época colonial, una celebración religiosa de mucha solemnidad, estimación y aprecio. Lo mismo puede decirse de la Villa de San Benito Abad, pueblo que en los tiempos precolombianos fue el pedestal de una divinidad indígena muy venerada, situación que aprovechó la Iglesia Católica para reemplazarla por una divinidad cristiana, conocida como el Cristo Milagroso de la Villa, donde la gente hace romerías para pagar una promesa; pedir solución a los duros problemas de la vida, o simplemente para buscar alivio a su conciencia atormentada por el pecado. El fervor de la feligresía llevó a que la Iglesia de la Villa fuera elevada a la categoría de Basílica por el papa Pablo VI en 1964. En Barranquilla la Virgen del Carmen es festejada por propios y extraños. En esta misma ciudad la procesión de la Dolorosa goza de gran estima y su esencia religiosa se conserva y se transmite de generación en generación. Igual sucede en Cartagena y demás pueblos de la Costa, donde cada parroquia tiene un santo que en el sentir popular impera con majestad y se le considera el protector de la comúnidad.

Podría abundarse en ejemplos para demostrar que la Costa no es irreligiosa como algunos pueden imaginar. Todo lo contrario. Sucede que en la Costa la religión se fue acoplando a las características de la costeñidad, hasta llegar a amalgamarse la vida cotidiana con la vida religiosa. Por eso los santos y los clérigos son tratados confianzudamente. Así tenemos que en Barranquilla, el Parque del Sagrado Corazón de Jesús recibió, por parte de los curramberos, el sobrenombre de Parque del "Santo Cachón”, porque la imagen sagrada, que se levanta imponente en el sitio, parece custodiar a los amantes que aprovechan la penumbra y los escondrijos de la lujuriante vegetación, para disfrutar las delicias del amor sensual. Por otro lado, en la Guajira, a la virgen de los Remedios le dicen con cariño “La Vieja Mello”; San Rafael, el patrono de Chinú, según la leyenda, peleaba en los campos de batalla al lado de los liberales, y Domingo Vidal, el santo nativo de Chimá, era aficionado a las riñas de gallos.

Una especie de encabalgamiento se hace patente entre los actos religiosos y otros elementos de la costeñidad. Al respecto, es importante anotar que en los pueblos del departamento de Córdoba la banda de música folclórica hace parte de las ceremonias religiosas especiales. Al oír la banda en el atrio de la iglesia las multitudes se precipitan hacia la casa de Dios. En esas celebraciones se ha observado que a muchos de los concurrentes de uno y otro sexo los anima el propósito de la amatividad típica del costeño. Tal es la referencia que hace el periódico El Cartagenero del 5 de abril de 1834 quejándose de celebraciones tumultuarias como las procesiones, donde cada cual hace un esfuerzo para aparecer con el mejor vestido. Según el mismo periódico, hombres y mujeres se entretienen en el intercambio de palabras, miradas y suspiros, o haciendo señales y figuras de manos para entenderse con su amor.

Por otro lado, no es menos evidente en la historia de la Costa lo de los curas sementales. Según información recogida por Orlando Fals Borda, muchos curas han tenido varios hijos (3). Por ello, en ciertos chistes y cuentos populares, los sacerdotes aparecen participando en determinados actos que, en el pensamiento de los santurrones, deberían pertenecer exclusivamente al comportamiento de los mundanos.

En la música folclórica también está presente esa franqueza en el tratamiento de los clérigos. Así lo manifiesta "La Custodia de Badillo" cuando dice al compás de la melodía:
"Al terminar la misa que se pongan del cura pa' bajo a requisar".
Es de anotar que esta canción constituye un enjuiciamiento al sacerdote que recortó un viejo cáliz colonial, razón por la cual el pueblo creyó que la custodia había sido robada(4) .
Todo lo dicho hasta este punto nos demuestra que la hipótesis de la irreligiosidad costeña peca por la inexistencia de pruebas para su demostración. En la Costa lo que se observa es una religiosidad que vincula el espíritu humano con el espíritu misterioso y sobrenatural. El pueblo costeño cree en una vida después de la muerte, acepta la existencia de un poder sobrenatural, y se inclina sin fanatismos ante ese poder, considerando que la vida no es accidental ni carente de significado. De esa manera la religión adquiere la dimensión del creyente y, como es lógico, se adecua a la cultura, en la cual ejerce como ideología de la dominación.

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1 El Espectador. Edición de la Costa, 4 de abril de 1985.
2 Durkheim, Emilio. Las Formas Elementales de la Vida Religiosa. Editorial Schapire S.R.L., Buenos Aires, 1968, p. 8.
3. Fals Borda, Orlando. Mompóx y Loba. Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1979, p. 76A.
4. Quiroz Otero, Ciro. Vallenato, Hombre y Canto. Ícaro Editores. Bogotá, 1983, p. 85.

domingo, 24 de enero de 2010

BOLÍVAR Y LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL

JOSÉ MORALES MANCHEGO


En su artículo titulado "Determi­nantes psicológicos del Libertador Simón Bolívar", el psiquiatra Mauro Torres expresa lo siguiente: "La dro­momanía es una característica ino­cultable del hipomaniaco. Tiene la manía de desplazarse, de cambiar de sitio, de viajar, y Bolívar es el más grande dromómano que conoce la historia, pues vivió desplazándose, placenteramente, para satisfacer sus músculos y su espíritu sobrados y tensos, de una región a otra, de un país a otro, de Caracas al Potosí y del Potosí a Caracas, sin descanso, dejan­do atrás a Marco Polo, a Colón, a César, a Napoleón y a otros trashu­mantes de la tierra. Y fue esa dromo­manía, sin duda, la que, unida a su sed de gloria, determinó la orientación de la guerra de Independencia, abarcando inconmensurables exten­siones geográficas, cinco países en total"(1). Y más adelante continúa Mauro Torres: "Si hubiera tenido la virtud de la calma, menos ansias de espacios y caminos, y un ego no tan ancho y exigente, Bolívar se habría centrado en Venezuela y la Nueva Granada, pues la caída del Imperio Español era ya cosa de poco tiempo…(2).

La de Mauro Torres es una inter­pretación psicologista de la guerra de Independencia y del carácter que a la misma le dio El Libertador. No se necesita ser tan perspicaz para saber que Bolívar no podía circunscribir la guerra de Independencia a la tierra que lo vio nacer, porque la suerte de Venezuela estaba ligada a la de los demás países dominados por el colonialismo español. Bolívar veía que si los demás países explo­tados por ese Imperio continuaban con las cadenas, Venezuela las lleva­ría también, puesto que "la esclavi­tud es una gangrena que empieza por una parte y, si no se corta, se comunica al todo y perece el cuerpo entero"(3).

Bolívar no podía limitarse a bata­llar contra los españoles solamente en su tierra natal o en la llamada "casa propia", porque tenía claro que en cualquier parte donde se en­contrara el enemigo era casa propia y no casa ajena. El Libertador com­prendió que su patria estaba en el sitio donde fuera inminente el com­bate contra el adversario. De esa manera, atalayando la proximidad de la contienda decisiva, sus ener­gías se concentraban en reforzar los lazos fraternales de los países intere­sados en la lucha por la emancipa­ción. Su movilidad estaba determi­nada por el tipo de guerra irregu­lar(4) que desplegaba, y por su deseo de organizar las cosas de manera que él mismo pudiera estar donde las circunstancias lo necesitaran. En esas condiciones, su liderazgo tenía que ser continental. Y así lo fue. Por eso decía literariamente el escritor chileno Benjamín Vicuña Mackena: "Su caballo ha bebido las aguas del Orinoco, del Amazonas y del Plata, las tres grandes fronteras que dio el Creador al Nuevo Mundo"(5).

El Libertador estaba rodeado de hombres de mucha energía y perse­verancia. Se puede afirmar que cada uno de los patriotas se encontraba imbuido del sublime entusiasmo de la libertad y de la gloria, lo mismo que los soldados del ejército emanci­pador. Todos eran incansables en su empeño. El mismo Bolívar lo reconoció, cuando el 18 de octubre de 1813 manifestó: "He tenido, es verdad, el honor de conducir en el campo de batalla, soldados valien­tes, jefes impertérritos y peritos, bastantes por sí solos a haber reali­zado la empresa memorable que felizmente han terminado nuestras armas"(6). Si Bolívar se convirtió en el personaje central de una verdadera epopeya, este hecho fue determi­nado por el imperio de las circuns­tancias, que llevaron a los caudillos de la Independencia a realizar accio­nes por encima de todo cálculo o de toda probabilidad. En otras pala­bras: nuestra América necesitaba titanes y engendró titanes.

En ese contexto, nadie puede negar que Bolívar fue un jefe de talla gigantesca, que veía más lejos y deseaba con más vehemencia que los otros. Pero él no combatió solo. Es más, siempre reconoció la intrepi­dez y la decisión de su ejército. En su proclama del 1º de marzo de 1813, en el Cuartel General de la villa redimida de San Antonio de Venezuela, a los soldados de Cartagena y de la Unión, les manifiesta lo siguiente: "La América entera espe­ra su libertad y salvación de voso­tros, impertérritos soldados de Cartagena y de la Unión"(7). Y en su discurso pronunciado en Bogotá, el 13 de enero de 1815, con motivo de la incorporación de Cundinamarca a las Provincias Unidas, decía: "Este ejército pasará con una mano bienhe­chora rompiendo cuantos hierros opriman con su peso y oprobio a todos los americanos que haya en el norte y sur de la América meridio­nal"(8).

Es obvio que Bolívar tuvo una visión avanzada de la solidaridad internacional. Pero su acción hay que ubicarla en el momento histó­rico. El Alfarero de Repúblicas lu­chaba concretamente contra el colo­nialismo español, el sistema opresor de nuestra América en aquella época. De ahí la necesidad de atravesar las fronteras de su propia patria, en aras de implantar en América el derecho a la paz y borrar para siempre la tiranía y la injusticia.

No es difícil, entonces, sacar como conclusión que la lucha por la Independencia tenía que ser conti­nental, y Bolívar, con su talento maravilloso, comprendió la dimensión his­tórica de una coyuntura que lo invi­taba a asumir el mando. Basta leer la profética Carta de Jamaica: "¿No está el Nuevo Mundo entero conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y observaremos una lu­cha simultánea en la inmensa exten­sión de este hemisferio"(9). Bolívar sentía palpitar las energías populares desatadas y las emanaciones telú­ricas de un continente dispuesto a luchar por su libertad. Además, es necesario recalcar que Bolívar era buena espada, poseía magnetismo personal, inteligencia brillante, valor a toda prueba, opti­mismo y ganas de triunfar. Por eso fue un genio del pensa­miento y de la acción.

Ante esa alma encendida de vivas pasiones, el estudio psicoanalítico de Mauro Torres es una contribución importante para la comprensión, en su dimensión compleja, del papel de ese personaje descomunal de la historia de América y de la historia universal. El buen historiador reconoce el papel de la Psicología en la interpretación de ciertos fenómenos sociales; pero sin olvidar que si se toma como determinante el factor psicológico, se llega a una apreciación unilateral de la explicación histórica, puesto que se parte de una sobrevaloración individual que, en el caso de Bolívar, convierte al "Hombre de las dificul­tades" en un personaje de la escuela heroica, desconociendo el contexto histórico y opacando a los demás caudillos de la guerra de Indepen­dencia, que también se jugaron la vida por la libertad.

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1. TORRES, Mauro. “Determinantes Psicológicos del Libertador Simón Bolívar”. En: Revista del Convenio Andrés Bello. Año 4, No. 10. Bogotá, diciembre de 1980. p. 55.
2. Ibíd. pp. 60 y 61.
3. BOLÍVAR, Simón. Citado por: Liévano Aguirre, Indalécio. Bolívar. Editorial la Oveja Negra. Bogotá, 1979. p. 101.
4. PÉREZ O., Eduardo. Guerra Irregular en la Independencia (1810 – 1830). Publicaciones de la Universidad pedagógica y Tecnológica de Colombia. Tunja, 1982. 468 pp.
5. VICUÑA MACKENA, Benjamín. Citado por LIÉVANO AGUIRRE, Indalécio. Op. Cit. p. 395.
6. BOLÍVAR, Simón. Ideas Políticas y Militares. Editorial Cumbre. México, 1969. p. 47.
7. BOLÍVAR, Simón. Op. Cit. p. 7.
8. Ibid. p. 120.
9. “Carta de Jamaica”, 6 de septiembre de 1815. En: Bolívar Simón. Op. Cit. p. 141.